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Dos o tres cosas sobre el “Ulises”

Ezra Pound

(En “Ulises”, en “Ensayos literarios”, Monte Ávila, Caracas, 1968)

“Para comenzar, con asuntos que están más allá de toda controversia, yo diría que Joyce ha tomado el arte de escribir en el punto en que lo dejó Flaubert. Ni con Dubliners ni con The Portrait ha superado a Trois Contes ni a L’Education; pero con Ulysses ha proseguido un proceso que se inició con Bouvard et Pécuchet, llevándolo hasta un grado de mayor eficiencia, de mayor compactibilidad; ha sobrepasado hasta tal punto la Tentation de St. Antoine, que la obra entera puede parangonarse con un solo episodio de Ulysses... Los señores Bouvard y Pécuchet constituyen los pilares de la democracia; Bloom también representa la base de la democracia: es el hombre de la calle, el vecino, el público, el ingenuo que cree todo lo que se publica en los periódicos, Everyman, y el licencioso...”.

Erich Auerbach

(En “La media parda”, en “Mímesis”, FCE, México, 1950)

“La grandiosa novela de James Joyce, obra enciclopédica, espejo de Dublín, de Irlanda, espejo también de Europa y de sus milenios, tiene como armazón la jornada exteriormente insignificante de un profesor de liceo y de un agente de publicidad y abarca menos de veinticuatro horas de sus vidas... Detenerse en un suceso cualquiera, aprovecharlo no en servicio de una trabazón sistemática de acciones, sino en sí mismo, procedimiento por el cual se hizo visible algo totalmente nuevo y elemental: la plenitud real y la profundidad vital de un momento cualquiera, al que uno se abandona indeliberadamente. Ya pueden ocurrir en él episodios externos o internos, en todo caso conciernen de una manera completamente personal a los hombres que los viven, pero también, y por lo mismo, a lo elemental y común a todos los hombres en general”.

Michel Butor

(En “Pequeño crucero preliminar a un reconocimiento del archipiélago Joyce”, en “Sobre Literatura, I”, Seix Barral, Barcelona, 1967).

“Los medios de investigación de Ulises nos dan la impresión de penetrar en un mundo que se derrumba. La ilusión teatral se ha disuelto, se nos hace pasar detrás de las bambalinas, a toda esa tramoya al descubierto que puede revelarse más bella, en el fondo, que el espectáculo que se intentaba hacernos ver. Los universos intelectuales de Bloom y de Stephen han perdido el apoyo de una certeza o de una trascendencia y están obsesionados por los restos de los sistemas antiguos. Y en medio de ese desconcierto, de ese lento desmoronarse escondido por la broma cotidiana, unos hombres perdidos y aislados intentan vivir a pesar de todo y se buscan unos a otros. En medio de ese paisaje de feas ruinas, la facundia de la gente de Dublín continúa la gran aventura, y los mismos problemas humanos siguen planteándose como se planteaban a través de los grandes mitos de otro tiempo. Las muertes y los nacimientos prosiguen”.

Virginia Woolf

(del “Diario”. Editorial Sur. Buenos Aires, 1954)

Ulises me parece el libro propio de un analfabeto, un libro carente de desarrollo; la obra de un obrero autodidacta, y todos sabemos cuán lamentables son esas obras, cuán egotistas, cuán insistentes, cuán primarias, crudas y, en última instancia, nauseabundas. Cuando se puede comer carne guisada, ¿a santo de qué comerla cruda?

Miércoles, 6 de septiembre de 1922

He terminado el Ulises y creo que es una obra fallida. A mi juicio, no le falta talento, pero es de baja estofa. El libro es difuso. Es enmarañado. Es pretencioso. Es de baja ralea, no sólo en el sentido evidente, sino también en la acepción literaria. Con ello quiero decir que un escritor de primera fila siente por la literatura un respeto tal que le impide servirse de trucos; de sorpresas; de hacer payasadas. Me recuerda constantemente a un colegial con tendencia al comportamiento brutal, rebosante de ingenio y capacidad, pero tan pendiente de sí mismo, tan egotista, que pierde la cabeza y se convierte en un ser extravagante, amanerado, vocinglero, torpón, y consigue que las personas amables le tengan lástima, y que las personas severas se irriten; y una tiene esperanzas de que todo lo anterior le pasará cuando crezca; pero como sea que Joyce tiene cuarenta años, no parece probable que así ocurra.

