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editorial

Mensaje papal a un mundo violento

  • Es una pieza oratoria cuya perfección no proviene de la retórica sino de la intensidad de su compromiso.

El Papa Francisco comprometió su investidura, su ascendencia espiritual y la gravitación social y cultural de la Iglesia Católica a favor de los cristianos perseguidos y asesinados en el mundo y de todas las minorías que en la actualidad son discriminadas o martirizadas. Su mensaje de Navidad es, en este sentido, una pieza oratoria cuya perfección no proviene de la retórica sino de la intensidad de su compromiso.

El hecho merece destacarse porque en el mundo que vivimos es necesario y reconfortante que se hable con claridad y se digan las cosas por su nombre. Los crímenes cometidos por el Estado Islámico (EI), las persecuciones, los secuestros y ejecuciones en Nigeria, los episodios de violencia en Ucrania, los atentados terroristas que se reiteran en diferentes puntos del globo, dan cuenta de una realidad que, sin exageraciones, merece calificarse de trágica por los valores que amenaza.

En pleno siglo XXI es importante que la Iglesia Católica, a través de su máxima autoridad, haga valer su prestigio a favor de causas justas. Y en este sentido, el rol del Papa Francisco es aleccionador. Dicho esto corresponde preguntarse hasta dónde sus palabras alcanzan para modificar una lógica fundada en el fanatismo y la cultura de la muerte. ¿Consuelan sus palabras? ¿Modifican conductas en los hombres que están en condiciones de tomar decisiones? ¿La Iglesia Católica debe defenderse o le corresponde atacar? A cada uno de estos interrogantes se los puede responder de diferentes maneras, pero en principio es importante que las preguntas estén bien formuladas para intentar luego hallar las respuestas adecuadas.

El liderazgo espiritual del Papa es valioso, pero como todo liderazgo espiritual tiene sus tiempos. “¿Con cuántas legiones cuenta el Papa?” dicen que preguntó, con tono despectivo y burlón, Stalin. Y a decir verdad, su poder no proviene de la eficacia de sus ejércitos o de sus reservas de armamentos, sino de un liderazgo espiritual que no gana sus batallas en los campos de combate sino en la conciencia de los hombres y, si se quiere, en el universo de las ideas.

Es verdad que al fanatismo no se lo puede combatir con fanatismo, ni a la cultura de la muerte prometiendo más muerte o contragolpeando al terrorismo con más terrorismo. Más allá de las decisiones de los políticos y los jefes de Estado, más allá del compromiso asumido alrededor de causas justas, siempre es importante que el liderazgo espiritual guarde para sí un espacio propio que le permita tomar cierta distancia de las turbulencias de la historia. Esa autonomía relativa no se asimila a la neutralidad, pero sí a la asignación de roles que cada uno de los actores debe esforzarse por cumplir de la mejor manera.

Es también desde este punto de vista que las palabras -y también las acciones- del Papa merecen reivindicarse. Ni faccionalismo beligerante, que abra espacios a indeseables guerras religiosas, ni neutralidad cómplice. Los enemigos de la vida, de la paz y la convivencia civilizada, deben ser denunciados y combatidos, pero nunca se debe dejar de insistir en sostener la preservación de aquellos valores espirituales que hacen posible instalar la esperanza más allá de las agitaciones y discordias de un tiempo que persiste en su intención de reiterar horrores que en otros momentos nos hundieron en la catástrofe.

Los enemigos de la vida, de la paz y la convivencia civilizada deben ser denunciados y combatidos sin vulnerar valores.



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