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Crónica política

Un nuevo gobernador para la provincia

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Miguel Lifschitz. Foto Guillermo Di Salvatore

Por Rogelio Alaniz

El ingeniero Miguel Lifschitz será el nuevo gobernador de la provincia de Santa Fe. Así lo dijeron las urnas y así lo admitieron sus principales rivales políticos, motivo por el cual muy bien puede decirse que la legitimidad de origen del próximo gobierno es perfecta, si es que “perfecto” es una palabra permitida en el lenguaje escurridizo de la política.

Lifschitz fue durante dos períodos intendente de Rosario y en los últimos años se desempeñó como senador. En ambos casos, y con los matices propios de la democracia, sus gestiones fueron evaluadas favorablemente por la opinión pública. Lifschitz milita en el socialismo desde su primera juventud y conoce el complicado y resbaladizo universo de la política. No lo conozco personalmente, pero personas que merecen mi respeto aseguran que es un hombre de bien.

Acerca de los incidentes que hubo en estas elecciones ya se habló bastante. En principio, supongo que hubo más exageraciones que verdades, pero de aquí en más sería deseable que el gobierno de turno se preocupe para que los comicios se realicen con la mayor limpieza posible. Y que nunca más haya lugar para sospechas en uno de los momentos clave de la construcción democrática como son las elecciones y el escrutinio.

Por suerte para la provincia, las diferencias institucionales se saldaron de la mejor manera posible. En principio, supongo que no es una mala noticia para la provincia que el Frente Progresista gobierne durante cuatro años más. Esta afirmación, exige justificarse y relativizarse. Por lo pronto, el flamante gobierno será legítimo y previsible, virtud que merece destacarse.

De la legitimidad ya hemos hablado; corresponde por lo tanto hablar de los alcances de la previsibilidad. La gestión que se inicia promete ser, en un nuevo contexto, la continuidad de las dos anteriores. Si los saltos al precipicio o el vacío de poder son considerados los peligros más serios de la política, está claro que el principio de la continuidad es más una virtud que un defecto.

Continuidad, en este caso, es algo más que la identificación con un signo partidario; es, por sobre todas las cosas, la garantía de orden y gobernabilidad, garantías indispensables para debatir todas las reformas que imponga la realidad política. Postulo, por lo tanto, que el Frente Progresista fue la fuerza política que estuvo en mejores condiciones para cumplir con estas exigencias.

Los datos de la realidad así parecen confirmarlo. El Frente Progresista asume la responsabilidad del gobierno controlando las principales ciudades de la provincia, con una representación parlamentaria equilibrada y una aquilatada experiencia en el ejercicio del gobierno a través de funcionarios y políticos que desde hace años ejercen esta tarea.

Lo descripto es un punto de partida, no un punto de llegada, pero sin estos requisitos se hace muy complicado gobernar una provincia con intereses regionales diversos, con grandes y conflictivos centros urbanos, con una economía rural considerada como la más moderna y evolucionada del país y una población que supera los tres millones y medio de habitantes.

Por diferentes motivos ni el peronismo ni el PRO estaban en condiciones de ofrecer estas garantías. En el caso del peronismo, porque recién a través de la notable campaña política de Perotti logró ponerse de pie en la provincia, gesto meritorio que le permite al peronismo prepararse para disputar el poder dentro de cuatro años. Al respecto, bien podría decirse que el peronismo recién en estas elecciones empezó a superar la crisis política abierta en 2007, cuando fue derrotado en las urnas luego de casi veinticinco años consecutivos en el poder.

En el camino, el peronismo recién ahora pudo superar dos trabas que impedían su desarrollo: Carlos Alberto Reutemann y Agustín Rossi. Reutemann, porque durante los últimos veinticinco años fue el gran elector de esta fuerza política. Su paso a las filas del PRO y el transcurso inevitable del tiempo pusieron fin a un liderazgo curioso que se inició como una maniobra chapucera del peronismo para inventar un personaje de la farándula, pero por esas sorpresas de la política el ídolo popular presuntamente manipulable logró poner al peronismo a su servicio.

