Tribuna de opinión
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El ejemplo de Rosas y Urquiza
Carlos Rodríguez Mansilla
Una visión anacrónica de la historia muestra a Rosas y Urquiza como figuras antitéticas, paradigmas de los opuestos. Nada más alejado de la realidad. Parafraseando a Plutarco podría decirse que ambos próceres llevaron “vidas paralelas”. Ambos de noble linaje hispánico, de familias terratenientes adineradas. Ambos fogueados en el campo, entre el paisanaje y el indio, con grado en la milicia.
Los dos nacieron en provincias ricas, ligadas al comercio, al puerto, al contrabando, a los saladeros. Y los dos pertenecieron al Partido Federal, como muchos patricios del interior.
Rosas y Urquiza fueron gobernadores de sus provincias, de forma cuasi vitalicia. Uno dejó el poder en 1852 porque fue derrotado militarmente en Caseros, y el otro en 1870 porque fue asesinado vilmente.
Urquiza era más que Rosas como militar. Dirigió ejércitos y combatió en varias oportunidades, brillando por sus triunfos en Pago Largo (1839), Arroyo Grande (1842), India Muerta (1845), Laguna Limpia (1846) y Vences (1847).
Rosas era más que Urquiza como político. Fue el “primus inter pares” que armó la Confederación con el Pacto Federal del 4 de enero de 1831, suscripto en Santa Fe, y el astuto diplomático que manejó las relaciones exteriores mereciendo el reconocimiento de las grandes potencias.
Rosas debió retirarse a tiempo, con todos los honores, tras el heroico Combate de Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, que llevó a San Martín a legarle su sable glorioso.¿Qué mayor honor? Si Rosas hubiera dejado el poder en ese momento, probablemente su sucesor natural hubiese sido Urquiza. Todo indica que eso habría ocurrido.
Una amistad sincera
Pero Rosas no se retiraba, no aceptaba sancionar una Constitución y planteaba la guerra contra Brasil. Tres argumentos que llevan a Urquiza a pronunciarse el 1º de mayo de 1851 por aceptar la renuncia de Rosas al manejo de las relaciones internacionales. Tenía 50 años.
Luego vino Caseros, el exilio de Rosas, Urquiza en el poder. Al poco tiempo le dice al embajador inglés: “Hay un solo hombre para gobernar la Argentina, y es don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí”.
Vicente López y Planes, un ex favorito de Rosas, ahora gobernador de Buenos Aires, hace dictar una ley provincial confiscando los bienes del Restaurador. Urquiza, indignado, deja la medida sin efecto el 7 de agosto de 1852 y desplaza a López y Planes.
Rosas se lo agradece en una conceptuosa carta del 3 de noviembre, poniéndose a las órdenes de Urquiza “si cree V.E. que en algo pudiera alguna vez llegar a serle útil”. Urquiza le responde el 18 de marzo de 1853, llamándolo “Estimado compatriota” y expresándole su “profundo reconocimiento y la seguridad de mi amistad”.
Rosas en su exilio escribe a su amiga Josefa Gómez: “Lo poco que tengo se lo debo al General Urquiza”. Éste a su vez, el 3 de marzo de 1870 escribe a un tucumano: “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo que lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores he colocado en el poder” (Antonio Zinny, “Historia de los gobernadores”. Pág. 236). El 11 de abril de ese año lo asesinan brutalmente en su casa de San José.
Rosas siempre dejaba una silla vacía en su mesa, reservada a Urquiza: “Algún día vendrá -decía- y pasaremos juntos la vejez, charlando y riendo”.
Dos grandes de nuestra historia, que se entendieron y se enfrentaron, pero siempre con grandeza. Sin rencores, sin vilezas, sin revanchismo, sin odios. Virtudes y cualidades de Rosas y Urquiza que hoy añoramos.
Los dos nacieron en provincias ricas, ligadas al comercio, al puerto, al contrabando, a los saladeros. Y los dos pertenecieron al Partido Federal, como muchos patricios del interior.
Dos grandes de nuestra historia, que se entendieron y se enfrentaron... Sin rencores, sin vilezas, sin revanchismo, sin odios. Virtudes y cualidades de Rosas y Urquiza que hoy añoramos.