Frío, frío, caliente, caliente
Frío, frío, caliente, caliente
Bueno, pongámonos de acuerdo: ¿estamos en invierno o en primavera? ¿Va a seguir haciendo frío o arranca el calorcito? ¿Guardamos o no guardamos las pantuflas de invierno, las frazadas y los abrigos pesados? Después dicen que lo que mata es la humedad: ¡minga! Lo que mata es la VCC: variación climática constante. Me da calor escribir sobre estas cosas.
TEXTOS. Néstor Fenoglio ([email protected]). DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI ([email protected]).

Hace unos días, con los primeros calores santafesinos de veras derramados generosamente sobre nuestras urbes y nuestras ubres, los atolondrados, entre quienes me encuentro, corrimos a guardar las frazadas, a confinar abrigos, a archivar pantuflas, bufandas y guantes. Y al rato, de nuevo una ola polar que nos hizo jurar que jamás volveremos a apurarnos para hacer las cosas y que de verdad es más apropiado no hacer hoy lo que se puede hacer mañana, que su fruncida e impuesta (por patrones e inspectores de sueños) contraparte de no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy.
Hay gente atolondrada como yo, que ante la evidencia de tener tres días de calor seguidos, apagó el calefactor. Para encenderlo de nuevo hay que ser mago, tener mucha suerte, ser gasista o amigo de un gasista (mirá que el tipo va a venir a tu casa a encenderte el calefactor, mamerto: jodete) o comprar mucha resina (resinación...).
Una de las cosas desleales de la realidad es que no viene organizada. Contra los previsores, los atolondrados (como yo), los apurados, los planificadores, los organizados, la realidad te hace esas cosas desprolijas y mezcladas. Los metereólogos y estudiosos del clima aseguran que el rollo es tuyo y que es perfectamente normal para la época la ocurrencia (hablan así los tipos, qué ocurrencia...) de estos fenómenos que plantean alternancias y habilitan una amplia franja de amplitud térmica. Andá a... hacer alguna acción que termine en ar.
Y ya no se contenta, la realidad, en plantearte estas cuestiones a lo largo de una semana: lo hace en un mismo día, que arranca con campera y pulóveres, sigue con mangas cortas y termina como a la mañana.
En el auto, excepto que tengas climatización automática (y adentro que se arregle la computadora como pueda), girás la aguja del aire acondicionado para frío y calor como si se tratara de un partido de tenis o como si fuera un limpiaparabrisas. Parecés, sin pausa, menopaúsico: te invaden unos calores súbitos y luego unos chuchos de frío repentinos. Todo a babor y todo a estribor, de una.
Hay gente que se ríe de estas cuestiones y sólo toma la precaución de vestirse tipo cebolla, y se va sacando o poniendo conforme avance o retroceda el día, el calor, el frío. Pero yo soy de esos tipos que no tiene un termostato online incorporado midiendo a cada rato qué corno pasa alrededor. Cuando salgo, salgo, qué camperita liviana ni paraguas ni ocho cuartos, tres octavos y sobre tres cuartos (tinto, si hace frío). Y si salgo, no vuelvo: soy este impulso (al pedo pero sostenido) hacia delante.
Ahora, hoy, en el festejo de la primavera, los vagos no saben si desfrizar el locro que quedó del 9 de julio o llevar sandwichitos de miga; no atinan a organizar una porroneada (de porrones) (de cerveza) (por las dudas) o jugarse por bebidas más espirituosas. Jodido que haya dos termos de agua caliente y otros tres con tereré.
El avance del diseño en ropa, telas, compuestos y descompuestos (el picnic es largo) puede aportar soluciones para esta variación constante de la temperatura. Podrían masificarse las prendas que se adaptan a distintas temperaturas, con ventanitas estratégicas en diferentes partes del cuerpo; qué sé yo, en el occipucio, en los tobillos, en los sobacos, que te permitan acaso ventilar ocasionalmente una zona atacada focalmente por una micro jodida ola de calor direccionada caprichosamente. Y viceversa: contar con elevadores de temperatura zonificados, capaces de ser accionados y desactivados, según se nos enfríen los juanetes, las orejas y cualquier cosa enfriable.
Así que, mis chiquitos, vamos a organizarnos: que alguien se encargue del chupi y del morfi. Y que alguien se ocupe central y periféricamente de la correcta climatización. Calentar el picnic cuando pinta frío; y, lo más difícil, enfriarlo cuando viene caliente.