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El mes de diciembre

No hace falta que me lo digan: todos los meses son distintos, cada uno tiene su particularidad, etc. Pero diciembre, especialmente por su segunda quincena, es diferente a todos. Abogo en esta nota, por la diciembralización del año entero. Total, nadie va a estar en condiciones de leer.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO (nfenoglio@ellitoral.com). DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI (lzewski@yahoo.com.ar).

El mes de diciembre
 
 

Pueden darme argumentos variados, que septiembre con su primavera, que julio que los prepara y agosto que se los lleva y otros ejemplos, pero para mí los dos únicos meses distintos del año son diciembre y febrero. El primero por lo que explicaré pero más o menos, entre curda y curda ya intuyen; y el segundo porque tiene veintiocho míseros días.

Nos concentramos (yo, aguada, nada) en diciembre: no es nada que es el último mes del año y como tal, el de cierre, balances, despedidas y anhelos de cambio, sino que su última quincena en particularidad está signada (y dejo aquí con mucho respeto, afuera, a los creyentes a ultranza, que toman -supongo que también toman...- esta fecha con austeridad, reflexión y recoleto espíritu) por un sinfín de encuentros gastro astro nómicos con generosa amplitud etílica. Fíjense que finamente lo digo (escribo esto a las diez de la mañana: todavía se saludan y capaz que se tocan las neuronas...) y con cuánta delicadeza.

Diciembre entero es una burbuja, un mes ideal (uno se la pasa chupando y morfando) e irreal (uno no puede pasársela chupando y morfando) que postula su jocosa bacanal apilando “eventos” en los que priman (si van los primos) la comida y la bebida a (in) discreción.

Es un mes ideal e irreal también para tu heladera: es la única vez en el año que tendrá ese aspecto, rebosante de cosas rebozadas y sin rebozar, botellas de todo tipo y calaña (hasta gaseosas hay...), sánguches (porque esos son sánguches, no sandwiches) del día anterior, vittel toné en un tupper, puede haber algunas verduras, hay fiambres y elementos para picar y en general y en particular ni un mísero espacio para colocar una aguja parada: no entra más nada. Recomiendo también inmortalizar este momento: una buena fotografía para la época de vacas y heladeras flacas, es decir el resto del año completo...

En esta segunda quincena, uno ya tiene asegurados al menos dos mega encuentros: el 24 a la noche y el 31 a la noche. Pero se le suman naturalmente los dos tardíos y resaqueros almuerzos o meriendas (o cuando se vayan levantando...) del 25 y del 1ero. de enero. Pero se sabe también que están las despedidas del o los trabajos, la de los vagos del fútbol cinco y las chicas del bridge, la de la peña de los jueves, la del fútbol once, la de las fantásticas, la de la escuela, la de danza, la del paddle, la de los ex residentes de calle cucha cucha, la de los defensores de los dragones de Komodo y la de los cuidadores de begonias: todos quieren reunirse y despedir el año.

Y luego está esa otra característica en que uno concentra, aprieta y compacta a todos y a cada uno de los integrantes de la familia, perdidos y dispersos a lo largo y ancho del año, y vueltos a convocar de prepo a comparecer ahora, justo ahora, por estos días, en diciembre...

Y también están los amigos, los que vemos siempre y quienes no hemos frecuentado en el último tiempo: todos ellos se apiñan (puede haber piñas, también, sí) de alguna manera en estos días.

Por último, como si no hubiera ya demasiadas cosas que convergen y confluyen en el embudo del año (segunda quincena de diciembre), también atropellan cosas espirituales: buenos deseos, anhelos, proyectos que no se cumplieron y vienen con cara de reproche (cuando nosotros ya tenemos cara de joda), sueños, abrazos virtuales, yavamosaencontrarnos y otras hermosas, ideales e irreales cosas por el estilo.

Todo cae a y en diciembre, incluyendo desde luego este servidor (yo, el fresco señor fenoglio) que ya viene inclinadito, a los provechitos, trastabillando, hablando pavadas y murmurando cosas incomprensibles. Nos vemos, creo que nos vemos, el año próximo. Y salute.



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