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Capítulo pestañas

Capítulo pestañas

Ocasionalmente (y no tienen tampoco por qué preguntar tanto), me encontré con un estremecedor anuncio en un negocio de belleza: “hacemos permanente de pestañas”. Ya tengo cincuenta años en este mundo, vi muchas cosas, pero juro que recién ahora me desayuno que te hacen esa cosa en esas cosas. Acá, el que parpadea, pierde.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO (nfenoglio@ellitoral.com). DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI (lzewski@yahoo.com.ar).

 

Hace muchos años, una tonta propaganda de hojas de afeitar que hoy sería tildada de machista de modo directo, proponía un diálogo entre un hijo y su padre. El señor se afeitaba y el nene le preguntaba por qué no usaba la “afeitadoda edectica que te regaló mami”; “porque las mujeres, hijo mío -contestaba con solemnidad el padre- no entienden de estas cosas”. ¡No van a entender, no! ¡Siglos afeitándose enteras las tipas y no van a entender! ¡Vos y yo no entendemos! Ellas entienden todo sobre pelos porque para verse más bellas, tersas y todos los adjetivos que quieran, pues, se afeitan desde los pies hasta el occipucio; y los pelos que sobreviven son retocados, pintados, acomodados, peinados, enrulados o alisados, estirados...

Ahora bien, un capítulo tenebroso de las muchas prácticas que las niñas ejecutan con el fin de postularse bellas a los ojos del mundo -porque que lo hagan para nosotros, unos bobos distraídos que no nos damos cuenta de nada...- es el de las pestañas. Jodidas las pestañas. A uno no se le ocurriría tocarlas ni fijarse en ellas, excepto si alguna se te encarna.

Pues parece que, desde siempre, produce prestigio tener pestañas largas. A lo mejor el o la portadora es un bicho, pero, ah, “tiene unas pestañas hermosas”. Semelfavor...

No deja de llamarme la atención que ustedes, mis chiquitas, quieren pocos pelos en las cejas, pero medio centímetro más abajo quieren pelo largo y rizado. El tráfico y el manejo de los pelos (poner o sacar, podar o promover) que hacen no es ilegal por cuanto es su propio cuerpo, pero al menos es sospechoso. Así nomás se los digo.

Para hermosear pestañas existen fórmulas caseras (en otro momento les cuento: todo me genera asombro en este tema) y también tenés el rimel, que viene del fondo de los tiempos. Esos cepillitos con tintura a mí me dan pánico, pero veo que ellas lo manejan con extrema solvencia y se lo aplican con la misma gracia y precisión con que un pintor experto aborda un lienzo.

¿Vieron ustedes, también, ese aparato para estirar pestañas? Mete miedo. Si veo eso o algo parecido en una exhibición de instrumentos de tortura, no me asombraría: garpa. Es una especie de tenaza que me hace temblar de sólo verla acercarse a un ojo.

Pues bien, hay profesionales en los institutos de belleza que te hacen la permanente en las pestañas. Y así como te hacen la permanente, te pueden hacer la toca, las mechitas, el alisado definitivo: es pelo, y si es pelo, puede ser modificado, momificado, monificado, magnificado, minimizado.

Yo pregunté cómo se hace la permanente en las pestañas y parece que usan un mini bigudí, del tamaño del tubito de una birome, con un pegamento al que se adhiere una por una cada pestaña. Me lo imagino como la lengua de un camaleón o un oso hormiguero, presta para cazar esas presas para estirarlas y laquearlas o hacerles algo más o menos legal.

Después, por un tiempo (las pestañas se renuevan), no tenés pestañas sino dos abanicos que al ser batidos hasta te permiten despegar y volar. ¡Uahhhhhh!

También tenés la posibilidad de anexarte pestañas postizas. A los varones ilusos les aviso, por si no lo saben, que nos engrupen todo el tiempo: extensiones, push up, postizos: todo trucho, una clase magistral de marketing, el arte de la guerra o lo que quieran. Ellas sí saben reforzar lo bueno y minimizar el impacto de sus debilidades. Ni un pelo de tontas, tienen. Y nos vamos yendo, como quien se desliza por la armoniosa curva de una pestaña. Al final parecía una nota coyuntural. Pero es permanente.



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