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Los anarquistas y el terrorismo

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Errico Malatesta (1853-1932, uno de los principales teóricos del anarquismo) sostenía: “Proclamamos la máxima haz lo que quieras, y se puede decir que en ella se resume nuestro programa porque [...] en una sociedad sin gobierno y sin propiedad, cada uno querrá lo que debe”. Sobre esa base, la de la libertad (y también la responsabilidad) individual, en esa utopía de la plena y entera libertad del individuo en asociación armoniosa con otros individuos tan libres como él, nacen las numerosas variantes del anarquismo, desde las que algunos definen como anarcocomunismo (Kropotkin, Bakunin) a lo que hoy se conoce como anarquismo individualista, y a sus cultores como anarco-individualistas (en la tradición de antibelicismo y resistencia de Thoreau y Emerson), es decir desde quienes rindieron culto a ese impulso destructivo que Bakunin definió como una pasión constructiva, y elogiaron y practicaron el terrorismo, hasta quienes propugnan un pacifismo integral.

En La daga y la dinamita, Juan Avilés Farré, historiador y catedrático español, se ocupa de los anarquistas y el nacimiento del terrorismo. “El anarquismo”, sostiene Avilés Farré, “nunca pasó de ser un movimiento muy minoritario, excepto en España, y las víctimas de la violencia anarquista han sido muy escasas, salvo en el contexto de la Guerra Civil Española, en la que aportaron su propia cuota al furor homicida que se desarrolló en la retaguardia de ambos bandos. El impacto que tuvieron los atentados anarquistas de finales del siglo XIX fue sin embargo tan grande que en 1898 se celebró en Roma una conferencia internacional para combatirlos. La explicación de ello es no obstante bien sencilla: los anarquistas fueron en Occidente los pioneros del terrorismo, un tipo de estrategia violenta que se caracteriza porque su impacto en la opinión pública y por tanto en los gobiernos es muy superior a la entidad real del daño causado”.

El término y el sentido del terrorismo ha tenido muchas variantes a través del tiempo. Hubo un momento en que se quiso imponer mundialmente la ideología de su justificación en base a la presunta justicia de sus fines. Yasir Arafat proclamaba ante las Naciones Unidas, en 1974, argumentos que sustentaron guerrilleros y violentos de toda laya: “La diferencia entre el revolucionario y el terrorista estriba en la razón por la que cada uno lucha. A quien defiende una causa justa y lucha por la libertad y por la liberación de su tierra de los invasores, los colonos y los colonialistas, no puede llamársele terrorista”. En los últimos años, con mayor sensatez y sentido histórico, la comunidad internacional ha comenzado a juzgar condenables los actos de terrorismo, independientemente del fin que con ellos se persiga.

Avilés Farré estudia en su libro los conceptos como la historia del terrorismo, sus orígenes, Bakunin y el impulso destructivo; la insurrección y el atentado; las ciencias químicas y la revolución; la “Mano Negra”; los mártires de Chicago (1883-1887); el caso Duval; el asalto nocturno a Jerez de la Frontera (1892); los crímenes de Émile Henry; los orígenes del terrorismo en Barcelona y el atentado del Liceo; el asesinato de Cánovas, y un epílogo en el que se ocupa de la violencia y el altruismo (sociopatía y nihilismo; democracia y terrorismo). Publicó Turquets.



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