Edición del Martes 27 de diciembre de 2016

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mutaciones

Estaba tan buena que le eché los galgos, pero...

Por José Civita

No podía creer lo que estaba viendo. La naturaleza nos deslumbra en el momento menos pensado. La muchacha caminaba cimbreante con su metro ochenta libre de plataformas, pelo castaño hasta los hombros y unos ojos claros como la luz de media mañana. Era una bomba biológica que mientras ritmaba su andar con pasos largos, desarreglaba los ritmos cardíacos de los que la miraban pasar. Y yo no fui una excepción.

Cuando pasó a mi lado, le ofrecí mis más inspirados piropos. Supe al instante que esa diosa estaba más allá de mi alcance. No obstante hice el intento; pero como era de esperar, no hubo milagro. Apenas atravesó la burbuja insuflada por mis palabras de poético varón alucinado, siguió de largo.

Lo que en cambio surgió de golpe, como un trueno inesperado en la mañana prístina, fue una mujer que caminaba detrás, entrada en carnes y con el labio superior sombreado por un bozo rebelde a las depilaciones. Empezó a los gritos, mientras la grácil muchacha que estimulara mi reacción dejaba la escena callejera con su andar ondulante y una sonrisa que la hacía todavía más linda. Frente a mí, la ululante e inesperada mujer del bozo me azotaba, frustrado poeta de la belleza, con diatribas e imputaciones: ¡acosador!, ¡cosificador! ¡h de p!

Quedé atónito, sin palabras. Me pregunté qué estaba pasando. Sólo había querido celebrar la belleza y ahora afrontaba un resentido huracán de furia. La chica linda había desaparecido luego de doblar la esquina y ahora me encontraba acorralado por la escrachante mujer del bozo, que no paraba de insultarme. “¿Qué te creés, degenerado?, ¿cualquier cuerpo te da manija para que te hagas el bocho? ¿Sólo ves en una chica linda un pedazo de carne animada para satisfacer tus bajos instintos? En su juicio sumarísimo, dictado en la vereda y sin derecho a la defensa, me condenaba al fuego eterno y amenazaba con denunciarme al Inadi y a la Sociedad Protectora de Animales. Alcancé a reaccionar diciendo “¿qué tiene que ver la Protectora de Animales?” y ella me contestó al toque: “No te hagás el sota, vi cómo le echabas los galgos, y esos animalitos de Dios ahora están protegidos por la ley”.

Por un segundo imaginé a esos perros diseñados por la naturaleza para correr en libertad, con adaptaciones genéticas regresivas provocadas por una ley que resguarda su inmovilidad. Como en un relámpago, los visualicé con patas cortas como los sabuesos orejudos. Y me pregunté ¿cuántas mutaciones nos esperan por obra y gracia de esta onda de corrección política que recorre a la sociedad?

A esta altura, los insultos ya me pasaban de largo. Una reacción de autodefensa me había cerrado los oídos y ahora sólo escuchaba mi voz interior. Así como la imagen del galgo había mutado a la de un perro de patas cortas y hocico achatado (ya no hacía falta la aerodinamia para la velocidad ni el aparato olfateador de liebres en el campo abierto), percibía otra mutación en la mujer del bozo, convertida en espontáneo tribunal al paso que se permitía juzgar sin miramientos a sus vecinos en base a sus íntimos complejos, a sus inconfesables resentimientos y a sus broncas más íntimas, traducidas en una vociferante defensa de la mujer según el código de la nueva corrección. Y comprendí, también de golpe, que la mujer era un producto de este fraude intelectual que es el pensamiento políticamente correcto, esa coartada que la política emplea para esconder su yo profundo e inmostrable, táctica de la dirigencia para amansar a los locos que se nuclean en diversas sectas reivindicatorias.

Si los políticos rapiñan y la Justicia no castiga los delitos, había que crear un canal de descarga para las frustraciones sociales. Y el pensamiento políticamente correcto es un buen instrumento. Expresa lo que debería ser, aunque nunca sea. Activa esperanzas, al menos por un tiempo. Lo malo es que, en los hechos, se establece una dictadura del pensamiento políticamente correcto, usina de múltiples censuras y frontera ripiosa para la espontaneidad y la franqueza. Hoy no se puede decir lo que se piensa. Se puede pensar, pero no decirlo. La proclamada libertad de expresión se convierte en un bluff, mientras los sumos sacerdotes de las nuevas sectas sacian sus íntimos resentimientos apagando voces. Es una mutación que nace de otras: la de los poderes institucionales, que han perdido sus convicciones y deformado sus funciones. Mientras el Estado se vacía de contenido, las exteriorizaciones callejeras ocupan su lugar, sin garantías.

A mí me tocó el sofocón provocado por la mujer del bozo, pero es una anécdota menor. Peor la pasan muchísimos argentinos, sometidos a la ruleta urbana de las reivindicaciones “humanistas” de cada día. Los más, son lo de menos.



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Martes 27 de diciembre de 2016
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