Richard Ellmann

(De “James Joyce”, en “Cuatro dublineses”. Tusquets, Buenos Aires, 1990)

Joyce dependía de lo real y al mismo tiempo estaba por encima de ello. Podemos comprobar su talante por una anécdota que contó en cierta ocasión a su amigo el académico francés Louis Gillet. Era a propósito de un viejo de las islas Blasket que nunca había abandonado su tierra y que nada sabía del resto del mundo y sus costumbres. Pero un día se atrevió a salir de las islas, entró en unos almacenes y vio algo que no había visto en su vida: un espejito. Lo compró, lo acarició, lo contempló y mientras volvía a las islas, lo sacó del bolsillo, lo contempló otro poco y murmuró: “Papá, oh, papá”. No enseñó el preciado objeto a su mujer, que se dio cuenta de que el marido le ocultaba algo y se puso suspicaz. Cierto día caluroso en que los dos estaban trabajando en el campo, el hombre dejó la chaqueta en un seto. La mujer aprovechó la ocasión, corrió hacia la chaqueta y sacó del bolsillo el objeto que el marido había mantenido en secreto. Pero cuando miró el espejo, exclamó: “Bah, no es más que una cara vieja”, y llena de irritación lo rompió tirándolo contra una piedra. La anécdota tenía para Joyce muchos significados, por ejemplo que el hombre quería a su padre y que la mujer era vanidosa. Pero el principal era que el espejo puesto ante la naturaleza reflejará tanto la conciencia de quien lo sostiene como lo efectivamente reflejado. Llegaría a citar con aprobación un comentario de Pater: “El arte es la vida vista a través de un temperamento”.

T.S. Eliot

(“Sobre Ulises y el mito”. The Dial, 1923)

Al valerse del mito, al manejar un paralelismo continuo entre nuestro tiempo y la antigüedad, Joyce sigue un método que otros seguirán después. Y no se tratará de imitadores, como no lo es el científico que usa los descubrimientos de Einstein para llevar a cabo sus propias investigaciones. Simplemente es una manera de controlar, de ordenar, de dar forma y significado, al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea. La psicología (tal como está, y sin importar que nuestra postura hacia ella sea sarcástica o seria), la etnología y La rama dorada han concurrido para hacer posible lo que hasta unos años atrás era imposible: en lugar del método narrativo, ahora podemos utilizar el mítico.

Italo Svevo

(De “Scritti su Joyce”. Edizioni Ripostes, Salerno, 1997. Traducción de E.B.)

Una sola constatación crítica puedo efectuar sugerida por la memoria y no por el sentido crítico. Puedo probar que la teoría de Sigmund Freud no llegó a Joyce con el suficiente tiempo como para guiarlo en la concepción de su obra. Se asombrará quien en Stephen Dedalus descubra tantos elementos que parecen sugeridos por la ciencia psicoanalítica: su narcisismo que sería atribuido (probablemente) no al artista sino al primogénito; esa madre adorada que se convierte en un espectro perseguidor; ese padre despreciado y evitado; ese hermano olvidado como se olvida un paraguas y, al fin, esa eterna lucha entre la conciencia y la subconciencia.

Y hay más. ¿No habría tomado del psicoanálisis la idea de transmitir los pensamientos desordenados de los personajes tal y como surgen en una mente libre de control? La contribución del psicoanálisis debe excluirse porque Joyce mismo designó de quién había aprendido tal técnica. Y su palabra bastó para otorgar celebridad al viejo Edouard Dujardin, que la había aplicado treinta años antes.

Además, puedo dar buen testimonio: en 1915, cuando Joyce se fue de Trieste, ignoraba absolutamente todo sobre el psicoanálisis.



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