Con respecto a Agustín Rossi, y más allá de sus aciertos que los tiene, está claro que representó en estos últimos años una oferta política de signo kirchnerista ortodoxo que los santafesinos nunca terminaron de aprobar. El peronismo provinciano dio lugar al actual liderazgo de Perotti, quien sin renunciar a un kirchnerismo más declamativo que real, expresa esa versión que se insinúa como dominante en el peronismo nacional y que halla en Scioli a su versión más paradigmática.

Torres del Sel no pudo ser gobernador de la provincia. En realidad le faltó poco, una diferencia de votos casi insignificante. Torres Del Sel dijo el domingo del escrutinio, que a él las cosas siempre le costaban mucho. No sé cómo es su vida, pero está claro que en política el “premio mayor” no lo logró con tanta facilidad como parecía al principio. Creo que está bien que así sea. El gobierno de la provincia de Santa Fe no puede reducirse a una aventura individual por más santas intenciones que se invoque para ello.

Esta es la segunda elección que Del Sel pierde por muy poca diferencia. Para sus ambiciones personales y las ambiciones de su grupo político, la derrota no es una buena noticia, pero bien mirada las cosas tampoco es pésima. El PRO de Santa Fe hasta el momento es el liderazgo de Del Sel y por añadidura el de Macri. Por debajo de ellos hay poco y nada. La tarea hacia el futuro será la construcción partidaria, el liderazgo personal ya hizo lo suyo, ahora corresponde la etapa institucional. Del Sel deberá probar si es capaz de cumplir con esta tarea, es decir, si es capaz de transformarse en un político y no en un emergente afortunado de la farándula.

Es por eso que postulo que lo mejor -o lo menos malo- que le pudo pasar a la provincia es que el Frente continúe gobernando por un período más. El anterior no fue brillante, pero estuvo muy lejos de ser una catástrofe como intentaron presentarlo algunos dirigentes opositores. El respaldo electoral obtenido por Bonfatti como legislador confirma que los santafesinos supieron reconocerle virtudes y méritos al gobernador que concluye su mandato. Ello no impide observar que desde 2007 a la fecha, las candidaturas a gobernador del Frente Progresista han ido perdiendo votos. Gana, pero cada vez obtiene menos votos. Si no hay cambios, es muy probable que este mandato sea el último.

Después de ocho años en el gobierno, esta gestión no podrá ignorar o relativizar las demandas de seguridad plantadas por la sociedad. Puede entenderse que sobre este tema la realidad los haya desbordado o no hayan estado preparados para hacerse cargo. Hoy ya no hay lugar para excusas de este tipo. La inseguridad no se resuelve de la mañana a la noche, pero hay que empezar a resolverla.

Dicho esto, habrá que puntualizar los desafíos institucionales que se le presentan a Lifschitz. En un equilibrio de fuerzas como el actual, está claro que el gobierno deberá alentar el diálogo y el acuerdo, recomendaciones innecesarias a un equipo político ejercitado en esos menesteres. Más complicado será trasladar las virtudes del acuerdo al orden interno. Por lo pronto, le corresponderá a Lifschitz hacer realidad el principio que presenta al Frente Progresista como una alternativa frentista. Digo esto, porque hasta la fecha la coalición santafesina ha funcionado más al estilo de la “transversalidad” kirchnerista, que como un frente como la Concertación chilena o el Frente Amplio uruguayo.

¿Podrán hacerlo? No sé si podrán, pero si sé que deben. No sé si podrán, porque la lógica interna del Partido Socialista es cerrada y las necesidades internas del grupo son fuertes. De todos modos, los socialistas deberán tener presente que de los aliados no sólo hay que acordarse cuando están asustados. Lo sucedido en estos comicios es una lección para todos los frentistas: la coalición debe ser además de un título o una necesidad en momentos difíciles, una práctica política cotidiana.



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