Interior profundo
Interior profundo

Selva Almada.
Foto: Mica Hernández
Por Agustina Steinberg
“Chicas muertas”, de Selva Almada. Random House. Buenos Aires, 2014.
Resultaría difícil no reconocer que el último libro de la escritora Selva Almada (1973) no se encuentra intrínsecamente ligado a su producción narrativa de ficción publicada anteriormente. El libro de crónica Chicas muertas tiene su origen en uno de los cuentos que conforman el volumen Una chica de provincia (2007). En dicho cuento, la narradora (que al igual que en el resto de los cuentos del libro puede ser asociado con la autora) narra un episodio verídico ocurrido en la localidad entrerriana de San José, a mediados de la década del ochenta. El episodio en cuestión es el misterioso asesinato de una joven que quedó sin resolver.
Siete años después, Almada retoma dicho episodio para de esta manera ponerlo en serie con otros dos casos similares ocurridos en Chaco y en Córdoba, que también tuvieron lugar durante la década del ochenta y asimismo quedaron sin resolver. Chicas muertas se erige, entonces, como la crónica de tres episodios policiales signados por la violencia hacia la mujer. Esta impronta de los tres casos policiales irá siendo develada poco a poco con el transcurrir de la crónica, ya que la autora complementa el abordaje de los tres episodios insertando diversas anécdotas (que ha vivenciado personalmente o que le han sido contadas) en las que se revelan distintos tipos de prácticas sociales que denigran a la mujer. En este punto, vuelve a quedar en evidencia el lazo entre este último libro y la producción en ficción, puesto que muchas de las anécdotas que Almada inserta en el desarrollo de su crónica están presentes en los argumentos de algunos de los cuentos de Una chica de provincia.
En suma, el libro no se ciñe solamente a la crónica de los casos policiales y rinde cuenta de un cuadro general en el que la violencia hacia la mujer se encuentra naturalizada; sólo de esta manera los asesinatos de las tres jóvenes cobran su verdadera dimensión.
Esta naturalización de la violencia de género tendría como especial particularidad el hecho de localizarse en el interior del país. Es en el interior profundo de las provincias donde la violencia se encontraría presente bajo las más diversas modalidades. En este sentido, esta misma premisa -el interior es salvaje- es la que subyacía en Ladrilleros (2013), la deslucida novela que sucedería a aquella otra que pondría en el primer plano a Selva Almada como una de las más destacadas escritoras de la literatura argentina actual: El viento que arrasa (2012). En Ladrilleros la historia del enfrentamiento entre dos familias es el puntapié mediante el cual la trama irá hilvanando escenas de violencia y salvajismo. Si bien esta característica, sumamente explícita, alejará a Ladrilleros de El viento que arrasa (caracterizado por lo sutil de su trama) es en el primero donde se puede encontrar de forma patente una de las premisas de la que se servirá Almada para la elaboración de Chicas muertas.
Con una prosa precisa, Almada demuestra su destreza tanto en la narrativa de ficción como en la crónica (géneros que en la producción de esta escritora se encuentran indisolublemente unidos) respondiendo a su vez la pregunta acerca de por qué la crítica ha fijado su atención en ella.
