Nahuel Briones

Creación en movimiento

  • En el marco de su visita a Santa Fe, el polifacético artista dialogó con El Litoral sobre su último disco, “El nene minado”, y el devenir de su carrera.
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“Como estoy todo el tiempo con la ansiedad pensando qué se viene, de pronto veo que tengo un montón de canciones y las quiero tocar. Por ahí me cuesta estar en el presente”, dice Nahuel.

Foto: Gentileza Lucía de la Torre

 

Ignacio Andrés Amarillo

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El pasado viernes 7, el cantautor Nahuel Briones se presentó en el Foyer del Centro Cultural Provincial Paco Urondo, en formato íntimo y acústico. Horas antes del show, dialogó con El Litoral sobre su más reciente trabajo y sus dinámicas creativas.

En estudio

—¿Cómo fue el proceso de armar la banda y el equipo para hacer “El nene minado”? Trabajaron en el estudio, componiendo ahí, abriste el juego más colectivamente.

—“El cruce de los Unders” es un disco que se grabó con una banda muy grande, y cada vez que se presentaba donde fuera era trasladar esa banda, que tenía dos baterías; cuando uno tiene el entusiasmo las cosas se hacen, pero era muy grande.

Paralelamente empecé a componer canciones acústicas y electrónicas, y en un momento me di cuenta de que eso no funcionaba en esa banda. Entonces empecé a grabarlo solo con Fede (Nicolao), que es con quien hacemos los discos, y armé una banda para presentar eso, que fue “Guerrera/Soldado”.

La cuestión es que apenas salió el disco gané la Bienal (de Arte Joven de Buenos Aires), son de esos premios que tenés que ponerte a trabajar: te dicen “hay que hacer un disco y entregarlo en unos meses”. Como ya tenía un grupo que estaba presentando el disco anterior, y es un disco que estaba bueno, me pareció que podíamos trabajar en el estudio.

Es muy estresante hacer un disco de acá a cuatro meses. Entonces estuve haciendo un montón de maquetas, componiendo un montón de cosas. Siempre tengo la obsesión de tener mucho material para elegir, entonces partir de cero fue estar todo el tiempo maqueteando; hubo cosas que fueron experimentos como para todos los días tener algo de material nuevo, y muchos de esos elementos terminaron quedando en el disco.

Cuando empezamos a trabajar en el estudio (fueron como tres meses de laburo con toda la banda), caía yo un día con una idea, la trabajábamos todo el día, la escuchábamos al siguiente y capaz que no estaba buena; y nos metíamos con otra cosa. Javier Mareco toca el bajo, es arreglador de Lito Vitale, entonces puedo confiar: siempre hice los arreglos de mis canciones, y como teníamos que trabajar muy rápido era: “Te mando una maqueta de los arreglos y terminalos vos”.

Después está Pablo González, que es baterista, y toca percusión acústica y electrónica; entonces cuando decíamos “no escucho una bata en este tema”, entonces traía las máquinas y le metíamos eso. Sato Valiente es multiinstrumentista, toca más que nada la guitarra acústica, pero también grabó pianos: no es pianista, pero el estudio tiene eso de “se me ocurrió esto”, está el piano ahí y lo tocamos.

Y estuvo Daiana Leonelli, que es una solista que después de hacer el disco decidió dedicarse a su carrera. Ahora está Mariana Michi, que es también un gran valor: toca en Miau Trío, en un montón de proyectos. En Rosario les va bárbaro a Miau Trío, tienen su ciudad.

Fue un trabajo diferente a cómo hago las cosas: en general trabajo en soledad. A la vez no fue estresante, ni sentí que estaba perdiendo el control: tuvimos mucho tiempo para hacerlo (bueno, poco tiempo pero concentrado); le podíamos dedicar a cada cosa un montón de tiempo y tenía que estar contento con el resultado.

Procesos

—Es otra lógica: el anterior era como dos discos separados por lo que fuiste pensando en un sonido u otro. Generalmente, de lo que va saliendo decanta en el disco. Acá estaba el disco pero...

—No sabía lo que era, tampoco si había un concepto atrás. En “Guerrera/Soldado” tengo canciones para las cuales hice las letras ocho o nueve veces, hasta que quedó la final. Y en “El nene minado” tenía una idea, escribía un boceto muy crudo, muy directo, y el día que lo grababa cambiaba algunas cosas que me parecía que no sonaban bien y listo.

Definitivamente, me parece que es el mejor disco que hice, porque las letras dicen lo que tienen que decir, y no hay una vuelta de complejizar en vano las palabras.

—Entre “Pera reflexiva” (tu primer álbum) y “El cruce de los Unders” pasaron cinco años.

—Ya no toco canciones de “Pera reflexiva”. Siento que es una bisagra rara. Hace mucho tiempo tocaba en bandas, grupos de amigos del secundario, en donde todos componíamos; y en un momento me pasó algo parecido a lo de “Guerrera/Soldado”: “Pera reflexiva” fue el disco en el que agarré la compu, vi que tenía un montón de material y me puse a laburar solo un montón. Si lo escucho ahora me parece que está muy bueno para ese contexto y para cómo se hizo: está hecho entero en una compu, y yo no sabía en ese momento que los discos se hacían de otra manera; me puse a hacerlo con entusiasmo hasta que sonó más o menos como quería.

