Los no olvidables

Leopoldo Chizzini Melo (1913-1977)

Ya sabemos que la palabra es el eco lejano de todas las voces, así nuestras expresiones, nuestros pensamientos, puestos en los textos que escribimos se han llenado de exigencias comunicacionales con particular forma y sentido para entrar al escenario que nos circunda. “El encanto que adquiere entonces la palabra con su espacio, su perfume y color llega al lector con toda su musicalidad y su esencia expresiva para que así lo recoja el lector” (de mi Conferencia publicada en los Anales de la Universidad de Mhillo- Portugal).

Al referirse a estos temas, dijo Julián Marías: “Los signos visuales dicen a los ojos, al corazón, lo que en principio habría que decir al oído; la palabra así es plenamente habitada”. Leopoldo Chizzini Melo supo vivenciar todo esto en su andar por el camino de las letras. Reconoció, tras su largo quehacer socio-cultural, que hablar de lo cercano, permite revalorizar los espacios internos, los familiares y geográficos. Supo encontrar y transmitir sentimientos comunitarios y vivos del suelo de nacer, del que fuimos pisando a diario aquerenciándonos a la patria chica y desde ella, por supuesto, a la patria toda.

Supo sentir y expresar: “(...) cómo en septiembre y octubre, Coronda se viste de novia/ en las frondosas/ copas de los naranjos centenarios/ y el aire se perfuma de azahares y jazmines...”.

Lo lingüístico, con intención evocativa, en muchos pasajes de sus obras va testimoniando tiempos y espacios reales. Las circunstancias vivenciadas están visiblemente sacudiendo casi como un “presente continuo” que nos es muy fácil constatar como ocurre en “Tacuara y Chamorro” (libro con más de veinte ediciones, llevado también al cine). Obra para leer con sabor a lo nuestro, con un tiempo social de dimensión subjetiva que desemboca en ese primer ámbito exterior inmediato al hombre: la sociedad, en la que se encontrará una natural y directa apertura expresiva junto al destino temporal de cada uno. Una marcada voluntad no desmentida de cantar, contar, hablar, sobre la secuencia vital de la vida en los lugares por los que se transita y en los espacios fáciles de reconocer y de sentir: “Por el camino polvoriento, van los muchachos enancados en la petisa; tomada de las cañas lleva Chamorro la cometa y Tacuara, el ovillo y la cola.... repuestos de mil desazones, con las cabezas desmelenadas y los pechos ofrecidos al sol...”.

Tacuara y Chamorro, fabricantes de cometas, agitan su entusiasmo enmarcado en esos tiempos tan vivaces y activos de la adolescencia, enredada en sueños y proyectos: “Las monedas tintinean en los bolsillos y las luces, cada vez más lejanas, han comenzado a apagarse con extraños guiños” (“Tacuara y Chamorro”).

El pasado se transmite en las obras de Chizzini como una viva realidad cubierta con los perfumes inolvidables de la memoria, ¡quién no disfrutó una vez viendo elevarse por el cielo una cometa!

En “Los oscuros remansos”, está presente todo el Litoral con el agudo latido de los verdes y tostados que se deslizan reflejados en las aguas de miel del río largo que circunda nuestra geografía, también al hombre fuerte atravesado tantas veces por el dolor, el misterio y también el ensueño.

En un comentario del diario La Nación, de noviembre de 1947, se lee: “Un sabor campesino, nativo, muy marcado, presta unidad a este libro de relatos cuya esencia es el conjunto de riachos e islas de Coronda... Trece narraciones contadas con gran economía de medios, con claridad y concisión”. De él expresó R. Giusti: “En este libro, hay un cuentista consciente, muy seguro, diestro en usar todos los tonos del decir”. No podemos dejar de hablar de “Mincho, relatos de la casa vieja”, un emocionado encuentro con la casa natal y de reencontrarse muchas veces con la familia, el espacio sereno de la niñez y la fuerza atrayente de la naturaleza absorbida con los ojos y con el corazón: “De aquellos días, ha quedado guardado en mis recuerdos la figura de Mincho, uno de los ‘agregados’ de la casa vieja y se remetió por un resquicio del corazón...”.

Tuve la enorme satisfacción de estar muy cerca de este inolvidable autor de nuestro rico Litoral cuando, siendo ministro de Educación de la provincia, con emoción y clara entrega, me acompañó en la inauguración de algunas de las también inolvidables Ferias de Libros Para Niños que tuve la alegría de realizar desde el Departamento de Literatura Infantil allá por el año 1973 y desde el que se abrieron tantas puertas nuevas en esta apasionante vivencia de acercar a los libros y la lectura.

Chizzini Melo tiene que estar siempre cerca en las escuelas de la región como un amigo, como un padre, como un abuelo, como un cuentista de sentir y contar para saber vivir nuestra cultura. Así... nos dijo una vez: “La tierra cercana y sus hombres y sus historias tienen la prudencia de enseñarnos y la prudencia fuerte que nos manda conocer, amar y esperar...”.

Un autor no olvidable.