Llegan cartas
En la voz de aquellas láminas escolares
MARGARITA GIORDANINO
margaritagiordanino @hotmail.com
“Jesucristo, Señor de la Historia, ¡te necesitamos! Precisamos de tu alivio y fortaleza. Queremos ser nación, una cuya identidad sea la pasión por la verdad y por el compromiso con el bien común”. Junto a la oración por nuestra Patria creo que se hace necesario y respetuoso volver al espíritu virreinal, redescubriéndolo, en esta sociedad donde pareciera que se va perdiendo la memoria de la herencia que nos legaron nuestros antecesores, sus costumbres, urbanidad, civismo, comunicaciones, medios de transporte. Y cuando vienen las fiestas patrias, a los mayorcitos nos llegan los ecos de la celebración de la primera fecha histórica aprendida y acude el recuerdo de aquellas láminas escolares que iban “deshulándose” -eran de hule- porque había que desenrollarlas y desplegarlas año tras año.
La que quedó como extasiada en mis retinas fue la estampa icónica del Cabildo, impávida, impecable, serena, con su efigie en perspectiva, con alguna que otra carreta tirada por bueyes, diligencia o galera estacionada, llegadas de postas con aliento a pulperías. Con damas vestidas en pálidas muselinas transparentes y linón fino de colores cálidos, corte estilo imperio debajo del busto, tipo napoleónico con muchas mostacillas y lentejuelas, balanceando sus faldas lánguidas y holgadas, largo al talón, con miriñaque, incómodas enaguas y funcionales polisones, después. En las cabezas, pequeña peineta tipo teja, calada y tallada en carey y sobre ella la delicada mantilla; en las manos, un romántico abanico con flores de apergaminado papel asistiendo a las celebraciones eclesiales. Cuentan que la enfermedad más común era “el mal de la muse lina”, una bronquitis fuerte.
Aún recuerdo la mano de la Srta. Zunilda, del primero superior, señalando el chaleco de tres botones de los caballeros, abajo de la chaqueta oscura -fraque- sobre ceñidos pantalones cortos en blanco, natural o amarillo, levita de frac con raja trasera para poder montar, medias de seda blanca y camisas con cuello palomita y jabot, corbatín de encaje, pelucas blancas entalcadas, zapatos importados de gobelino; los más humildes: poncho, sombrero bajito y un pañuelo para atarse a la cabeza, a veces, hasta descalzos. Y la Primera Junta de Gobierno recitada con su integración. Y ese ojear a las láminas se repetía durante días y en todos los grados de la primaria: la conmemoración de carácter semanal comenzaba el 18, Día de la Escarapela, para cerrar con el desfile y acto del 25.
A 208 años, hay expresiones que siguen escribiendo historias: “¡El Pueblo quiere saber de qué se trata!”, aún tan vigente... en contextos en que se reclama por transparencia...
En aquella sesión del 22, hubo 250 vecinos de los 450 que se habían convocado; entre los ausentes, algunos que fueron disuadidos de concurrir estando en las cercanías y el inicio se demoró porque 3 asistentes plantearon la nulidad por falta de quórum (¿algún parecido?). Y esa imagen de reunión formal y compuestita que conocimos no se condice con la realidad, porque escritos posteriores dicen que hubo gritos, insultos y empujones para oradores cabildantes poco convincentes. La propuesta más ovacionada fue la del español Pascual Ruiz Huidobro, que planteó que el virrey Cisneros debía renunciar de inmediato. Los discursos secaron las gargantas, los votos se emitían en voz alta: escuetos algunos, otros, con exposición sobrecargada; entre copitas de vinos de carlón, buenos tintos de Cádiz y chocolate caliente se tomaban graves decisiones.
Como el Cabildo llegaba a la medianoche fue necesario buscar provisiones: ¡y aquí nace el primer delivery de nuestra historia!, se encargó comida al fondero (¡fondas!) Andrés Berdial. Cuentan que el gobierno pagó 18 $ (vaya uno a saber de cuáles) a quienes hicieron servicio de cadetería y cuidaron de un par de carruajes que se utilizaron para desplazarse por el intenso frío: fue el primer antecedente de cuidacoches, “trapitos”. El 25 fue con lluvias persistentes, en una plaza de la Victoria con escasa concurrencia. En el embadurnado y chapoteo entre los adoquines se escuchaba a los vendedores ambulantes cantando sus pregones “Vendo velitas para alumbrar las casitas”, “Mazamorra calentita para llenar la pancita”, “Vendo empanadas sabrosas para las niñas hermosas y bien calientes para todos los valientes”, “Traigo escobas de calidad para que brille la libertad”...
Y fueron esas postales estáticas y emblemáticas de aquel 25 de Mayo, tan presente en desgastadas, resquebrajadas y ajadas telas por el uso, en su proceso especial de pintura al óleo y barniz que sirvieron para crear en nosotros la fundación de la Patria, con la idea de libertad. Es que, a través de esas láminas se escuchaban las voces penetrantes, intensas, fuertes, vivas, ardientes de patriotismo de nuestras queridas maestras, y vueltas a oír y más oír, en nuestra casa, en lo alto de los mástiles, en los pechos con la insignia, en el barrio embanderado, en la parroquia, en el Billiken, lo que esas señoritas pronunciaban...
Cabe preguntarse si en la abundancia de imágenes que ven los niños de hoy tendrán éstas, con sus dicciones y ruidos, la virtud de aquéllas.
“Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar sin excluir, privilegiando a los pobres, perdonando y construyendo la paz. Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza. Tú nos convocas. ¡Aquí estamos, Señor!”.




