ESPACIO PARA EL PSICOANÁLISIS
ESPACIO PARA EL PSICOANÁLISIS
El narcisismo infantil
Por Luciano Lutereau (*)
Hoy en día es cada vez más frecuente que se consulte a un psicoanalista por casos en los que un niño no controla esfínteres. No es poco habitual encontrar niños que han pasado ya los cuatro años y, aún así, todavía usan pañales. O bien puede ser que se trate de aquellos que todavía mojan la cama de noche, o que frente a situaciones de cierto esfuerzo emocional se hagan encima.
Por cierto, no es lo mismo el control de la orina que el de las heces. Asimismo, en los casos mencionados anteriormente puede haber una diversidad de motivos que habría que indagar en cada circunstancia singular. Sin embargo, son la ocasión para poder responder a una pregunta corriente: ¿qué control es el que se pone en juego en el control de los esfínteres?
En principio, cabría destacar que no se trata de una cuestión de voluntad. Sólo por una extensión inapropiada del término es que suele hablarse de “control” para el control de esfínteres. En todo caso, sería más correcto de nombrar como un “complejo”, es decir, como una serie de operaciones psíquicas que se manifiestan en torno a los excrementos.
El primer aspecto que sitúa el ingreso en este complejo es cierta vergüenza que recae sobre el contenido del cuerpo, mucho antes de que el niño vaya solo al baño. Es algo que se advierte cuando los niños empiezan a esconderse para hacer caca (en los rincones, detrás de la puerta, etc.). Hay algo que debe ser retirado de la mirada. Sobre todo ocurre esto con el contenido intestinal. Mientras que hacer pis puede tener la significación psíquica del desafío, y la agresividad hacia el otro, los excrementos anales implican la simbolización del afecto de la vergüenza.
Luego del destete, el control de esfínteres es el segundo momento fundamental en la constitución del niño como sujeto. Si el destete implicó subjetivar la frustración y trascender el mecanismo omnipotente que situaba todo lo malo afuera (de sí) y lo bueno adentro (de sí), el complejo esfinteriano impone el trabajo psíquico de subjetivar una culpa en relación con el Otro. “Puede haber algo malo en mí, no soy todo bueno” es como si dijera el niño. La traducción mental de este proceso sería la siguiente: si rechacé al Otro (a través del rechazo del alimento en el destete), entonces soy culpable de este acto. Culpa y vergüenza son los dos afectos típicos de la simbolización de lo anal, y explican por qué en aquellas personas en que no se haya producido este trabajo difícilmente se encuentre escrúpulo moral.
Porque la subjetivación de la culpa, en última instancia, impone la posibilidad de pensar en términos de deuda con el otro. Y una deuda supone la posibilidad de un trabajo de pago. Hoy en día muchas personas no pueden pensar en términos de deuda y pago y, alentadas por el consumismo contemporáneo, sólo pueden considerar como un gasto cualquier pérdida que los implique. Lamentablemente, si hay una verdad en el psicoanálisis, es la de que aquello que no se paga a tiempo no sólo genera una deuda mayor, sino que conlleva un costo vital para el sujeto.
En el caso del niño, las heces representan el primer pago de la deuda con el Otro. Afortunadamente, este pago recorta una parte del cuerpo, ese resto que puede ser expulsado, y en tanto tal es signo de asunción de la herida narcisista del sujeto. “Puede haber algo malo en mí, lo desecho”, podría ser la traducción de esta operación psíquica. La función del pago es parcializar la deuda, de ahí que donde no se produzca... el costo lo asume el cuerpo entero. Es un saber popular de la pediatría todavía considerar que los niños indóciles y caprichosos suelen ser constipados.
Por lo tanto, en el control de esfínteres se expresa algo más amplio e importante que el manejo de una función fisiológica. En efecto, puede haber niños que controlen la fisiología, pero no hayan atravesado este complejo en su función psíquica. No sólo niños, sino también adultos que, por lo tanto, quedan fijados en rasgos de carácter como la obstinación, la desconfianza, el ventajismo, etc.
Subjetivar una deuda en la relación con el Otro implica atravesar el binarismo propio del narcisismo infantil, según el cual todo lo que no es como el yo es equivalente a su contrario. Efectos de esta fijación los vemos hoy en día en el discurso mediático que considera la crítica a un partido político el equivalente de una adhesión a su contrario. Esta lógica paranoide es propia del complejo de control de esfínteres, según la cual se anda buscando la “mierda” en el otro, y se desconoce la falta como algo constitutivo de nuestro ser.
(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis (UBA). Docente e investigador de la misma Universidad. Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante”, “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina” y “Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres”.