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Ensoñación de la república

Antonio Camacho Gómez

Había cierta vez una república que no era la de Platón precisamente, en la que a la gente de la tercera edad se la respetaba y comprendía. Sabíase muy bien que el hernandiano “el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo” y la consideración que se les tenía a los proyectos en las civilizaciones más proficuas de la antigüedad no eran descabellados ni atributos de pueblos débiles. Al contrario, en esas naciones los consejos de ancianos, aunque en algunas pudieran parecer gerontocracias, constituían cuerpos orgánicos que convocaban a la prudencia cuando los espíritus se exaltaban. Esto ocurría también en nuestra república, que no estaba exenta de esos cuatro gigantes del alma que el maestro Emilio Mira y López refleja en un libro singular. El miedo que nuestros antepasados del Paleolítico ya sentían ante los fenómenos naturales, los celos, la ira y otras tachas inherentes a la condición humana desde la ruptura edénica no habían sido desterrados, no. Pero distaban de ser la regla, y el nepotismo, el peculado, los golpes de Estado, la inflación dañosa, la recesión, los llamados “poder sindical” y “patria financiera”, el monetarismo, la escuela de Chicago, el terrorismo de cualquier índole, la política de comité, el abultado endeudamiento interno, la especulación cualesquiera y las altas tasas de interés brillaban por su ausencia. Tampoco existían extremismos de izquierda o de derecha y no se apelaba a la huelga ni al “lock-out” como medidas de presión. Ni siquiera regía el “a cada uno según su necesidad”. Más bien imperaba el a cada uno conforme con sus méritos y su aporte a la comunidad, puesto que las exigencias mínimas vitales hacía largo tiempo que habían sido satisfechas.

Era una sociedad monógama y antidivorcista por convicción y en resguardo de la familia, que condenaba el aborto, creía en la inmortalidad del alma y convenía, con Aristóteles, en que el bien individual no reside en el placer, sino en la virtud y que el Estado, dirigido por los más aptos, debe fundarse en la justicia. Detestaba la guerra por estúpida y cruel, protegíase el ambiente y se cuidaba, de forma prioritaria, la salud y la educación. Además el gobierno rendía cuentas diariamente a una prensa y un pueblo libres; la jubilación era el derecho a vivir dignamente y se practicaban los postulados de carácter social que expone Tomás Moro en su célebre “Utopía”. Asimismo en materia de política exterior, se abrían las fronteras al conocimiento ajeno. Querían hacerles comprender que valía más, mucho más, un niño sano e instruido que todas las armas mortíferas que adquirían a costa de la extrema necesidad de sus pueblos. Querían, en definitiva, que los países se hermanaran, que los ricos ayudaran a los pobres y que todos lucharan por el imperio del derecho, de la equidad y de la paz.

Lo que no recordamos a ciencia cierta es dónde se encontraba esa república. Pero dada la mala experiencia de nuestras confundidas sociedades, de los abusos de las grandes potencias, con espionaje incluido; de pueblos hambreados y sedientos, del narcotráfico en alza y la muerte evitable de millones de niños, injusticias y atropellos, ¿no urge intentar imitarla?



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