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Miércoles 06.03.2019 - Última actualización - 18:16
10:51

Hizo todo lo posible para no seguir

Comesaña murió en Colón de "muerte natural"

Se peleó con los colaboradores —está lleno de alcahuetes dijo—, con los jugadores titulares (“tiene miedo”) y con los jugadores suplentes (“no tengo a Messi ni Maradona en el banco”). Y le faltó el respeto al club, a sus colores y a la gente. 

 <strong>Foto:</strong> Manuel Alberto Fabatía
Foto: Manuel Alberto Fabatía

Foto: Manuel Alberto Fabatía



Hizo todo lo posible para no seguir Comesaña murió en Colón de "muerte natural" Se peleó con los colaboradores —está lleno de alcahuetes dijo—, con los jugadores titulares (“tiene miedo”) y con los jugadores suplentes (“no tengo a Messi ni Maradona en el banco”). Y le faltó el respeto al club, a sus colores y a la gente.  Se peleó con los colaboradores —está lleno de alcahuetes dijo—, con los jugadores titulares (“tiene miedo”) y con los jugadores suplentes (“no tengo a Messi ni Maradona en el banco”). Y le faltó el respeto al club, a sus colores y a la gente. 

“Hoy resulta que es lo mismo/Ser derecho que traidor/Ignorante, sabio, chorro/Generoso o estafador...¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!


Lo mismo un burro...Que un gran profesor” inmortalizaba Enrique Santos Discépolo con Cambalache. Comesaña ya es pasado en Colón. Con pena y sin gloria. Colón, que fue a buscar al gran profesor, sólo se encontró con un burro que tiró patadas para todos lados. Increíble. Impresentable. Un papelón que le quita crédito a la gestión.


Igualmente, ambos —Vignatti y Comesaña— eligieron el mal menor, porque la cancha el sábado hubiera sido una caldera pocas veces vista. Está claro que Comesaña no se va por los resultados que no consiguió ni por el juego que no mostró. Nadie hace magia en cinco fechas cuando cambia de golpe 9 jugadores titulares. Todo eso era previsible. Mucho más con la intoxicación masiva y los desgarros a granel antes de Talleres.


Lo que no era previsible es que un entrenador que en días cumple 71 años y dirigió ¡27! equipos cometiera groseros pecados de juventud. El entrenador más longevo del continente pareció un principiante en Santa Fe. Se fue de noche, redondeando un papelón pocas veces visto en el fútbol argentino.


El gran profesor quedó en Colombia, acá sólo llegó alguien con un delirio casi místico de romper todo y pelearse con todos. En la soledad que eligió, empezó a desconfiar de su propia sombra. Vivió pensando en morir. Y murió de muerte natural. En un entrenamiento hizo expulsar al colaborador —ad honorem, obvio— que llevaba las frutas frescas para el desayuno argumentando que podía ser “un espía de Heinze”. A los jugadores colombianos, que trajo él junto a su hijo, les prohibió que se juntaran a cenar en parejas. Vivió al límite de la desconfianza, sospechando de las relaciones de los periodistas que cubren los entrenamientos con los supuestos informantes.


Siempre la culpa fue del otro para el profesor. Cuando perdió con Banfield, la culpa fue el planteo de Crespo. Cuando perdió con Lanús, la mala suerte. Y cuando perdió con Talleres el miedo de sus jugadores.


Julio Comesaña subestimó el nivel de exigencia del fútbol argentino. A diferencia de los otros 25 entrenadores que cobran “un paquete” y de ese monto contratan asistentes profesionales, sólo vino con dos a Santa Fe y avisó que “a uno de los dos ni lo conozco, nunca trabajé con él”.


Casi todos tienen dos asistentes y dos PF, más un entrenador de arqueros y un scouting de rivales que edita videos. “Yo me las arreglo solito”, respondió desde el principio. Al entrenador de goleros lo debió poner Colón y a los rivales...“los miro yo”.


Se fue condenando solo al fracaso. Se peleó con los colaboradores del club cuando los trató de “alcahuetes”, metiendo a todos en la misma bolsa. Se peleó con los jugadores titulares, a los que trató de “miedosos”. Y manoseó a los suplentes diciendo que “en el banco no tengo ni a Messi y tampoco a Maradona”.


Pero pasó todos los límites cuando se metió con el club, con los colores y con la historia. Se metió con lo más sagrado que tiene el hincha: el orgullo, el sentimiento. El que nunca fue a una cancha no entenderá esta idea y respeto su opinión. Una cosa es ser sincero, otra distinto es ser maleducado:


— Frase 1: “Colón tiene 100 años de historia y siempre le fue mal”


— Frase 2: “Cuando hablamos de Colón parece que viene de ser campeón de la Libertadores o la Sudamericana”


— Frase 3: “La realidad es que no vine al campeón del mundo ni al campeón de América; por eso todos tenemos que ubicarnos”.


Si bien cuando uno se empacha le tira la culpa a lo que comió último, la gota que inundó el vaso fue su risa a carcajadas cuando los colegas colombianos le dijeron que “fue a Colón a levantar un muerto, porque Colón es éso...un muerto”. Aunque ahora lo niegue Vignatti, ése fue el final.


Se terminó Comesaña. El sueño se transformó en pesadilla en apenas cinco fechas. Un técnico de fútbol debe saber que un club de fútbol tiene cosas sagradas: los colores, el nombre, la historia. Y que a los clubes pasionales y populares como Colón, en el fondo, los gobierna la gente. Más allá que el corte se dio anoche, la gente de Colón ya lo había echado a Comesaña antes. Se pasó de rosca. A los casi 71 años, el entrenador más veterano cometió pecados de juventud como el mejor principiante. Subestimó la exigencia del fútbol argentino, viniendo con un profe y un ayudante, como era hace 50 años.


Y como le encantó a Comesaña que se usara la palabra “muerto” para calificar a este club, hay que decir que su ciclo en Colón se murió de muerte natural.

 

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