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Miércoles 13.03.2019
22:56

Tribuna literaria (por Susana Ibáñez)

Escorzo



Tribuna literaria (por Susana Ibáñez) Escorzo

Por Susana Ibáñez

 

Escorzo, de Miguel Ángel Gavilán, ganó la edición 2017 del Concurso Literario Municipal Ciudad de Santa Fe, cuyo jurado estuvo integrado por los escritores Santiago Alassia, Susana Persello y Ana Guillot. En su dictamen, el jurado ponderó, entre otros valores, el “estilo sólido y depurado que combina altas dosis de lirismo con destreza en el manejo de las técnicas narrativas, cualidades que la hacen resaltar claramente por sobre el conjunto de obras recibidas”.

 

Acertadamente a nuestro juicio, el jurado destaca la factura narrativa del texto y su innegable lirismo. La voz del narrador -omnisciente, evaluativo- no sólo relata y describe, sino que además participa de las escenas al dejarse atravesar por las sensaciones de los personajes, quienes a su vez son dominados por su palabra. Con ritmo recitativo y estilo barroco, el narrador es eficaz en sus descripciones y dueño de la valoración de sus criaturas: cuando se incorporan los puntos de vista de los personajes, lejos de alterarse, la voz narrativa reafirma su estilo y sus valores. La palabra se presenta objetivada, separada de los usos actuales y estilizando el lenguaje del pasado, que se despliega colorido y sonoro, poderoso en su capacidad de evocación.

 

La historia se desarrolla en trece capítulos que narran acontecimientos ubicados en diferentes momentos históricos -un recorrido en escorzo, con espacios ocultos, la forma del viaje apenas sugerida pero aún así completa a la percepción del lector-, lo que la inscribe en la tradición de la novela histórica. Sin embargo, desafía el género al enlazar espacios geográficos y sociales alejados en tiempo y espacio y relacionados, más que por la ley de causa y efecto, por la presencia nómade de un cuadro de Murillo. El pasaje -azaroso, a veces violento- de la tela de mano en mano permite narrar historias que se desarrollan durante la peste de Sevilla en el siglo XVII, las invasiones inglesas, la batalla de Pavón, la llegada de inmigrantes a fines del siglo XIX y de mujeres para la trata, la muerte de Eva Perón, la última dictadura en Argentina. Pescadera, pequeña pordiosera, gitana, criada, enano, prostituta devenida en monja, mujer abusada, mujer quemada, enfermera, padres de un desaparecido: los personajes buscan lo que les falta en medio de escenarios bellos y violentos, atravesados por las fuerzas contradictorias del deseo de sobrevivir, la pasión y la desesperanza. Gavilán desafía las “leyes” de la novela histórica, además, entretejiendo en una trama de vocación realista un hilo fantástico que humaniza la tela de Murillo: la pordiosera con aro de oro que el pintor inmortalizó en su cuadro brinda, en su azarosa travesía, calidez y palabra a quienes merecen verla y escucharla.

 

Además de emprender esos desafíos, Escorzo libra batallas aún más arriesgadas. Aunque para M. Bajtin la novela es un género proteico que absorbe otros más simples para expresar las voces de un momento específico de la cultura -y por lo tanto puede tomar variadas formas-, uno de los requisitos que parece definir el género es la presencia de un centro de valor -el protagonista- que, surgiendo en un espacio-tiempo específico, vive su aventura en diálogo con su mundo. Gavilán desgarra los “límites” del género dedicando cada capítulo a un protagonista diferente, unificando la historia a través de la tela de Murillo y ubicando la voz evaluadora en el narrador en vez de en el héroe. Sitúa el texto en el borde del género novela, allí donde comienza a confundirse con otro, el de la colección de cuentos, y lo inscribe en una tradición de antinovelas como Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes (1994).

