ESPACIO PARA EL PSICOANÁLISIS

La locura de nuestro tiempo

Por Luciano Lutereau (*)

Para Jacques Lacan la locura era una cuestión de fe o, mejor dicho, de creencia. Loco no es el mendigo que se cree rey, sino el rey que se cree tal; es decir, la locura estaría en la afirmación del ser por la cual alguien cree que es lo que es... a través de la mediación con otros. Dicho de otro modo, el rey es rey porque existe un pueblo y éste, de vez en cuando, también se encarga de ahorcarlo cuando aquél olvida que su lugar depende de dicho reconocimiento.

Un ejemplo más sencillo demuestra cómo este fenómeno de infatuación hunde sus raíces incluso en nuestra vida cotidiana. Recuerdo el caso de un docente universitario que, a la tercera clase, había perdido a la mitad de sus alumnos; y se justificaba diciendo que los jóvenes de hoy en día no estudian, no prestan atención y otro tipo de excusas locas que no hacían más que elidir lo fundamental: que él no estaba dispuesto a interrogarse respecto de su lugar como profesor. De este modo, loco es aquel que rechaza recibir del otro su propio mensaje invertido.

Ahora bien, nuestra época también nos confronta directamente con la locura como un mal corriente. En diversas ocasiones, la posición de quienes consultan a un analista se sostiene en demandas que podrían ser llamadas “locas”: está la de quienes creen que tienen derecho a ser felices... como si la felicidad pudiera ser un derecho que a uno le correspondiera por el mero hecho de existir (como en la canción de The Smiths: “Soy humano y necesito ser amado...”); o bien, la queja habitual de quienes consideran que se “merecen” un destino más acorde... a lo que creen que “son”. En última instancia, como he dicho, la locura es esta afirmación del ser. ¿Quién podría decir que lo que recibe en suerte no depende de otro y que ese don está garantizado? “Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da”, cantaba Jorge Drexler, en una versión del lazo social que, a despecho de la locura, lo reduce a la neurosis (es decir, al intercambio).

Por lo tanto, en absoluto se trata de que el loco sea un extraviado, alguien que confunde lo real con una percepción errónea, la verdad con una alucinación. La locura no es una cuestión de déficit, a menos que entreveamos que el loco objeta el lazo social. En todo caso, el loco se piensa solo, y esto lo define como delirante. Delirio que puede ser el de un presidente (o país) que cree que sufre atentados terroristas porque, en algún otro lado, hay fundamentalistas irreflexivos que se niegan a ser libres; o bien el delirio de quienes creen que la violencia, en nuestros días, tiene agentes subrepticios o maléficos que, debido a tal o cual propiedad, la ejercen contra víctimas inocentes. En este punto, el siglo XXI demuestra una regresión profunda a lo peor del siglo XIX: las definiciones esencialistas de la humanidad a partir de lo otro “no humano”; cuando nuestro tiempo expone lo inhumano en el hombre mismo. Por esta vía, la locura no sólo implica infatuación, sino también desconocimiento.

Para concluir, una última apostilla a la locura contemporánea. Recuerdo el caso de un muchacho que, entre los motivos de consulta, manifestó su deseo que lo quisieran por lo que era.

—¡Quiero que me quieran por lo que soy! -expresó quejumbroso.

—Pero, ni siquiera su madre lo quiere por lo que es -le respondí, para su sorpresa-. A lo sumo, su madre (o su padre) lo quiere por lo que representa: respecto de sus ideales, expectativas, deseos, etc., ¿por qué esperaría que una mujer lo quiera cuando ni siquiera se conocen?

En definitiva, si algo enseña el psicoanálisis sobre este aspecto, es que la incondicionalidad de la demanda amorosa puede invertirse y ser recuperada de un modo más propicio: no siempre nos interesa que todo el mundo nos quiera, y hasta hay algunos que nos quieren que, más bien, ¡preferiríamos que nos quieran un poco menos!

(*) Doctor en Filosofía y magíster en Psicoanálisis (UBA). Docente e investigador de la misma Universidad. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “La verdad del amo”.

Loco es aquel que rechaza recibir del otro su propio mensaje invertido.

No se trata de que el loco sea un extraviado, alguien que confunde lo real con una percepción errónea, la verdad con una alucinación.