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La dignidad del trabajo - Edición Impresa - Opinión Opinión

La dignidad del trabajo

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“Sembrando papas”, de Jean-Francois Millet.

Por J. M. Taverna Irigoyen

En 1980, cuando visitó Brasil, el Papa Juan Pablo II centralizó muchas de sus declaraciones y homilías apoyando los derechos laborales. Enérgicamente, manifestó entonces que “la Iglesia proclama y apoya los derechos de los trabajadores porque el hombre y su dignidad están comprometidos”. Y entre otros conceptos que abundaron sobre el tema, sintetizó que “una lógica exclusivamente económica, depravada por el grosero materialismo, invadió hoy todos los campos de la existencia humana, dañando el ambiente, amenazando la familia y destruyendo el respeto por la persona”.

En tiempos que en el mundo existen graves problemas de desocupación, de falta de una retribución digna, de condiciones laborales infrahumanas, de limitaciones de fuentes de trabajo por el avance tecnológico, de dudosas reformas y ostensibles retrocesos, de subversiones sindicales y otros disloques no menos inquietantes, tales palabras, más que llevar luz, tienden a alertar las mentes equivocadas de gobernantes y gobernados. Porque seguramente la hora es difícil, decisiva, crucial, y todos los esfuerzos que se hagan para reordenar condiciones, políticas y valores en su debido y necesario marco de paz, serán pocos. Y es el trabajo, raíz de la subsistencia, una de las razones fundamentales que hacen que el hombre, sumido en la inseguridad económica, se desvirtúe en sus esenciales y humanas. Y equivoque el rumbo como individuo y como célula de una comunidad.

No pocas veces se olvida que, como tantos otros componentes existenciales, el trabajo tiene su ética. Si nos remontáramos a la historia de la humanidad, comprobaríamos los diversos vaivenes que, antropológica y filosóficamente, sufrió a través de los tiempos. Los primeros griegos consideraban el trabajo como una maldición: lo llamaban ponos, palabra que también significa esfuerzo, fatiga, agotamiento. (Sin embargo, el término “trabajo” procede del latín tripalium, que corresponde al trípode de madera utilizado para sujetar las caballerías). Para los griegos, en el trabajo no existía un valor intrínseco. Entre los hebreos, la expresión era equivalente, aunque tenía un rasgo salvador pues se consideraba el trabajo como reparación y expiación por el pecado original de haber desobedecido a Dios. La civilización cristiana fue la que modificó progresivamente las cosas, agregando los significados positivos de toda labor honesta. La salud del cuerpo y del alma, defensa de la desesperación y liberación de las tentaciones, eran algunos de los argumentos a su favor, sumados al ejercicio de la caridad, la partición de bienes y la bendición de Dios. Aun así, al trabajo no se le atribuían virtudes inherentes, no escarneciendo la sociedad a las personas que tenían la dicha de vivir sin trabajar.

El protestantismo inviste al trabajo con el significado moral que le asignamos en la ética actual. En el siglo XVI, Martín Lutero dio el paso definitivo cuando eliminó la distinción entre trabajar y servir a Dios. Concibió el trabajo como una forma de servicio a la dignidad, llegando incluso a condenar la vida monástica y contemplativa, como expresión de egoísmo. Posteriormente, el calvinismo fortaleció aún más las connotaciones morales del trabajo, advirtiendo que desempeñado en forma organizada, eficiente y racional, es del agrado de Dios.

Más allá de corrientes religiosas e interpretaciones dogmáticas, el duro plano de las relaciones humanas ha ido dando a las diversas expresiones laborales su lugar y su destino. Las nuevas estructuras sociales, la evolución tecnológica, las guerras, las nuevas legislaciones, los altibajos financieros, la irrupción de los derechos humanos, el llamado culto de la eficiencia,los vuelcos generacionales y la evolución de los valores culturales, han ido modificando no sólo las características básicas del trabajo como medio, sino también del trabajador como eje de sociedades en cambio.

En la reestructuración, en las reformas, aun en los cambios generados un tanto naturalmente por la propia evolución del proceso del cual nunca estuvo ausente el capitalismo, han quedado atrás no pocas injusticias laborales y se han conquistado mejoras indudables en el mundo. Por encima de orientaciones cooperativistas, la tendencia a la especialización en las fábricas, la participación administrativa, los grupos autónomos de trabajo, las funciones integradas, la efectivización de la comunidad fabril, las recompensas por aprender (antes que por aumentar la productividad) y el fomento al espíritu de equipo, es importante que hoy pueda hablarse y discutir sobre los derechos laborales a un buen nivel, sin perder la libertad. No pueden soslayarse las garantías que da el trabajo, como tampoco posponerse las reclamaciones justas del trabajador. Claro está que siempre -empresarios, sindicatos, gobiernos y trabajadores mediante-, todo arrancará sobre la base de la dignidad laboral: única forma que la participación de cada uno -deberes y derechos- conduzca al bien común.

Que el trabajo es la vida del hombre, es una verdad más allá de Voltaire. Es la vida, pero no el castigo (condiciones insalubres, malas retribuciones, inestabilidades, presiones morales, competencias desleales). Y sólo del hombre: que los niños permanezcan en la paz y en la fantasía de sus juegos, sin necesidad de ser presionados -voluntariamente o no- a buscar sus propias fuentes de subsistencia, en un mundo que espera.



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Lunes 08 de diciembre de 2014
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