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El incidente literario

El ajedrez y sus metáforas

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Una de las cosas que enseña el ajedrez es lo irremediable de algunos errores. Foto: Archivo El Litoral/Pablo Aguirre

 

Santiago de Luca

El ajedrez, ese misterioso juego que interpela la inteligencia y la pasión de los hombres, ha provocado las reflexiones sobre las metáforas esenciales que atraviesan el tiempo. La metáfora más evidente, la que está en la superficie, pero no la menos desconcertante, es la guerra. Una guerra que, como las cosas importantes de la vida, no se gana de manera directa. El rey enemigo no se come. Al rey se le da jaque mate, que ya es algo más complejo como concepto. No importa si un día las computadoras encuentran una solución matemática al juego. Siempre el planteo del enigma es más interesante que la solución. Dos personas que consienten al duelo bajo la regulación de estrictas leyes, inviolables, y un espacio con límites geométricos. El gran maestro internacional Oscar Panno señaló que el ajedrez contiene todos los elementos que intervienen en el quehacer humano.

Escritores de diferentes lenguas y épocas han pensado el ajedrez, no como jugadores de ajedrez que buscan mejorar sus técnicas, sino como poetas que sienten las metáforas que evocan el tablero dividido en dos colores, las formaciones de las diferentes piezas y las leyes que sujetan el espacio y a los jugadores. Omar Jayyam, en Persia, en el siglo XII, entendió el ajedrez como la clave de la vida. En una de sus rubayyat se lee: “Dijo el sabio:/ La vida es un tablero de ajedrez/ de noches y días/ donde Dios con hombres como piezas juega./ Mueve aquí y allí/ da jaque mate y mata/ y pieza por pieza vuelve/ a ponerlos en la caja./ Pues hay un destino para la/ pieza, para el jugador y para Dios”.

Un siglo después, el rey español Alfonso X, el sabio, se hizo eco de la importancia de este juego muy serio y autorizó la composición del “libro de Axedrez”. A su vez, quienes interpretaron el “Amor cortés” (ese fenómeno poético y estético único en Occidente) no como un juego amoroso, sino como un despliegue de mecanismos de poder, también recurrieron a la metáfora del ajedrez. Esta simulación de la guerra enseña que no se puede acceder directamente al trono. Para encerrar al rey, primero hay que conquistar a la Dama. Esta poesía escrita en lengua occitana también dependía de las leyes de otro juego. Que la seducción de la dama fuera un mecanismo para acceder al poder es una hipótesis entre tantas otras para pensar la poesía provenzal del amor cortés. No es lo más importante que este juego aclare o no la manifestación lírica que significó en Occidente el surgimiento del amor cortés, sino el hecho de que se haya utilizado el ajedrez para pensarlo nos sirve para calibrar la dimensión simbólica de estas treinta y dos piezas esparcidas en una geometría bélica.

En el origen mítico del ajedrez hay una leyenda. Vino de Oriente y, como “Las mil y una noches”, fue evolucionando mientras migraba de país en país para alcanzar su fama luego en Occidente en el siglo XV. La leyenda cuenta que un rey en la India había perdido un hijo y su pena continuaba sin interrupción como los días. Pero en las historias siempre pasa algo. Y un día se presentó en la corte un sabio con el ajedrez como regalo. El rey olvidó su destino sumergido en el destino de las piezas. Pero era un rey y quiso agradecer con generosidad. El sabio le dijo que sólo (en los adverbios a veces está el incidente literario) le diera un grano por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, 16 por la quinta, hasta que le rey lo interrumpió diciéndole que iba a recibir lo que pedía aunque fuera muy humilde su demanda. No siempre los reyes saben de matemáticas. La cifra final es cuatrocientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince granos. Parece que no alcanzaron los graneros del reino para satisfacer la recompensa. No se aclara cuál fue el acuerdo final ni qué pasó con el sabio. Pero eso no es importante. Con el mismo número exacto, de hierro, irrefutable en su ascensión exponencial, no hubiera funcionado la historia si el sabio no la hubiera presentado con una narración humilde, un grano por una casilla, dos por la segunda, etc. Y si no se hubiese mostrado la impaciencia del rey que no supo escuchar hasta el final. Una de las cosas que enseña el ajedrez es lo irremediable de algunos errores. Cuando era jugador de ajedrez, al error cometido agregaba el error de pensar qué hubiera sucedido si hubiera jugado de otra manera. Las cosas pasan una vez. El destino es implacable. Pieza tocada, pieza movida; pieza soltada, pieza jugada.

Intentando captar el combate silencioso entre los jugadores y la escena que los rodea, Marcel Duchamp pintó en 1910 el cuadro “La partida de ajedrez”. Si uno se detiene en este cuadro, casi que puede sentir la hostilidad amistosa entre los dos jugadores. Tal vez fue la manera que encontraron de escapar a la rutina. En la novela de Stefan Zweig, “Novela de ajedrez”, se define de la siguiente manera el juego: “El único juego que pertenece a todos los pueblos y todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío (...)”. No hay palabras ni ruidos, pero hay diálogo. O representación del diálogo.

Y fue Borges quien poéticamente pensó la filosofía que hay en este duelo en sus dos poemas sobre el ajedrez. En el primero alude al origen y la batalla. “En el Oriente, se encendió esta guerra/ cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra./ Como el otro, este juego es infinito”. Y en el segundo poema, al final, encontramos una pregunta que sigue resonando en los sueños: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza./¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y agonía?”. Ésta es una idea de la tradición del pensamiento oriental. El mitólogo Joseph Campbell manifestó que la idea de que este mundo es un sueño de un solo ser cuyos personajes sueñan a la vez otros seres ha dado forma, en la India, a toda su civilización.

Como buena metáfora, el ajedrez siempre nos está hablando de otra cosa. Con los años pude comprender eso que me repetía mi profesor, Juan Carlos Avarese, en la infancia, en el club Banco Provincial, cuando ganaba una partida y llevaba ya algunos años entrenándome: “Todavía no sabemos jugar, sólo movemos madera”. O “mejor que ganar es comprender”. Como con otras pasiones, me alejé del ajedrez porque me perdí por otros caminos. Sin embargo, hoy, cuando alguna casualidad maliciosa me lleva a contemplar un tablero con sus piezas, me sucede lo que dice el proverbio que pasa con quien estuvo preso: “Cada vez que se come pan, se vuelve a la cárcel”.



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