Preludio de tango
José Leonardo Colángelo

Preludio de tango
José Leonardo Colángelo

Manuel Adet
Algunos biógrafos estiman que el pianista José Leonardo Colángelo empezó a jugar en las grandes ligas del tango cuando en 1962 y con apenas veintidós años, fue convocado por Leopoldo Federico para acompañar a Julio Sosa, compañía que se mantendrá hasta la muerte de Sosa en noviembre de 1964 y continuará con Leopoldo Federico unos cuantos años más, acompañando esta vez a los cantores Roberto Ayala y Carlos Gari.
La apreciación puede ser compartida, siempre y cuando se advierta que ya para esa fecha el pibe Colángelo, “Pepe”, como le decían los amigos, había trajinado por un largo camino cuyos inicios pueden rastrearse en la infancia, porque, como suele pasar con muchos de nuestros personajes tangueros, la vocación nació en la casa, de la mano de un padre que tocaba el bandoneón y la acordeona y un tío -Salvador- también bandoneonista y que llegó a tocar con las orquestas de Sureda y Di Barto.
A los quince años, Colángelo debutó en Radio Argentina con la orquesta de Alberto Dávila. A partir de ese momento no paró. En 1956 integró el conjunto Las Nuevas Estrellas del Tango con el cantor Eduardo Solano y, al año siguiente, estuvo en Radio Splendid con Ángel Genta y su orquesta. Luego con Ángel Domínguez y los cantores Osvaldo Ribó y Carlos Almagro y, en 1959, en Radio Belgrano, con Los Embajadores. Ese mismo año, el pibe se da el lujo de grabar con la orquesta de Juan de Dios Filiberto y la cantante Patrocinio Díaz. Entre 1960 y 1962 trajinó por las orquestas de Lorenzo Barbero, Emilio Orlando y Enrique Alessio y por las principales radios de la ciudad..
Esto quiere decir que al momento de conocer a Leopoldo Federico, Colángelo ya había realizado una intensa milicia en las filas del tango, milicia que incluyó el recorrido por diversos y escabrosos locales nocturnos en barrios emblemáticos de Buenos Aires, como Constitución, Once, Congreso, Balvanera y La Boca, y en locales que hoy sólo recuerdan los veteranos, locales con nombres sugestivos como El Avión, el Dragón Rojo, Cabaret.
O sea que para mediados de los años sesenta, Colángelo ya es un nombre instalado en la noche tanguera. El muchacho además de ser convocado por maestros de la talla de Ricardo Malerba, se relaciona con jóvenes talentosos como Juan José Mosalini, Arturo Príncipe u Osvaldo Montes, aunque la consagración definitiva de quien de alguna manera ya estaba consagrado, fue cuando ingresó a la orquesta de Aníbal Troilo.
El acontecimiento se produjo en 1968. Berlingieri abandonó la orquesta de Pichuco y luego de algunos cabildeos el maestro lo llama a Colángelo, a quien conoció en ocasión de un breve reemplazo. El debut se produjo en un local de Diagonal Norte y Florida el 8 de noviembre de 1968. En una entrevista, Colángelo recordará que cuando llegó al local, Troilo salió a recibirlo y le pidió una moneda mientras él le entregaba un pañuelo. Una cábala, un pacto secreto o un amuleto, pero por sobre todas las cosas una señal de afecto y confianza.
En la misma entrevista Colángelo admitirá que tocar el piano con Troilo era como estar con Dios acompañado, además, por sus principales apóstoles. Exageraciones o no, lo cierto es que el muchacho tuvo su gran oportunidad en la siguiente presentación en el Teatro San Martín. Fue allí donde se consagró definitivamente haciendo algunos “solos” de gran nivel, licencia que Pichuco, con su proverbial generosidad, se lo permitió para que el discípulo se ponga los pantalones largos de una vez y para siempre.
Colángelo fue el último pianista de Troilo y estuvo con él hasta su muerte. Asegura que entonces aprendió todo lo que hay que saber en materia de tango. En esos años conoció a los músicos de primer nivel y acompañó a cantores de la jerarquía de Roberto Goyeneche y Alberto Marino, por mencionar a los más destacados. Con Troilo terminó de conocer el circuito nocturno porteño y de su mano, o de su fueye, incursionó por el mundo. Fue así como -por ejemplo- en 1971 estuvo en el Hunter Hall de Nueva York y en Washington; en 1972 se presentaron en el Teatro Colón y en 1973 la orquesta participó en la película “Esta es mi Argentina”, donde interpretaron el tango instrumental “Quejas del bandoneón”.
Pichuco era de hacer gauchadas y bancar a sus músicos, pero también era exigente y más de una vez se parecía a un déspota, un déspota que nunca perdía la bonhomía y cierto aire picaresco y canchero. Por ejemplo, no permitía que los músicos llegaran tarde a los ensayos y, mucho menos, a las presentaciones. Sin embargo, cuando esto ocurría, al tirón de orejas público lo acompañaba con un guiño y algún comentario al estilo: “Pibe, si vas a llegar tarde o volver tarde, que sea por una mina linda”.
Pichuco otorgaba sus libertades. En 1971 Colángelo integró un cuarteto con Néstor Marconi, Omar Mustagh y Aníbal Arias. Para esa época participó del conjunto Los Solistas del Tango, dirigido por Reynaldo Michele y con arreglos musicales de Eduardo Rovira. Durante esa década acompañó a cantores como Néstor Fabián, Alba Solís, Elba Berón o Roberto Florio. En 1975, otra vez en el Colón, pero con la orquesta de Héctor Artola.
Recién en 1979, y con todas las medallas y laureles a cuesta, el hombre formó su primera orquesta. Lisandro Adrover y Antonio Príncipe con los bandoneones; Hugo Baralis, Alberto del Bagno y Mario Arce en violines; Héctor Console en contrabajo y los cantores Guillermo Galvé y Ana Paula. En 2008, el maestro Balcarce lo invitó a integrar el elenco de Café de los Maestros, esa reunión de tangueros sabios decididos a enseñarle a las nuevas generaciones los secretos y habilidades de su arte. Precisamente en esos años lo designan académico de honor de la Academia Nacional del Tango.
Como compositor produjo temas como “Te das cuenta”, “Plazeando”, “Fortín cero” o “Un piano en la noche”, para mención algunos de los más reconocidos. En 2010 lanza su primer compacto de piano solista: “Todo corazón”. Para entonces ya era un prócer del tango por la calidad de sus interpretaciones y sus obras. Conversando con amigos dijo alguna vez que gracias al tango conoció el mundo y sus rincones. “Con Julio Sosa descubrí el interior de la Argentina; con Troilo, los recorridos secretos de Buenos Aires y, con Susana Rinaldi, el mundo”.