Edición del Sábado 29 de agosto de 2015

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“Ave de paso” - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

PRELUDIO DE TANGO

“Ave de paso”

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Enrique Cadícamo. Foto: Archivo El Litoral

 

Manuel Adet

El tango “Ave de paso” lo escribió Enrique Cadícamo a mediados de 1937, y la música se la puso Charlo. La historia de la escritura y composición de este poema merece contarse porque es muy representativa de un estilo de vida, de un modo de vivir, lo que de manera un tanto abusiva se calificó en su momento como “bohemia artística”. Todo comenzó cuando los empresarios de uno de los locales nocturnos más prestigiados de Río de Janeiro, el Casino da Urca, contrataron a Charlo para que animase con su voz las veladas nocturnas de ese templo de la noche brasileña, con sus espléndidos salones cuyos ventanales daban a la bahía de Guanabara.

Los viajeros que se sumaron a la expedición fueron Cadícamo y José Razzano, ya para entonces devenido en un eficiente empresario. Los muchachos viajaron en el “Conte Biacamano” y allí “alternaron” con Carmen Miranda ya bautizada para esa fecha como “La bomba brasileña”, gracias a su belleza y talento para representar en esos años lo que se consideraba, en términos publicitarios y turísticos, como la música típica de un Brasil tropical y festivo.

Miranda todavía no ha llegado a Estados Unidos y no ha actuado en la Casa Blanca a pedido del presidente Franklin Delano Roosevelt; tampoco es todavía la cantante mejor pagada de América, pero para 1937 ya es famosa, ya la conocen en los escenarios más elegantes, es la exclusiva cantante de “da Urca”, y su belleza, su inquietante y sugestiva belleza, está en su esplendor.

Como han pasado muchos años y los protagonistas ya no están en este mundo, podemos permitirnos la licencia de ser algo indiscretos. En ese viaje, Charlo y Carmen vivieron un exclusivo romance, bajo la mirada cómplice y algo envidiosa de sus compañeros de viaje y la tolerancia de la hermana de Carmen, la bella Aurora, que también se perfilaba como una cantante popular.

El romance seguramente concluyó como concluyen esos amoríos de viaje; pero para continuar con la historia vayamos ahora a Río de Janeiro, disfrutemos de las noches tropicales en los distinguidos salones del Casino de Urca y convivamos, con la ayuda de la imaginación, con nuestros artistas en el discreto y elegante departamento que alquilaron en avenida Atlántica.

Argentinos famosos en Río -como en París, Barcelona o Nueva York- atraen a otros argentinos. Es tan inevitable como deseable. En el caso que nos ocupa, el que visita con frecuencia al “pisito porteño” es el pianista Heriberto Muraro, quien vive en Brasil desde hace años y es amigo de nuestros muchachos. Muraro es el que le insiste a Cadícamo que escriba un poema para musicalizar con el piano.

Cadícamo, cuya capacidad para escribir un tangazo de una sentada era asombrosa, obedece y, tal vez inspirado en la aventura de Charlo, mezclado con episodios de su propia vida y alguna que otra invención del momento (como ocurre con todo poema que merezca ese nombre) escribe el tango que todos nosotros vamos a disfrutar hasta el día de hoy.

Lo novedoso es que cuando el poema ya está servido “con fritas y a punto”, aparece Charlo, lo lee y sin consultarlo con Muraro exclama: “Esto es para mí”. Y dicho y hecho, allí nomás empieza a trabajar con el piano hasta que sale lo que todos nosotros conocemos. Charlo no sólo escribe la música, sino que, además, lo estrena, mientras que Muraro acepta lo sucedido, tal vez sin sospechar que lo que estaba ocurriendo delante de sus ojos era un hecho trascendente para la historia del tango.

“Ave de paso” cuenta una historia de amor marcada por la pérdida y la nostalgia, una pérdida y una nostalgia “dulce”, porque el rasgo más distintivo de este tango es su sobriedad y mesura para expresar el dolor, muy al estilo de dos tipos elegantes y distinguidos como fueron Cadícamo y Charlo. El tango es casi una confidencia en voz baja, un lamento que rehúye la imputación rencorosa. Tiene estilo, “resignación filosófica”.

