mesa de café

Brasil está cerca

Remo Erdosain

A José se le dio por hablar del mundial de fútbol. Dice que Argentina saldrá campeón y que él quisiera estar allí para festejarlo. Marcial como siempre le hace la contra. Según él, el campeón será Brasil, cuyo fútbol es muy superior al de la Argentina. Abel le recuerda que los brasileños serán muy buenos, pero los dos últimos grandes jugadores del mundo salieron de la Argentina: Maradona y Messi. Marcial mueve la cabeza como dando a entender que esos argumentos no lo convencen.

—¿Por qué no esperamos para hablar del Mundial de fútbol cuando empiece? -digo yo, disimulando mi impaciencia.

—Ya empezó contesta José-, te guste o no, ése será el tema de los argentinos durante todo el mes que viene.

—Dios me libre y me guarde -digo.

—Queda la esperanza de que a la Argentina la descalifiquen rápido y entonces la presión disminuye -dice Marcial.

—Como siempre, opinando en contra de tu patria -reprocha José.

—Si para vos la patria es un partido de fútbol...

—Lo es -insiste José- y en los tiempos que corren más que nunca.

—Y está bien que así sea -dice Abel- las masas siempre tienen un sentimiento patriótico agresivo, violento. Antes, en nombre de ese sentimiento, iban a la guerra; ahora van a la cancha de fútbol. Admitamos que hemos avanzado.

—Es una manera de ver las cosas -digo.

—La más justa -responde José.

—Todo muy lindo -dice Marcial- pero en el país que dice ser sinónimo de fútbol, es decir, Brasil, la gente no parece estar muy contenta de que en lugar de resolver los problemas sociales que tienen, dedican la plata para un mundial de fútbol.

—Lo que decís es poco serio -exclama Abel.

—Ayer nomás miraba en la televisión una manifestación de maestros brasileños delante de los jugadores de la selección.

—Eso no es más que una anécdota -dice José.

—Lo que pasa es que para ustedes, los peronistas, la educación es siempre una anécdota. No otra cosa pueden creer los que nacieron a la política gritando “alpargatas sí, libros no”.

—Eran las alpargatas del pueblo contra los libros de los oligarcas -fustiga José.

—Me imagino, me imagino -responde Marcial con una sonrisa.

—No nos vayamos por las ramas, que estábamos hablando del mundial de Brasil -advierte Abel.

—Yo lo que creo en serio -dice José- es que los que se oponen al Mundial de Brasil son una minoría.

—No me parecen tan minoría -digo.

—En un país de doscientos millones de habitantes, diez mil personas en la calle son una insignificante minoría.

—A vos cuando te conviene -dice Marcial-, las protestas son una minoría o son la encarnación misma del pueblo, pero todo siempre depende de tu conveniencia.

—Vos decí lo que mejor te parezca -responde José- pero a mí no se me escapa que detrás de esas movilizaciones contra el fútbol está la oposición a la compañera Dilma.

—Lo único que falta es que digas que el saboteador se llama Magnetto -advierte Marcial.

—Si no es Magnetto, es alguien parecido -responde José.

—Yo, a esta altura, estoy seguro de que Magnetto es el que está detrás de la muerte de Facundo Quiroga -digo.

—Todo lo que quieras -agrega Marcial, mientras me guiña un ojo- pero no creo que Magnetto sea el responsable del endeudamiento de la Universidad de Madres de Plaza de Mayo.

—Lo que están por decidir es una vergüenza. La señora Bonafini y su amiguito fundieron una universidad, todavía no han dado respuesta de lo que hicieron con la plata, pero en lugar de rendir cuentas, los muchachos K les sacan las papas del fuego con una estatización muy parecida a la que hacían nuestros viejos conservadores para proteger los beneficios de alguna empresa extranjera.

—Motivo por el cual -completa Marcial- los contribuyentes vamos a terminar saldando las deudas de esta benemérita señora que todavía tiene el descaro de ponerse un pañuelo blanco y hablar de los derechos humanos.

—No pueden meter en la misma bolsa a Hebe con el atorrante de Schoklender -se queja José.

—No los metemos en la misma bolsa porque ya están -aclara Marcial- después de todo Schocklender está donde está porque tu amiga Bonafini lo llevó de la mano a ese cálido nidito de amor que ella maneja a su gusto.

—Yo creo que el disparate más grande fue haber permitido que esa Universidad funcione -exclama Marcial-, sólo a un tarado se le pudo ocurrir que ése era un emprendimiento serio y sólo a unos irresponsables se les pudo ocurrir inscribirse en esa universidad.

—Volvamos al Mundial -suspira Abel.

—Falta medio mes para que empiecen los partidos -digo.

—Falta medio mes -admite Marcial- pero los problemas de inseguridad están a la orden del día. Las favelas están más violentas que nunca; el narcotráfico ya ganó la calle y los chorros ya se preparan para esquilmar a incautos.

—Otra vez estás exagerando -reprocha José.

—No mucho -admite-, leé las declaraciones de los dirigentes opositores a Dilma o las opiniones de algunos periodistas.

—Es igual que acá -se queja José-, la oposición en lugar de congratularse que Brasil sea la sede del Mundial, lo que hace es dedicarse a conspirar, a inventar problemas y a exagerar los que existen realmente.

—Lo que sí me parece bueno en Brasil es que las protestas no interrumpen el tránsito ni joroban a la gente -digo.

—Lo que sucede en Brasil -dice Abel- es lo que sucede en todos los países del mundo menos en la Argentina.

—Alguna vez habrá que ponerle límites a ese abuso -dice Marcial.

—Nosotros no vamos a reprimir las legítimas protestas populares -sentencia José.

—A ese verso lo vengo escuchando desde hace años -digo-, no reprimen en ninguna parte, menos en Santa Cruz.

—Lo que hay que decir de una buena vez -dice Marcial- es que si es necesario reprimir habrá que reprimir en el marco de la ley, pero es la ley misma la que autoriza al Estado a reprimir cuando todas las demás instancias se han cerrado.

—Ya te salió el facho -acusa José.

—Facho las pelotas -responde Marcial- diez mamados no pueden hacerle la vida imposible a miles de personas. No es justo ni es humano. Hay otra manera de protestar, pero acá hemos inventado la protesta no contra las patronales o el Estado, sino contra la gente, a la que usan de carne de cañón para obtener beneficios y, en más de un caso, privilegios.

—¿Y vos decías algo, te expresabas con tanta elocuencia cuando tus amigos del campo armaban piquetes y cortaban el tránsito? -pregunta José con tono insidioso.

—Si todos protestan, nosotros también tenemos el derecho a hacerlo del mismo modo -responde Marcial- pero prohibamos todos los piquetes y yo soy el primero que sale a la calle a protestar si algún chacarero se le ocurre parar el tránsito.

—No comparto -concluye José.

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