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Oda al noir

Oda al noir

En “Mob City” se recrea el ambiente de Los Ángeles en 1947 (simbólico: el año del asesinato de la Dalia Negra) cuando la mafia y una policía en parte muy corrupta libraban una guerra histórica. Foto: Gentileza producción

 

Roberto Maurer

Con el estreno de la miniserie “Mob City” (TNT, lunes a las 22), la televisión recupera a la “serie negra”, y en una creación de gran pureza, aun cuando no existen formas precisas de medirla: siempre faltó unanimidad para definir al film noir.

“Mob city”, más que un policial negro pareciera constituir una estilización del mismo, reuniendo todos los atributos que se le adjudicaron en su historia, que, debe decirse, para muchos especialistas se cierra en 1950. En la tarea de definirlo, pueden citarse diversos arquetipos que lo identifican, desde su galería de personajes a su moralidad, los escenarios habitualmente urbanos y nocturnos, y una estética de sombras, contraluces y pronunciados ángulos de cámara. Y el factor criminal, claro. A veces el concepto se desdibuja, pero nadie duda de que “El halcón maltés”, “The Big Sleep”, “Double Indemnity”, “La jungla de asfalto” y “Sed del mal” representan al género.

LOS ÁNGELES, 1947

La miniserie pertenece a Frank Darabont que, alejado de los zombies (es el autor de “The walking dead”), ha reconocido su entusiasmo por el film noir, desde los ‘80 llamado neo noir: “Siempre lo amé, tanto en la literatura como en el cine. Nuestra miniserie es una carta de amor al género, un espacio para jugar con las personalidades fuertes que siempre se mueven en la cornisa entre la vida y la muerte. Imaginamos un lugar que mezcla hechos históricos con una ficción intensa y popular”, dijo sobre “Mob City”, que se inspira en la nonfiction “L.A. Noir: The Struggle for the Soul of America’s Most Seductive City”, de John Buntin.

Se recrea el ambiente de Los Ángeles en 1947 (simbólico: el año del asesinato de la Dalia Negra) cuando la mafia y una policía en parte muy corrupta libraban una guerra histórica. Aparecen personajes reales, porque algunos hechos lo son, como Bugsy Siegel, el hampón que fundó Las Vegas, y William Parker, el jefe de policía empeñado en una cruzada contra el crimen organizado, aunque su vocación, compromiso y honestidad no eran premiados con la simpatía de sus subordinados, que a sus espaldas lo llamaban “Billy el Boy Scout”.

LA ZONA GRIS

El protagonista es el policía Joe Teague, un ex marine veterano de Guadalcanal, parco y taciturno, cuyo monólogo interior, un ejercicio de literatura sarcástica y clásico del género, nos llega a través de su voz en off. Y él mismo se sitúa en ese complejo mundo cuando nos habla acerca de los westerns donde los buenos usaban sombreros blancos y los malos usaban sombreros negros. “Eso funcionaba para los chicos”, dice, para terminar afirmando que en su caso forma parte de los sombreros grises. Desde ese lugar de ambigüedad moral, Joe Teague nos sorprenderá con un acto inesperado y difícil de explicar.

Un comediante en decadencia y amigo del hampa quiere chantajear a un mafioso y contrata a Joe Teague para que lo acompañe y lo cubra durante el arreglo. Es una tarea al margen de su trabajo de policía que Teague acepta presionado por sus superiores, ya que puede ser importante en un momento en que el alcalde les exige éxitos en la lucha contra el crimen.

La cita es en un lugar abierto y solitario, y ambos esperan en una colina desde donde se divisan las luces de Los Ángeles. “Esta ciudad es tan hermosa, carajo -dice el comediante, mirando a lo lejos-. Es como un cielo lleno de estrellas pero sólo a la distancia. De cerca, es pura mezquindad”. Luego continúa reflexionando sobre su vida, en una escena extraordinaria: el relato se dilata, se toma su tiempo, cuando en un policial común ya estarían a los tiros.

Al llegar los mafiosos, viendo al chantajista acompañado por un policía, prudentemente respetan el arreglo entregando el dinero y recibiendo a cambio unos negativos comprometedores. Cuando se van y quedan solos, Joe Teague mata por la espalda al comediante y guarda la plata. Llegan sus compañeros policías y les miente: el asesinato lo cometieron los matones. Luego, devuelve el botín a la mafia. No se queda con un dólar ¿Es o no un policía sucio?

La conducta de Joe Teague resulta inexplicable, especialmente para los mafiosos, que creyeron que se trataba de otro policía corrupto. Pero Joe Teague no pide nada. Y el propio Bugsy Siegel, el destinatorio del chantaje, se ofende porque un vulgar policía lo ha herido en su orgullo rechazando el dinero.

Hay un secreto que aparece entre líneas en un monólogo de Joe Teague sobre las razones para matar. “Las he conocido a todas”, dice, puede ser por codicia, odio, resentimiento, vanidad... “pero en mi caso hay una sola, la que me permite dormir tranquilo: por amor”.

Efectivamente, hay una femme fatale, una mujer hermosa, de mirada intensa, la pareja del chantajista muerto y empleada del club de Bugsy Siegel: al final de la primera emisión, por una foto amarillenta que Joe Teague se decide a quemar, nos enteramos de que alguna vez fue su esposa.

NO ES LO QUE CUENTA, SINO EL MODO DE CONTARLO

Todo ya fue visto: la luz intermitente de los carteles de neón, los hombres lacónicos que apenas mueven los labios para hablar lo necesario, como si las palabras fueran un gasto inútil; los elegantes sombreros y trajes con hombreras formando parte de un vestuario de guerra, la penumbra del night club con músicos de jazz en el escenario (la musicalización es del destacado Mark Isham), los grandes Packards deslizándose por las avenidas de Los Ángeles, el ruido de pasos en el asfalto y mujeres tan duras como los hombres, desafiantes cuando piden fuego para encender un cigarrillo y se sientan en el borde de un escritorio cruzando sus largas piernas.

El clima es espeso y las cosas se mueven más lentamente que en los policiales de acción, porque es un género que no está pensado en velocidad. La trama nada tiene de nuevo, y hay problemas en el modo de contarla, pero, como ejercicio de estilo, “Mob City” representa un manjar para un público específico.



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