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Jueves 06.06.2019
22:54

Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz)

El 4 de junio de 1943

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Foto: Archivo




Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz) El 4 de junio de 1943

Rogelio Alaniz

 

Tres presidentes militares hubo entre 1943 y 1946: Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell. Rawson, apenas llegó a estar 48 horas en el poder; Ramírez no llegó al año, y sus camaradas de armas del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) lo echaron porque se le ocurrió romper relaciones diplomáticas con el Eje. Farrell, fue el que más duró: dos años. Así fue la cosa. Después llegó un cuarto presidente militar. Pero con votos. Se llamaba Juan Domingo Perón. Y para esa fecha -desde 1930 para ser más preciso- ya era un experimentado milico en fragotes, asonadas y golpes de Estado.

 

No se equivocan los historiadores cuando señalan que el 4 de junio de 1943 marca un antes y un después en la historia nacional. Para unos fue el pasaje de la Argentina premoderna a la Argentina moderna; o la transición de la Argentina rural a la Argentina industrial. Otros, en tanto, estiman que el peronismo representó el desembarco del fascismo -derrotado en Europa- en nuestro país, y el inicio de una larga decadencia como nación.

 

El año 1943 marca también un punto de inflexión en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el acontecimiento que condicionaba las decisiones más trascendentes en un país cuya economía seguía dependiendo del comercio con Europa. En enero de ese año los nazis fueron derrotados en Stalingrado y el desenlace de esa batalla -que duró casi seis meses- inició la cuenta regresiva de quienes hasta ese momento habían asombrado y aterrorizado al mundo con su demoledora eficacia militar.

 

Sin embargo, en la Argentina la derrota de los nazis no afectó las certezas de una élite militar cuyos principales protagonistas seguirán creyendo a lo largo de todo ese año que la guerra mundial sería ganada por el Eje. No fue éste el único diagnóstico equivocado de los coroneles del GOU. Los jefes militares no sólo se equivocaron en el resultado de la guerra. En 1945 supusieron que la potencia dominante seguiría siendo Gran Bretaña. Y, al año siguiente, alentaron la fantasía de que la salvación nacional provendría de una tercera guerra mundial, pronóstico que, como la historia se encargaría de demostrar, no ocurrió; o por lo menos no ocurrió como lo preveía Perón.

 

Estudiar las vicisitudes del golpe de Estado de 1943 hasta su desenlace en 1946 es estudiar las contradicciones internas de un movimiento político en un escenario cambiante. Que en esas condiciones Perón haya sido capaz de construir una fuerza política cuya trascendencia histórica está fuera de discusión, no hace más que poner en evidencia su capacidad para comprender, aunque más no sea intuitivamente, las corrientes subterráneas de la historia, aquellas que terminan modelando los acontecimientos.

 

Se dice que el golpe se produjo como consecuencia de una rencilla interna entre Ramírez, ministro de Guerra, y el presidente Ramón Castillo. El desencadenante o la chispa pudo haber sido ese cortocircuito en la cima del poder, pero es probable que también alguna influencia haya tenido el anuncio hecho por Castillo de que el nuevo candidato del régimen conservador sería el magnate azucarero salteño Robustiano Patrón Costas, célebre por sus millones y por sus aceitadas relaciones con la embajada norteamericana.

 

Un factor que tal vez no haya sido tenido en cuenta para explicar el 4 de junio, fue el temor de los militares a que las elecciones previstas para 1944 las ganara esa suerte de frente popular que se había ido forjando en estos años y que estaba integrado por la UCR, el Partido Socialista, la Democracia Progresista y, probablemente, el Partido Comunista.

 

Un rasgo que distinguirá a los militares neutralistas de aquellos años era el rechazo al comunismo y la desconfianza a la democracia liberal anglosajona. Nacionalistas -para más de uno con zeta- industrialistas, defensores de la intervención estatal en la economía y el mercado interno, adheridos con mayor o menor sinceridad al integrismo religioso, sus expectativas estaban en las antípodas de los frentes populares, cuyas manifestaciones más alarmantes y detestables se habían expresado en España y Francia.

