Espacio para el psicoanálisis
Espacio para el psicoanálisis
La histérica y su síntoma

Ilustración de Salvador Dalí
para “Los cantos de Maldoror”.
Luciano Lutereau (*)
De acuerdo con un célebre poema de J. L. Borges, nada une más que el espanto. He aquí el núcleo de ese concepto psicoanalítico que llamamos “identificación histérica”, que podría resumirse en la descripción de la siguiente situación: dos personas establecen un lazo a partir de un punto de falta en común. Por ejemplo, alguien espera el colectivo y, frente a la demora, entabla una conversación con otro ciudadano con un breve comentario: “Este país es un desastre”. Jamás se ha visto que una conversación de este tenor inicie con la comunicación de una circunstancia alegre.
La explicación es innegable: la satisfacción individualiza, mientras que las miserias suelen ser compartidas. Existe un refrán: “Mal de muchos”, de ahí que no pueda haber una investigación sobre la neurosis que no piense también su correlato social. La neurosis siempre es colectiva, mientras que el goce es singular, imposible de ser puesto en común. No hay comunidad de los placeres, por eso el neurótico suele padecer la instancia en que debe poner en juego algo de su satisfacción ante otro.
En esta misma dirección, Freud se refirió al asco como uno de los síntomas típicos de la histeria. Ante el menor indicador de este afecto, no dudaba en diagnosticar el tipo clínico. No sólo a expensas de cualquier mecanismo (como la represión), sino también en desmedro del valor que ese signo podría tener para alguien. En última instancia, la defensa respecto del goce (incluso cuando se pueda gozar de la defensa) es “para todos y todas”, pero no habla de la causa de la neurosis. Un psicoanálisis no se detiene en el síntoma sino para descubrir en su textura un compromiso, un conflicto, de ahí que el tratamiento que sólo se demore en analizar la defensa permanecerá en un punto de vista estático.
Para dar cuenta de esta cuestión detengámonos en una secuencia que podría ser considerada “típica” en los casos de histeria. Es el caso de una muchacha que llega a la sesión ofuscada ante la situación de haberse encontrado con una amiga de su pareja; de esta amiga dice que es “perfecta” y que “es una versión mejorada de mí misma”. Se pasó los días previos criticándola con su hermana, “sacándole el cuero” a quien considera mucho más que una competidora, dado que no se trata de que en esta mujer se proyecte el sostén del deseo de novio. No es cuestión de celos histéricos, sino de una actitud envidiosa más básica. Cuando se le hace notar este aspecto, la muchacha advierte que esta mujer la confronta con sus propias frustraciones, con aquello que siempre posterga en pos de cálculos y conveniencias que la ponen a distancia de cualquier inquietud deseante. “¿Por qué no puedo reconocerme más que en afectos negativos?”, decía en otra ocasión, a partir de que cualquier experiencia de alegría resultara ajena y despersonalizante. En este punto, sancionar ese carácter restrictivo de la posición neurótica no hubiera llevado más que a la impotencia y la asunción íntima del malestar como algo crónico. En todo caso, la apertura del análisis requirió de una operación suplementaria; no tanto la confrontación con la defensa como con aquello que, a través de ésta, encontraba una expresión sintomática: la vacilación con respecto al acto como causa de la neurosis.
(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis por la Universidad de Buenos Aires, donde trabaja como docente e investigador. Autor de varios libros, entre ellos: “Los usos del juego”, “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “La verdad del amo”.