 

La literatura está felizmente poblada de colecciones de cuentos que han hecho historia. Para nombrar un puñado de libros cercanos en el tiempo, desde Dublinenses (Joyce, 1914), cuentos que transcurren en el Dublín de fines del siglo XIX, pasando por El hombre ilustrado (Bradbury, 1951), donde cada cuento se deriva de uno de los tatuajes del personaje cuya historia actúa como marco, hasta colecciones construidas sobre una temática, como Hombres sin mujeres (Murakami, 2015), o con un personaje común, como Así es como la pierdes (Díaz, 2012) -o antologías de la talla de Nueve cuentos (Salinger,1953) y de El intérprete del dolor (Lahiri, 2016), además de recopilaciones como Nick Adams (Hemingway, 1972)-, se trata de libros que, a pesar de lo fragmentario de sus elementos, despliegan tal unidad de tono, tiempo o lugar que logran construir una atmósfera común que permea las historias y las acercan a ese borde poroso compartido con la novela.

 

Por otra parte, la literatura también se alimenta de novelas que, mediante una serie de recursos, se erigen en antinovelas: ya en el inicio de la novela moderna, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (Sterne, 1759) se burlaba de las reglas que, casi en simultáneo, esbozaban Defoe, Fielding y Richardson. Y aun en estas épocas en que la novela parece sobrevivir a duras penas la popularidad de otras formas de entretenimiento -o tal vez justamente por esa razón-, el género continúa permitiéndose el juego y la experimentación, como muestran El Atlas de las nubes (Mitchell, 2004) y El tiempo es un canalla (Egan, 2011). Uno de los recursos a los que la novela apela para esto es el del falso protagonista, como ocurre en Juego de Tronos (Martin, 1996): al principio la historia focaliza un personaje que luego desaparece para que otro tome protagonismo. De igual manera, en Escorzo el primer capítulo propone una serie de posibles protagonistas: ¿seguiremos las aventuras de la niña del aro de oro, las de su madre la pescadera, las del pintor Murillo, tal vez las de la rica mujer del pintor? El segundo capítulo nos sacude con un salto de treinta años y con la aparición de un nuevo personaje, y luego de otro, y otro. Sólo perviven el arte y la vida que encierra.

 

Cómodamente instalada en la tradición de El loro de Flaubert (Barnes, 1984) y de Las ciudades invisibles (Calvino, 1972 ), Escorzo desplaza al protagonista tradicional para ubicar en su lugar un objeto-idea: el arte que atraviesa el tiempo de la mano del sufrimiento. Se detiene en personajes audaces en su opresión, sufridos en lo absurdo de sus existencias, criaturas tan valientes como el autor, que no teme desdeñar las corrientes actuales --que privilegian el despojamiento y la sugerencia-- y reafirmar sus convicciones acerca del lenguaje, la narrativa y la escritura. A los lectores de esta novela, que seguramente serán también lectores de poesía, les toca interrogar la tragedia encerrada en cada capítulo, la intimidad de cada personaje, la significación que encierra la transferencia del centro de valor al narrador, la trashumancia de un personaje fantasmal, la simbología de la pordioserita del aro de oro y la ideología que subyace la selección de momentos bisagra en la historia europea y argentina. Los lectores de seguro coincidirán con la opinión de uno de los últimos personajes del libro, que poco antes de ser arrojado desde un avión al Río de la Plata enuncia lo que parece ser el proyecto de Gavilán: “El arte tiene que ser compromiso. Tiene que arriesgar, aunque sea un mínimo de denuncia para que tenga sentido, para que se interprete su destino conmovedor.”

 

Pescadera, pequeña pordiosera, gitana, criada, enano, prostituta devenida en monja, mujer abusada, mujer quemada, enfermera, padres de un desaparecido: los personajes buscan lo que les falta en medio de escenarios bellos y violentos, atravesados por las fuerzas contradictorias del deseo de sobrevivir, la pasión y la desesperanza.

 

A pesar de lo fragmentario de sus elementos, despliegan tal unidad de tono, tiempo o lugar que logran construir una atmósfera común que permea las historias y las acercan a ese borde poroso compartido con la novela.




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