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Crónicas de la historia /// El asalto al Policlínico Bancario (III)

Entre la militancia y la delincuencia

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por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Retornemos a aquella de-sapacible mañana del 29 de agosto de 1963. “Operación Rosaura” fue bautizado el operativo contra el Policlínico Bancario. Puede que a los muchachos los haya inspirado la novela de Marco Denevi, “Rosaura a las diez”. O que leales a su condición de católicos integristas, hayan rendido un sencillo homenaje a Santa Rosa de Lima.

En la ambulancia ingresaron a la playa de estacionamiento del local, José Luis Nell, Carlos Arbelos y Horacio Rossi, éste último, vestido de enfermero. A Rossi le decían el Viejo. Siempre se jactó de provenir de familia peronista. Puede que alguna vez haya sido suboficial de la Marina. Como sea, al momento del operativo ya se consideraba un experto en asaltos. Siempre en nombre de la causa, claro está.

Nell y Arbelos redujeron a los guardias y luego Nell los ametralló por no haber acatado la voz de “alto”, Rossi estaba al volante de la ambulancia Rambler alquilada a primeras horas de la mañana. Sangre fría y eficiencia serán sus virtudes más destacadas. En el caso que nos ocupa, manejará con solvencia y cumplirá al pie de la letra la labor asignada. Detenido meses más tarde gracias a la “buchonada” de los Posse, quedará en prisión hasta la amnistía de 1973. Para entonces es posible pensar que la disputa interna entre el militante revolucionario y el asaltante de bancos, se zanjó a favor del asaltante, sin dejar por ello de invocar, cuando las circunstancias eran propicias, su perfil de peronista de la resistencia, condición de la que nunca renegó.

En nombre de esa causa, protagonizó en 1977 el secuestro del gerente de Fiat, Luchino Revelli-Beaumont, acompañado de Arbelos y Caffatti e inspirado por las enseñanzas del compañero Villalón. Afrontará más adelante una breve detención en España y luego continuará asaltando bancos en diferentes ciudades de Europa. El siglo XXI lo encontró transformado en un experto en el arte de vaciar cajas de seguridad. ¿Qué quedaba del militante? Sería cómodo responder que poco y nada, aunque no puede descartarse la hipótesis de que, en realidad, para muchos de los integrantes de este grupo de viejos tacuaras, la línea que separaba la militancia del hampa era inexistente.

Mario Hector Duaihy, fue otro de los que estuvo presente aquel día de agosto de 1963. Era uno de los que estaba arriba del Valiant, que esperaba a la salida del Policlínico acompañado por Luis Alfredo Zarattinni, Jorge Cataldo y Rubén Rodríguez. También fue detenido, gracias a la locuacidad de los Posse, y recuperó la libertad en 1973. A partir de ese momento es poco y nada lo que se sabe de él. El anonimato duró hasta 1986, cuando en todos los diarios ganó la tapa la noticia del asalto a un banco en las Termas de Río Hondo.

El plan de los delincuentes fracasó y hubo una intensa balacera. Como dice la canción, siempre hay un guardia que no acata las órdenes o una alarma que suena cuando no debe. Con la pistola en la mano y sin dar ni pedir cuartel, Duaihy cayó abatido por las balas de la policía. Corresponde decir que el hombre murió en su ley. Dicen que lo velaron a cajón cerrado porque estaba convertido en un colador. Tenía cuarenta y cuatro años de edad.

Jorge Caffatti, conocido como el Turco, entró al Policlínico caminando. El otro peatón del operativo fue Alfredo Roca, que esperaba caminando distraído por la vereda de enfrente. Caffatti fue considerado uno de los principales dirigentes de las FAP. Su formación política era muy completa. Además era reconocido y respetado por su militancia en la resistencia.

Ya lo vimos en 1977 participando con Arbelos y Rossi en el secuestro de Revelli-Beaumont, operativo realizado con el objeto de recaudar fondos para financiar a un grupo armado en la Argentina. Por lo menos, eso fue lo que les dijo a sus compañeros.

En 1977 estuvo detenido en la Esma. Allí, en los momentos en que se lo permitía la tortura, escribió algo parecido a sus memorias, unas reflexiones sobre su experiencia de militante revolucionario.

Valiente hasta la temeridad, soportó la picana sin abrir la boca para otra cosa que no fuera cantar la Marcha Peronista. Allí le tocó vivir otra experiencia que lo retrajo a aquella jornada de 1963. Entre los torturadores, estaba Luis Alfredo Zarattini. Las vueltas de la vida lo llevaron de tacuara revolucionario a torturador de la Esma. No sólo pistoleros salieron de la vieja disidencia tacuara.

