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La cáscara

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“Máscara”, de Juan Vergel. Foto: Archivo El Litoral

 

Carlos Catania

 

Como la fruta de California: espléndida de apariencia pero sin sabor (Truman Capote)

No ignoro, como advertía Ciorán, que el hombre ha dicho lo que tenía que decir y que ahora debería descansar. Pero el hombre no lo acepta, y aunque haya entrado en su fase de sobreviviente, se agita como si estuviera en el umbral de una carrera maravillosa. Es cierto, aunque en mi caso, las pequeñas carreras con que me fatigo no van al encuentro de maravilla alguna, sino a dar de narices contra todo aquello que me provoca vergüenza, hastío y rabia. Por otra parte, con la batería de mis limitadas aptitudes, temo caer en un tono pontifical.

En este momento, sin ir más lejos, deploro el hecho de que multitud de personas en todas partes detengan su mirada y evaluación en la apariencia de objetos y de seres humanos, acotamiento que se produce asimismo en relación a pensamientos y actos, lo que conduce a una escuálida visión del mundo. La filosofía establece que lo aparente revela la verdad de la cosa porque se supone que tras esa apariencia no hay un ser verdadero que se sirva de ella para ocultarse. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la palabra apariencia alude al aspecto ocultador del ser verdadero. A eso me atengo.

Séneca aconsejaba no engañarse con las personas que han estado mucho tiempo en el mundo y no han vivido mucho. Me pregunto si lo anterior no será la causa de esa incapacidad para penetrar las cortezas y un ingrediente que sazona prejuicios racistas. El ejemplo típico es no ver más allá de la piel negra.

Al respecto, como en tantos otros temas, las dudas me acosan, sobre todo por haber caído alguna vez en lo mismo que expongo y ser un maestro en contradicciones. Que Sebreli sostenga que en la historia de las ideas los límites suelen ser imprecisos, y que con frecuencia una doctrina se entremezcla con la contraria, no me consuela en absoluto. Como quiera que sea, en estos tiempos desdichados creo más que nunca que perturbar la moral ordinaria y los valores del sentido común son duros pero necesarios ejercicios de humanismo. Deploro pues las actitudes de esos maniáticos ortodoxos de mirada débil, complacientes consigo mismos, cortesanos de la mentira, cerebralmente estrábicos.

Aquellos que clavan la mirada y los dientes en la cáscara y de ahí no pasan, suelen atesorar su propia envoltura, debajo de la cual, como es de suponer, fermenta un jugo insípido como las frutas a que alude Capote. Caracterizados por la tendencia a cambiar el aspecto natural de las cosas, tarea del mal gusto por excelencia, puesto que no se puede hablar de gusto cuando se ha carecido de alternativas, revelan una curiosa resistencia a cambiar ellos mismos. Más vale considerar costumbres heredadas. Tratándose de seres humanos (o de arte) en sus bocas “lo lindo” o “lo feo” carecen de valor alguno. Es necesario imaginar la longevidad de esta tendencia, a fin de estimar los malentendidos, injusticias y errores provocados en la convivencia humana.

Semejante a la tarea de idiotas y cobardes que disfrutan con la caída de un semejante, los seres apegados a la apariencia obtienen dosis de “alegría”, toda vez que dictaminan sin haber penetrado el objeto, pues los domina el sentimiento de que la razón está siempre de su parte, cuando en realidad sus opiniones son frutos de su irracionalidad e ignorancia. Afectados por el exterior de las cosas, llegan a creer que son lo que de ningún modo son, razón por la que se encogen y desentienden de cualquiera argumento profundo que ponga en riesgo el nivel de su entendimiento. Por lo general se muestran complacidos por las posiciones elevadas de los hombres representativos y por asuntos tan triviales como la riqueza y la fama. Hablando con un conocido al término de una función de teatro, aludí al hombre que contemplando los cráneos de un poderoso y de un miserable, no advirtió entre ambos diferencia alguna. Pero mi interlocutor se desentendió de la anécdota con un gesto que indicaba no haber entendido.

La terquedad ocupa entonces el lugar de las convicciones genuinas. En el capítulo destinado al empobrecimiento de la personalidad, en su libro Nuestros conflictos interiores, Karen Horney sostiene que el neurótico recurre a cualquier mecanismo, con el fin de no reconocer que sus problemas arrancan de sus dificultades interiores: “Pensamiento típico del ser aislado, cuyo egocentrismo le hace imposible el verse solamente como un pequeño eslabón de una gran cadena”. Menciono este párrafo por encontrarlo aplicable a las víctimas de la apariencia, cuyas opiniones, a menudo, causan más risa que tristeza.

Si por casualidad (o alumbramiento) se formula la pregunta “¿qué hice con mi vida?”, encontrará las excusas necesarias para salir indemne, ya que quien se detiene en la apariencia, generalmente deriva en dogmatismo.

(Fragmento de “Principios nocturnos”)



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