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Crónica política

Escrachadores y malandras

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Rogelio Alaniz

No me gustan los escraches y los escrachadores. Y no lo digo para posar de moderado o hacerme el buenito. Lo dije siempre, desde que los señoritos K decidieron iniciar esta faena considerada patriótica y revolucionaria. Es verdad, los escraches de los K son planificados, con premeditación y alevosía diría un abogado. Los K y cierta izquierda fascista son los únicos que creen en la terapia revolucionaria del escrache. Me miro en ese espejo y no quiero parecerme a estos herederos de los camisas negras, los camisas pardas y las camisas rojas de los rufianes estalinistas.

Es verdad. A diferencia de los K, los escraches a Zannini son espontáneos. Ningún partido político los mandó a insultarlo. Lo hicieron por su propia cuenta y riesgo. Pero esa espontaneidad tampoco la comparto. Es la espontaneidad de los linchadores, de la patota que arremete contra un tipo solo. No me gusta. Sospecho seriamente que el escrachador es un cobarde, que sólo es capaz de posar de guapo cuando la barra lo respalda, cuando sale gratis en definitiva.

Mis argumentos en contra del escrache son políticos, pero si me apuran diría que son también éticos y estéticos. Se dice que la gente tiene derecho a indignarse ante tanto latrocinio público e impunidad. La indignación es una pasión humana, pero para que además sea justa depende de múltiples factores. También el fascismo se nutre de la indignación.

La pasión instintiva y primaria de los escrachadores no es justa. Arreglados estaríamos en esta vida y en este mundo si ante cada injusticia o ante cada hecho que nos parece injusto, reaccionáramos con la subcultura del barrabrava. En el más suave de los casos lo calificaría como un hábito peligroso. De la barbarie nunca puede esperarse nada bueno. Y el escrache tiene mucho de barbarie. Demasiado para mi gusto.

A la hora de interpelar no me gusta hablar de los escrachadores en general, sino del escrachador en particular, del tipo o la tipa que decide empezar a vociferar contra un político, un funcionario, un policía o quien sea en la calle. ¿Qué pasa por su cabeza? ¿Supone que hace justicia? ¿Se saca las ganas? ¿O el objeto del agresión es apenas un pretexto que intenta disimular otras carencias y otras impotencias? “Hay que entender la calentura de la gente”, me dicen. Yo la entiendo porque no soy ajeno a esa pasión, la entiendo pero sencillamente no la comparto. Sobre todo no comparto esa calentura que pretende presentarse como acto justiciero.

Desde hace muchos años aprendí que una de las grandes luchas que tenemos que librar en nuestra vida es contra el animal que llevamos adentro; o el enano fascista como le gustaba decir a mi querida Oriana Fallaci. El escrachador, devenido en energúmeno, le otorga aire, le da un soplo de vida a ese enano fascista que tal vez todos tengamos adentro. Si de ese enano fascista los K fundaron una institución política, yo no quiero hacer lo mismo. No lo quise antes ni lo quiero ahora. ¿Corrección política? Y si así fuera qué tiene de malo. ¿O para no ser correcto políticamente voy a atizar la judeofobia, voy a alentar la persecución a los homosexuales, voy a estigmatizar a los pobres, discriminar otro color de piel u otra religión o aplaudir a los golpeadores de mujeres?

¿La movilización de las centrales obreras fue correcta políticamente? Yo no los calificaría a Moyano o a Barrionuevo como políticamente correctos, pero sí como políticamente inevitables. A Menem y a la Señora pudimos mandarlos a cuarteles de invierno, pero los burócratas sindicales no se van nunca. Es verdad, no son todos lo mismo, pero en lo único que se parecen, que además es lo único que les importa, es en eternizarse en el poder. Años, décadas, en el sindicato en el que mandan y son obedecidos como señores feudales.

Los argentinos nunca nos terminaremos de lamentar por no haber resuelto la democratización de los sindicatos, cuando Alfonsín jugó una carta brava en esa dirección. Y en política se sabe que lo que no se hace en su momento, en este caso bajo el impulso de la democratización, es muy difícil, por no decir imposible, hacerlo luego. Así fue.