“Cantá algo Turco, que yo después te hago zafar”, le decía Zarattini con la picana en la mano a su ex compañero de militancia y de fechorías. Caffatti no abrió la boca. Y Zarattini, por supuesto, no lo hizo zafar. Conclusión: Caffatti figura como desaparecido, es decir, está muerto. Zarattini tuvo mejor suerte. Según pudo saberse, después de su paso por la Esma se lo vio militando al lado de Seineldín, alguien que seguramente hubiera aprobado con entusiasmo marcial el pasado tacuara de su flamante seguidor. Lo último que se sabe de Zarattini es que se desempeña como vicepresidente y apoderado de la empresa de explotaciones petroleras Chañares Herrados, con sede en la provincia de Mendoza.

Capítulo aparte merece Joe Baxter, el máximo dirigente de este notable pasaje de Tacuara al peronismo revolucionario. Joe Baxter no participó físicamente en el asalto al Policlínico, pero fue uno de los jefes políticos del emprendimiento. Nació en Buenos Aires, en mayo de 1940. Hijo de padre irlandés, se dice que en su primera adolescencia militó en las filas de la Juventud Radical. El imperdonable pecado juvenil lo rectificó en 1957 participando de la fundación de Tacuara.

Baxter era grandote, rubio y corajudo. Siempre le gustaron los fierros y la acción directa. Algunos de sus biógrafos lo comparan con Lawrence de Arabia o André Malraux, es decir lo asimilan al aventurero, al hombre de acción decidido a jugarse la vida por una causa justa. La comparación lo beneficia y dispone de una cuota de verdad. Efectivamente, era valiente y no le importaba morir.

Del grupo original de Tacuara, fue el más mundano y sociable. Su formación teórica y su facilidad de palabra le permitieron participar de debates e incluso asistir a programas de televisión para defender sus puntos de vista. Cuando Tacuara asesinó a Raúl Alterman -acusado de judío y comunista- asistió al programa de Bernardo Neustadt para diferenciarse de sus ex camaradas y criticarlos con dureza.

Para muchos, su giro a la izquierda fue sincero. Reivindicó al Che Guevara, a Fidel Castro y a Carlos Marx. Consideró que el antisemitismo era una barbaridad racista. Defendió el socialismo y criticó a los yanquis. Sin embargo, cuando le allanaron la casa encontraron en su cuarto retratos de Castro, Hitler y Mussolini. También poemas escritos por él en homenaje a Primo de Rivera. ¿Contradictorio? No tanto. Con los años hemos aprendido que entre el fascismo y el comunismo existen consistentes vasos comunicantes. A esos canales secretos, Joe Baxter los descubrió y se sintió muy cómodo en ese lugar.

Perseguido por la Justicia argentina, se refugió en Uruguay, donde trabó amistad con los Tupamaros. Alguna vez viajó a Madrid y estuvo con Perón en Puerta de Hierro. “Es un muchacho fantástico”, dijo el general de este jovencito de 23 años. Para esa época ya empezaba a ser una leyenda. Después de su paso por Uruguay se instaló en Vietnam, donde participó en operativos armados contra los yanquis. Su labor militar debe haber sido buena para que Ho Chi Minh lo condecorase.

De Vietnam pasó a Argelia y después a China, donde reforzó su formación militar. En 1966 llegó a Cuba, y allí se casó con Ruth Arrieta. En 1968 estaba en París convocado por la Internacional troskista liderada por Ernest Mandel. Durante esa estadía disfrutó de los desbordes libertarios del Mayo Francés y conoció a Mario Roberto Santucho. Su paso por el PRT fue breve y conflictivo. No era un tipo para encuadrarse en una disciplina militante. Lo suyo eran la acción y la intriga.

Joe Baxter murió en julio de 1973. No lo mataron las balas imperialistas o mercenarias, sino un accidente de avión ocurrido en el aeropuerto de Orly. Tenía treinta y tres años. En su equipaje llevaba un portafolio con cuarenta mil dólares donados por el gobierno de la Unidad Popular chilena para el Frente Sandinista de Nicaragua.

Entre los torturadores de Caffatti, estaba su ex compañero Luis Alfredo Zarattini. Las vueltas de la vida lo habían llevado de tacuara revolucionario a torturador de la Esma.



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