Arte y comida
Arte y comida
Sir Lawrence Alma-Tadema
Por Graciela Audero

“Las rosas de Heliogábalo”, óleo de Sir Lawrence Alma-Tadema. Archivo
En 218, con apenas 14 años y gracias a las intrigas de su abuela, Heliogábalo se transformó en emperador de Roma. Su reinado fue un banquete perpetuo en triclinios suntuosos, donde las camas de mesa eran de plata maciza, con mantas y almohadones de seda bordados en hilos de plata y oro, así como los platos extraordinarios: pezuñas de camello, crestas de gallo, lenguas de pavo real, ubres de cerda con su vulva, sesos de lechuza. Aunque el sibarita imperial prefería los róbalos del río Tíber y las salchichas de ostras, langosta, langostinos o camarones, que acompañaba con berro, habas confitadas, melisa o lecha de pescados marinos. De sus condimentos habían desaparecido la sal y la pimienta, reemplazadas por polvo de oro, de ámbar o de perlas que cubrían lentejas, habas o trufas. Su bebida favorita era el vino mezclado con resina de lentisco o poleo. Tantas orgías continuas terminaron destruyendo la salud del joven emperador. Por lo que, rápidamente, su abuela decidió suplantarlo por otro nieto, que bebía agua y comía frugalmente. En 222, los pretorianos impulsados por la propia familia imperial masacraron a Heliogábalo y arrojaron su cuerpo al Tíber.
Acerca de Heliogábalo, los historiadores antiguos no sólo narran las comidas extravagantes y el vino abundante servidos en sus banquetes sino también las bromas que lo divertían, como servir copias de platos hechos en cera, madera o mármol; circular desnudo entre las triclinias, dentro de un carrito tirado por perros enormes o por cortesanas; soltar inesperadamente osos, leopardos o leones domesticados. Peor aún, en cierta ocasión, organizó un refinado suplicio: arrojó una lluvia torrencial de pétalos de rosas y algunos de sus comensales murieron asfixiados. Esta historia terrible es recreada en el óleo “Las rosas de Heliogábalo” (1888), obra del pintor Sir Lawrence Alma-Tadema (1836- 1912), holandés de vocación precoz, radicado en Londres donde lo consagrarían como el poeta indiscutible de la pintura sobre temas históricos. Adulado por los coleccionistas y la crítica de la Inglaterra victoriana, su influencia se extendió mucho más allá de su época. Su obra fue y es fuente de inspiración directa del teatro y del cine: formatos panorámicos, reconstitución histórica, profusión de accesorios, trajes sofisticados y gestos enfáticos. Las escenas de sus cuadros inspiraron grandes producciones cinematográficas de Hollywood (Cleopatra, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, Quo Vadis?...) y también recientes series televisivas como “Roma” y “Game of Thrones”, que satisfacen el gusto popular siempre vivo por el espectáculo de una Antigüedad soñada.
Apasionados por la cultura clásica, lo mismo que la elite intelectual, estos pintores estetas compartían un ideal de belleza absoluta, celebraban la sensualidad femenina, admiraban la Antigüedad...
Sir Lawrence Alma-Tadema integró el Aesthetic Movement, un grupo de pintores que ilustra la efervescencia artística del tiempo de la reina Victoria en la capital de Gran Bretaña. Apasionados por la cultura clásica, lo mismo que la elite intelectual, estos pintores estetas compartían un ideal de belleza absoluta, celebraban la sensualidad femenina, admiraban la Antigüedad. Se trata de una pintura que se inscribió en una tendencia decorativa más amplia: arquitectura, mobiliario, objetos... Entre los años 1860-1880, el Aesthetic Movement vivió su mejor momento: la burguesía industrial compraba los cuadros de Lawrence Alma-Tadema, Frederic Leigthon, Albert Moore, John William Waterhouse, y también de los prerrafaelitas Edward Burne-Jones o Dante Gabriel Rossetti. La guerra de 1914 marcaría el fin del movimiento, cuyas producciones se caracterizan por su belleza formal, su excelencia en la técnica pictórica, su naturalismo bien británico (el gusto por las flores y las cabelleras pelirrojas), y por su insularidad con respecto al resto de Occidente. El Aesthetic Movement emergió en la Inglaterra industrial del siglo XIX porque su clase alta se apasionaba con los últimos descubrimientos arqueológicos en Egipto, en Grecia, en Italia, cuyas piezas más bellas podían apreciar en el British Museum. A su vez, los artistas reinventaban según su imaginación una edad de oro idealizada en la que todo parece refinamiento, lujo y voluptuosidad en el decorado de existencias consagradas a los placeres bajo el sol del Mediterráneo.
Amantes de las artes decorativas, los nuevos emprendedores del Imperio británico, devenido una de las primeras potencias mundiales, se entusiasmaban con esta pintura llena de mujeres bellas y seductoras y de pétalos de flores en las antípodas de las máquinas industriales y del puritanismo. Era la nueva moda de la nueva clase social, convertida en rica coleccionista, y preocupada por legitimarse social y culturalmente en el seno del establishment. Para responder a los nuevos gustos, los pintores apelaron a la colaboración de arquitectos emblemáticos del movimiento Arts & Crafts: Philip Webb, Baillie Scott y a la empresa de decoración de William Morris.
“Las rosas de Heliogábalo”, que acompaña esta nota, pertenece a la colección privada del mexicano Juan Antonio Pérez Simón, y fue exhibida en la Exposición “Désirs & Volupté” (2013- 2014) organizada por el museo Jacquemart-André de París. Hedonista, sensual, perversa, la obra revive la preocupación del emperador -vestido de dorado- por el refinamiento hasta en sus crímenes.
La guerra de 1914 marcaría el fin del Aesthetic Movement, cuyas producciones se caracterizan por su belleza formal, su excelencia en la técnica pictórica, su naturalismo bien británico.