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Para huir de Cuba

Niños de la Operación Pedro Pan

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Bolsa de lavandería de un niño durante su estancia en el campo de Opa Locka, durante el éxodo infantil considerado el más grande del siglo pasado. Foto: EFE

Por Nora Quintanilla

(EFE)

Un grupo de personas, algunas ya con el cabello blanco y el bastón en la mano, se arremolinan frente a una foto en blanco y negro y señalan unas caras aniñadas en las que, 50 años después, se reconocen: son los rostros de la Operación Pedro Pan.

El éxodo infantil que entre 1960 y 1962 desplazó a 14.000 niños cubanos a Estados Unidos, donde sus padres deseaban para ellos un futuro mejor lejos del comunismo, se exhibe a partir de este viernes en el museo HistoryMiami. Son las memorias de aquellos jóvenes de 6 a 18 años que un día dijeron adiós a sus padres desde lo que llamaron “la pecera”, una zona acristalada del aeropuerto de La Habana que ha sido recreada en este museo de Miami y frente a la que, según explicó el senador de EE.UU. por Florida Melquíades Martínez, “hay que ser fuerte” para contener las emociones que llevan “casi a las lágrimas”.

Martínez, uno de los protagonistas del que se ha considerado el éxodo más grande de niños del siglo pasado en Occidente, visitó esta semana la exhibición, que “toca el alma”, y recordó que en su viaje a Estados Unidos, en 1961 y con 15 años, tenía esperanzas de llevar una “nueva vida” lejos del régimen castrista pero a la vez sentía confusión por estar lejos de sus padres en un ambiente desconocido.

La mitad de los niños y de adolescentes fue a casas de parientes o amigos en el país, y la otra mitad, a hospedajes proporcionados por la Iglesia católica, como los cuatro campamentos del sur de Florida, donde pasaron varios años hasta reunirse con sus familias niñas como Carmen Valdivia, presidenta del comité histórico de la organización Operación Pedro Pan, que ha recolectado durante tres años artículos y objetos de los protagonistas de aquel viaje.

A pesar de las dificultades a las que se enfrentaron los niños, a la nostalgia del hogar y la incertidumbre sobre su futuro, Valdivia, hoy arquitecta, sonríe al recordar sus memorias de infancia en el campamento de Florida City y recuerda con cariño los cuidados que les brindaron las religiosas.

“Dejaba atrás cosas muy feas, violencia”, relató la cubana, quien reconoció que por la noche surgía la preocupación por lo que estaría ocurriendo a sus familias en Cuba. Las pequeñas camas en las que dormían, un juego de canicas, unas maracas, pijamas, pasaportes y libros son algunos de los objetos que recuperan la memoria de los infantes en el recorrido por la exposición.

“Perdimos la patria y los padres, pero nos unimos para seguir adelante”, apuntó otro de los protagonistas del éxodo, Melvin Noriega. Sus padres “tuvieron el coraje” de enviarlos a Estados Unidos para evitarles la “eterna pesadilla que sufren los que allí quedaron” después de que Fidel Castro mandara cerrar las escuelas religiosas y enviar a los curas fuera del país, relató.

Y aunque por la noche “uno empezaba a llorar y los demás seguían”, pesaron más las oportunidades que les abrió trasladarse a otras ciudades, como Miami, que los malos tragos de la adaptación a su nueva realidad.

En un ensayo que cuelga en una de las paredes, escrito por la cubana Ada Díaz para su escuela, en inglés, donde recuerda su último día en Cuba, la joven asegura comprender por qué sus padres la enviaron lejos del hogar: para protegerla de aquellos “cambios drásticos que robaron” a sus padres el dinero que habían ganado.

Según escribió a máquina hace 50 años, el viaje acabaría cuando Cuba fuera “liberada” y, aunque muchos pensaron que se reduciría a unas vacaciones de verano, acabó alargándose una vida.

Azel opinó que la valentía y las ganas de salir adelante de muchos de aquellos niños fueron la semilla de una carrera exitosa en muchos casos, como el del senador Martínez, el alcalde de Miami, Tomás Regalado, y el cantante Willy Chirinos.

 


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