Tribuna de opinión
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Las cenizas de los muertos y la fe en la resurrección
El polémico documento Ad resurgendum cum Christo emitido semanas atrás por la Congregación para la Doctrina de la fe acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, ha suscitado una curiosidad renovada sobre las cuestiones de la muerte, la inmortalidad y la resurrección.
Por las mutuas interferencias entre la filosofía griega y el pensamiento cristiano de sus orígenes, surgió la confusión entre “inmortalidad” y “resurrección” así como también entre ciertas categorías antropológicas tales como las de “cuerpo”, “alma” y “carne”. La antropología griega consideraba que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma y que esta última puede subsistir separada del cuerpo una vez que la muerte ha producido la disolución del compuesto humano. La inmortalidad del alma está presente en Platón y en sus seguidores. Pero la antropología bíblica sostiene algo completamente distinto. Para lo que los cristianos llaman Antiguo Testamento y los judíos Biblia hebrea, el hombre no es un compuesto de cuerpo y alma, sino “carne” (en hebreo, basar; en griego, sarx), una totalidad unitaria y viviente, inescindible y no compuesta de partes, mientras que “cuerpo” (en hebreo gouj; en griego, sôma) hace referencia únicamente al cadáver. La dialéctica griega de cuerpo-alma no es equivalente a la hebrea de carne-espíritu, en la que este último (en hebreo, ruaj; en griego, pneûma) es el elemento divino presente en el ser humano creado por Dios a su imagen y semejanza.
Entre los primeros cristianos que habían heredado las intuiciones antropológicas de los judíos, algunos sostenían una antropología triádica, como el caso de San Pablo en 1 Tesalonicenses 5, 23: “...todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo”. De este modo, el Apóstol combina las antropologías griega y hebrea, ya que la noción antiguotestamentaria de “carne” es más o menos equivalente a la griega de “cuerpo-alma” con la diferencia de que el término “carne” no admite separación de componentes. Al agregar el espíritu, San Pablo retoma la concepción judía de hombre distinguiendo analíticamente la “carne” en “cuerpo-alma”, ya que está escribiendo a cristianos griegos a quienes les resultaba afín la antropología platónica. Otros cristianos, como los gnósticos de la Carta esotérica de Santiago, proponían una antropología quíntuple: cuerpo - vehículo del alma (cuerpo astral) - alma - vehículo del espíritu - espíritu.
En consecuencia, la complejidad de la antropología cristina no admite las irresponsables reducciones contemporáneas a cuerpo y alma ni aun por motivos pastorales que persigan la intención de hacerla más comprensible a los fieles sin instrucción, ya que esto implica traicionar la originalidad del pensamiento cristiano y crear mayor perplejidad. De esta primera confusión surge la segunda, entre inmortalidad y resurrección. La inmortalidad comporta una creencia negativa, como lo indica el prefijo “in”, la no-muerte. La fe cristiana no promete la inmortalidad, sino la resurrección. De hecho, los primeros Padres de la Iglesia, entre los cuales aparece la figura prerrogativa de Justino Mártir, primer filósofo católico, negaron la inmortalidad del alma. Justino sostenía que el hombre resucitará, no porque existiese en el alma alguna nota propia que le garantice la inmortalidad, sino porque Dios lo quiere y lo puede hacer. Esta negación de la inmortalidad ponía distancia entre el pensamiento cristiano original y la filosofía griega, a la vez que acentuaba un anti-platonismo inocultable.
La resurrección, en cambio, es un regalo del Dios viviente al hombre contra la última y definitiva alienación, a saber, la muerte. La resurrección no consiste en la reanimación de un cadáver, como si se tratase de la continuidad de la vida presente. Se trata de una realidad nueva que implica un plano de existencia definitivo y pleno. Así lo dio a entender Jesús en su respuesta a los saduceos, aquella facción de judíos que negaban la resurrección e intentaban ridiculizarla con una pregunta (Lucas 20, 28-38). Moisés había dicho (en Deuteronomio 25, 5) que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, aquel debe tomar a esa mujer por esposa para dejar descendencia a su hermano, lo que se conocía entre los judíos como “matrimonio levirático” (del hebreo levir, ‘cuñado’). La pregunta capciosa de los saduceos planteaba lo siguiente: si eran siete hermanos, los cuales fueron muriendo sucesivamente, ¿cuál de los siete sería su marido en la resurrección? La respuesta de Jesús descubre la confusión de los saduceos y pone en claro la creencia de la época: “Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que tengan parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas tomarán marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección”. Es decir, la resurrección no consiste en la prolongación de la vida presente. No habrá necesidad de casarse para asegurar la descendencia porque ya nadie morirá.
La creencia en la resurrección es pre-cristiana; aparece en el judaísmo tardío donde se registra en escritos del siglo II a. C., como Daniel 12, 1-3 y 2 Macabeos 6 y 7. Asimismo, la semejanza de los resucitados con los ángeles aparece en la literatura de la apocalíptica judía de la misma época, una corriente que aseguraba la intervención inminente y decisiva de Dios en la historia del pueblo judío para liberarlo de las calamidades que padecía. Así, leemos en 1 Henoc 51, 5: “Todos se convertirán en ángeles del cielo” y en el Apocalipsis de Baruc 51, 5 y 10: “Los justos se transformarán en un resplandor angélico... habitarán en las cimas del mundo, se parecerán a los ángeles”. La segunda parte de la respuesta de Jesús es la de mayor peso teológico: “...el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob no es Dios de muertos, porque para él todos viven”. La creencia en la resurrección no es incompatible con la revelación, sino que está implícita en la manera en que Dios se le presentó a Moisés desde la zarza ardiente. Continuará...
(*) Doctor en Filosofía. Docente e investigador de la Universidad Católica de Santa Fe y de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL, en Historia de la Filosofía Medieval.
Por Juan Carlos Alby (*)
La dialéctica griega de cuerpo-alma no es equivalente a la hebrea de carne-espíritu, en la que este último es el elemento divino presente en el ser humano creado por Dios a su imagen y semejanza.
La resurrección no consiste en la reanimación de un cadáver, como si se tratase de la continuidad de la vida presente. Se trata de una realidad nueva que implica un plano de existencia definitivo y pleno.