Entre ese y “El cruce de los Unders” empecé a pensar que quería hacer un disco con producción, que sonara como la banda sonora de una película. Cuando yo era chico salía la película de Batman, ponele, y no era común tener la película, pero te compraban el disco. Que no tenía nada que ver, pero tenía los climas. Y me gustaba que lo ponías y había un rap, un cuarteto de cuerdas con un cantante: son distintas obras, no es una banda. Eran más divertidos que los de un artista cantándolo entero.

Apuntaba a eso: era muy caro y difícil de hacerlo, me llevó mucho tiempo. Cuando salió dije: “Este es mi primer disco”. Muchos artistas tienen un demo y el disco tiene algunas de aquellas canciones, en mi caso no: siento que “Pera reflexiva” es la maqueta y “El cruce de los Unders” el primer disco. Sin embargo, entre medio lo que hice fue tocar un montón, viajar, entonces sirvió.

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Definitivamente me parece que es el mejor disco que hice, porque las letras dicen lo que tienen que decir, y no hay una vuelta de complejizar en vano las palabras. Foto: Gentileza Edgardo Andrés Kevorkian / KVKFotos

Mixturas

—¿De dónde alimentás esta fusión acústica y electrónica, pero muy cancionera?

—Me gusta mucho toda la música. Siento que en lo que pongo un límite por ahora es que me gusta el formato de la canción. Pienso que en un montón de cosas no soy conservador, pero en la canción sí. Me gustan mucho los límites, porque tienen eso de “puedo variar un montón de cosas, pero tiene que durar más o menos esto”.

Respecto de las nuevas cosas que me gustan tengo una fascinación muy grande por la música electrónica, sobre todo Kraftwerk, Autechre, me gusta micho Miranda! De la electrónica alemana, que son canciones de 15 minutos sin letra, me gusta su sonoridad, pero lo pongo y empiezo a cantar, como a componer arriba. Me gusta eso pero necesito que haya una canción arriba.

—La tensión entre lo experimental, donde ponen el foco muchos artistas, y poner eso aplicado a la canción.

—Pienso que lo que me da haber nacido en el ‘90 es la transición del VHS a la tablet (risas). Escuché bolero, tango, folclore, cosas que me gustan un montón; y también bandas de los ‘90 como Los Piojos, Babasónicos, Árbol, que fusionaban cosas de muchos géneros. Después eso fue lo normal: a partir del 2000 no existe un género, me parece que es buenísmo. Las bandas que se dedican a hacer un género sin ninguna fusión son como algo tradicionalista, o que quiere mostrar eso: una banda de blues es historicista, quiere mostrar cómo se tocaba eso.

Me interesa un poco todo, y hay algunos exponentes como Radiohead, acá en la Argentina me parece que Lisandro Aristimuño mezcló mucho electrónica, folclore, sonoridades acústicas (a la vez Lisandro fanático de Radiohead, pienso que viene por ahí).

En crecimiento

—Estás girando mucho. ¿Qué se viene para el futuro más cercano?

—Lo que pasó fue que compuse tantas cosas, salieron dos discos tan pegados, me propuse no escribir nada este año (ya rompí la regla, hice un tema). Como estoy todo el tiempo con la ansiedad pensando qué se viene, de pronto veo que tengo un montón de canciones y las quiero tocar. Por ahí me cuesta estar en el presente.

Tengo una banda que tiene ensayados los últimos tres discos de pe a pa, salimos a tocar y vamos decidiendo tocamos estos o tocamos otros. En dos años se editaron veintipico de canciones, en este momento en que se editan muchos singles: si hubiera habido un lanzamiento de cada cosa hubiera sido uno por mes durante dos años. Ya tengo ganas de grabar cosas nuevas, pero quiero hacerlo en un momento en el que tenga pensado más cómo.

—Tenés sus seguidores pero hay que expandirlo. ¿Cómo se crece?

—No tengo idea. Lo que vamos haciendo es como “conquistando” más ciudades. Ya tengo algunas en las que sé que simplemente anunciándolo por redes hay un lugar que se va a llenar; lugares que no, y otros donde sé que no me conoce nadie (o muy poca gente). Por ahí hay que ir diez veces. Santa Fe es una ciudad en la que claramente voy a tener que venir cinco o seis veces más para llenar sin dificultad un lugar.

Cómo hacerlo no lo sabe nadie. Viajar me encanta. Y me parece divertido por ejemplo irme en dos semanas a Cuba con la banda. Nos invitaron a un festival allá, sin haber pensado que mi junio iba tener eso, pensé que iba a ser un mes tranqui.

Hay cosas que podés controlar, pero no son las que mejor salen. En Necochea tengo mucho público, anuncio un show y a la semana me avisan que se agotaron las entradas. Y no hice un trabajo diferente al de otros lugares; simplemente pegó, a la gente de las radios le gustó y lo empezó a pasar, el público tomó como propios algunos de los mensajes. Algo que me parece increíble es que hay un par de frases mías que me mandan fotos de pintadas en lugares. Y capaz que no saben que es de esa canción: la vieron escrita en un posteo o en una remera. Atahualpa Yupanqui decía que lo más alto del ser cancionista era el anonimato. “Sé libre, sé lo que quieras, menos policía” (de la letra de “Sailor Moon”), lo vi en manifestaciones, quizás ni escucharon la canción pero la frase les pareció poderosa.