El protagonista del tango es un hombre que ha vivido un romance y recuerda esos amoríos a la distancia, sabiendo de antemano que nunca más podrá recobrar ese “tiempo perdido”. Es que todo amor pasajero cuando es vivido con sinceridad, es una fuente de genuina inspiración poética.

“Ave de paso” es, junto con “Malena” y “Noches de Brasil”, interpretado por Argentino Ledesma, con Héctor Varela, un tango ambientado en este vecino país, cuyas ciudades -pienso en Porto Alegre y Río de Janeiro- comparten con Buenos Aires y Montevideo la vocación de ciudad puerto, una de las condiciones -no la única- que reclama el tango para cobrar vida. Y a la hora de mentar a Brasil, digamos a título informativo que en ese país nació también uno de los grandes poetas del tango. Me refiero a Alfredo Lepera, de quien, estimo, resulta innecesario presentarlo.

El título de “Ave de paso” no es exclusivo, pero no creo pecar de parcial si digo que es el que más lo merece. “Ave de paso”, se titula también un tema cantado por Sandro, otro interpretado por la Mona Jiménez y una chacarera que en su momento la escuché cantar por el Chango Nieto. Con todo respeto: todos están muy lejos de la inspiración de Charlo y Cadícamo. También he registrado que en México los llamados “Tigres del Norte” improvisan una historia de amor con el mismo título. Insisto con nuestra versión tanguera y no por localismo, sino por la sencilla razón de que la nuestra es superior, muy superior.

Hay una versión de Joaquín Sabina titulada “Aves de paso”. Es muy buena, entre otras cosas porque el cantante español es un excelente poeta. La diferencia en este caso reside en que el protagonista o el punto de vista no es el de un hombre que recuerda una historia singular, sino la de quien evoca varias historias de amor, de allí el plural “aves”. Y las que en este caso practican el “toco y me voy” con Sabina son las mujeres.

Si me solicitan una versión para escuchar, recomiendo sin vacilaciones a la de Charlo: “Ha llegado el momento querida / de ausentarme quién sabe hasta cuándo / en mis labios se asoma temblando / una mueca que dice el adiós / Nuestro amor fue un amor del momento / mi cariño fue un ave de paso / y tu beso de miel y de raso / fue un vaso sagrado que no olvidaré”.

¿Alguna otra versión? Me gusta mucho la de Alberto Podestá con la orquesta de Alberto di Paulo; y para los hinchas de Juan D’Arienzo, importa escuchar la versión interpretada por Jorge Valdez: “Adiós muñequita de cobre / Muchacha morena, tu amor tropical / exhala en mi alma su risa salobre / como una canción sentimental / La luna de Río se queda para que en las noches le cuente que yo / pasé por su lado viajero incansable / pasé por tu lado y dejé el corazón”.

Hay una versión instrumental de Antonio Agri insuperable y otra de Elvino Vardaro que merece escucharse, pero por razones personales y en homenaje a ese amigo que ya no está y que cada vez que nos poníamos a escuchar tangos pedía “Ave de paso”, para mí la versión de Charlo es irreemplazable. ¿Lo escuchamos?: “Mi destino es andar en la vida / Hice mal en soñar a tu lado / Se ha teñido ese cielo rosado / al conjuro de darte este adiós... / Perdoná mi promesa morena / Olvida mi locura de amarte / Buenos Aires me obliga a dejarte / y bajo esos cielos con vos soñaré”.

Un detalle para concluir: El hombre no abandona a la mujer que quiere por otra mujer o en nombre de un estado civil, la abandona por esa exclusiva mujer que está en el alma mitológica de todo tanguero; la abandona porque “Buenos Aires me obliga a dejarte”; o tal vez porque todo tanguero de ley necesita extrañar y llorar con recato su propia Dulcinea del Toboso.



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