La movilización del viernes se hizo contra la inflación, el impuesto a las Ganancias y el desempleo. Nadie, ni siquiera el gobierno, puede estar en contra de esas consignas, pero convengamos que adolecen de una amplitud supina. Tan amplias son, que en nombre de ellas podríamos movilizarnos todos los días del año sin complejos y sin culpas. Es más, podríamos agregar al petitorio para que nadie quede excluido el derecho a la felicidad y el derecho al amor.

Admito de todos modos que Moyano y Barrionuevo alguna autoridad moral tienen para hacer estos reclamos. Lo que resulta miserable y canalla son los señores K que durante doce años defendieron con uñas y dientes el impuesto a las Ganancias, eliminaron del vocabulario político la palabra “inflación” y dejaron al país con más de doce millones de pobres. El benemérito señor Recalde hoy milita a favor de la doble indemnización y lo hace con el mismo entusiasmo con que, pocos años antes, se oponía a ella en nombre de la racionalidad económica.

Mientras tanto los allanamientos en la provincia de Santa Cruz continúan. Era hora. El juez Casanello rindió tantos honores a la lentitud y la incompetencia, que su labor hizo recordar al mítico general Allais, el militar que debía reprimir a los carapintadas y nunca llegó. Se dice que como los allanamientos se iniciaron tarde no se encontró nada. Yo no sería tan contundente. Se encontraron más de cuarenta estancias que suman alrededor de medio millón de hectáreas, más de novecientos autos, cerca de veinte mansiones, joyas, pinturas, incunables. ¿Les parece que no encontró nada?

Esas propiedades, esa obscena y morbosa acumulación de riquezas, no se hace trabajando, pero además no se hace sin respaldo político. ¿O alguien a esta altura del partido tiene alguna duda de que el señor Báez pudo haber acumulado esa enorme fortuna sin el apoyo de los K? Se dice que la Señora había discutido con él por haberse quedado con propiedades y dineros que no le correspondían. Lecciones de la política. La épica K degradada en una sucia y viscosa disputa y forcejeo por el botín.

Yo lo siento mucho por los K que creen honestamente en su causa y empiezan a sospechar que fueron estafados y usados de idiotas útiles. Lo siento por ellos, pero los allanamientos van a seguir y a esta altura del partido, más allá de lo jurídico, lo que cada vez se instala con más certeza en el sentido común de la gente es que durante doce años hemos estado gobernados por una banda de ladrones y saqueadores.

Las escenas de La Rosadita y de los sicarios de Milagro Sala cobrando en el banco, serán el símbolo histórico del poder K. Es probable que en esa última cena entre Néstor, Lázaro y Cristina -con llamada telefónica de Moyano incluida- esté expresada la clave del poder K. Mala suerte para los argentinos. Salieron a la calle en 2001 pidiendo que se vayan todos y vinieron los K.

Sería justo que en nombre de la justicia terminen presos, pero si esto no fuera posible, ya que los poderosos son poderosos porque disponen de recursos para asegurar su impunidad, sería deseable que la sanción social sea tan alta y tan categórica, que así como en los inicios de la recuperación democrática se habló del “Nunca más” al terror, en un futuro inmediato pueda hablarse de un “Nunca más” a la cleptocracia, un régimen de poder que, dicho sea de paso, el peronismo se dio el lujo de practicar por partida doble: con Menem primero y con los Kirchner después.

La otra versión que los K compran alegremente para justificar lo injustificable es que Cristina, pobre Cristina, no sabía nada de lo que hacía este buen hombre llamado Lázaro. Para ponerse a llorar. La triste viuda engañada por un rufián inescrupuloso. Raro. Sobre todo para la épica K. Según esta mustia epifanía Cristina es un genio de la política, una de las grandes estadistas del mundo, una de esas líderes carismáticas que la historia produce una o dos veces en un siglo. Mas sucede que pronto esa dirigente insigne deriva en una viuda desamparada, en una niña ingenua y pura engañada por los hombres malos que se aprovecharon de su corazón de oro. Para ponerse a llorar.

Los argentinos nunca nos terminaremos de lamentar por no haber resuelto la democratización de los sindicatos, cuando Alfonsín jugó una carta brava en esa dirección.

 

Es probable que en esa última cena entre Néstor, Lázaro y Cristina -con llamada telefónica de Moyano incluida- esté expresada la clave del poder K.



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