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editorial

Terroristas del Islam al ataque

  • Los terroristas musulmanes eligen como víctimas preferidas a quienes profesan la fe islámica pero no comparten su visión alienada.

En poco más de veinticuatro horas, el fanatismo islámico perpetró tres atentados terroristas, todos con una deliberada crueldad. En Túnez -país de mayoría islámica-, los terroristas ingresaron a las playas de un hotel cinco estrellas en la ciudad de Sousse y asesinaron a unas treinta personas. No se trató de un acto militar contra enemigos declarados o en combate; por el contrario, lo que distinguió al operativo fue su arbitrariedad: las víctimas murieron por su condición de turistas o de supuestos enemigos dentro de la singular lectura que los fanáticos de la organización Estado Islámico hacen de sus libros sagrados.

En el caso de Kuwait, lo sucedido demuestra, un vez más, que los terroristas musulmanes eligen como víctimas preferidas a quienes profesan la fe islámica pero no comparten su visión alienada y criminal. En el caso que nos ocupa, el atentado se llevó a cabo en una mezquita chiita y en la ocasión murieron alrededor de quince fieles que se habían convocado allí para celebrar su oficio religioso.

En Francia, los hechos ocurrieron en una localidad cercana a Lyon. Dos terroristas dispararon contra el personal de una fábrica de productos químicos. En la ocasión, hubo un trabajador decapitado. Sobre su cuerpo, había inscripciones en idioma árabe. El presidente Hollande condenó lo sucedido, repudio al que se sumó la Unión Europea. Pero hay un dato que conviene destacar: antes de las veinticuatro horas, los servicios de seguridad de Francia ya tenían ubicados a los asesinos. Esa eficiencia es la que los argentinos desconocemos o no practicamos.

No es la primera vez que el terrorismo islámico gana la plana principal de los diarios con sus macabros operativos. Lo que sucede en Francia, Kuwait o Túnez se extiende a Medio Oriente, Siria, Nigeria, Sudán o Egipto, por mencionar algunos de los lugares más destacados. El panorama se completa con la inmisericorde guerra librada entre las diferentes facciones del Islam, particularmente entre chiitas y sunnitas.

Sobre esta trágica cuestión, uno de los debates abiertos se vincula con la identidad islámica de los asesinos. Algunos señalan que no pertenecen a esa religión, y que sólo la invocan para pervertirla. Es una opinión, aunque no son pocos los que presentan testimonios que prueban que la identidad de los terroristas responde a los valores del Islam o, por lo menos, a una interpretación fundamentalista del Islam. Se trata de una identidad minoritaria, pero no por ello menos genuina y peligrosa para la seguridad de las naciones, de sus valores civilizatorios y la seguridad de los propios musulmanes.

Más allá de las polémicas, lo que está claro es que el terrorismo de signo islámico o el yihadismo constituye uno de los peligros centrales para la humanidad en este momento del siglo XXI. Sus causas son complejas y exceden las posibilidades de este espacio para analizarlas, pero lo que está fuera de discusión es la ferocidad de su comportamiento y el peligro que representan.

Si el terrorismo islámico no respeta fronteras ni credos religiosos, la lucha librada contra sus acólitos, además de global, debería contar con la participación y el protagonismo de los musulmanes que dicen no compartir las conductas terroristas. La observación es pertinente porque no se trata de combatir al terrorismo con más terrorismo o a una versión fanática del Islam en nombre de otra versión fanática.

El yihadismo constituye uno de los peligros centrales para la humanidad en este momento del siglo XXI.

 



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