 

De todos modos, no hacía falta que confluyesen causas estructurales de peso para otorgarle un certificado de defunción al régimen conservador cuyo derrumbe moral arrastraba -con la inercia de los acontecimientos irreversibles- a toda la claque política que había participado de lo que ya se consideraba la farsa electoral del régimen, cuyos principales epígonos alababan sin ruborizarse los beneficios del fraude patriótico.

 

A ese escenario deplorable de desencanto, agotamiento institucional y crisis de legitimidad, se sumaba la desaparición física de los principales líderes de la década del treinta. En enero de 1943 muere el caudillo militar más importante de su tiempo, Agustín Justo. Su ausencia deja un vacío institucional y militar que los coroneles del GOU se apresurarán en llenar. Un año antes había muerto el principal opositor al régimen: Marcelo T. de Alvear, una oposición que para más de un observador nunca dejó de ser complaciente y, en algunos casos, cómplice, sobre todo en ciertos negociados cuya manifestación más escandalosa fue la coima a los concejales de la UCR para renovar las concesiones eléctricas en Capital federal.

 

La muerte de Alvear permitió que accediera al liderazgo de la UCR el caudillo que reunía los méritos morales y políticos para heredar a Hipólito Yrigoyen: Amadeo Sabattini, el célebre “tano de Villa María”, cuya participación después del golpe de 1943 será significativa, no tanto por lo que hizo como por lo que dejó de hacer, sobre todo porque con su principismo y sus vacilaciones puso en evidencia los límites del partido radical para liderar la resolución de la crisis.

 

Se sabe que los protagonistas de una determinada coyuntura histórica no siempre son conscientes de la trascendencia de la época que les toca vivir. Los conspiradores de 1930 ignoraron el efecto perdurable que habría de tener el crack de la bolsa de valores de Wall Street. Como ocurre en la vida, los hombres que iniciaron la asonada de 1943, asistieron a la cita con la historia arropados con sus prejuicios, sus esperanzas, sus intereses y sus dudas. No eran años apacibles. El país estaba cambiando a un ritmo desconocido y el mundo se hundía en una guerra que parecía poner en tela de juicio los fundamentos civilizatorios de la humanidad.

 

Como ya se dijo, a Rawson lo sucedió Pedro Pablo Ramírez, quien se mantuvo en el poder hasta marzo de 1943. Justamente su decisión de romper relaciones diplomáticas con el Eje fue lo que provocó la rebelión de los mandos militares que siguieron creyendo que el neutralismo era la mejor coartada para tomar distancia del comunismo y los imperialismos anglosajones.

 

Ramírez encarnó desde el poder el momento más oscurantista y reaccionario del régimen militar. Fueron los meses en los que la educación, la cultura y la seguridad quedaron en manos de los grupos más ultramontanos del nacionalismo católico. En esos meses, un experto en encender hogueras contra los herejes fue designado interventor en la UNL. Se trataba de Jordán Bruno Genta. La movilización estudiantil y docente de Santa Fe expulsó a la intervención clerical, aunque lo que sucedía en Santa Fe no era diferente de lo que, desde el Ministerio de Educación (ocupado por otro reaccionario y antisemita como Martínez Zuviría) se proponía para alejar a los argentinos del pecado. Fueron meses en los que hasta las letras de los tangos cayeron bajo la picota del autor de “La casa de los cuervos”.

 

En este escenario desgarrado, en el que parecía que la extrema derecha se había hecho cargo del poder sin otro destino que el de abandonarlo con el repudio de toda la nación, comenzaba a gravitar un puñado de oficiales convencidos de que otorgarle una identidad política y social a la asonada del 4 de junio, era una tarea más interesante que perseguir brujas en las universidades, clausurar diarios opositores o desentenderse de los reclamos sociales.

 

Los conspiradores de 1930 ignoraron el efecto perdurable que habría de tener el crack de la bolsa de valores de Wall Street. Como ocurre en la vida, los hombres que iniciaron la asonada de 1943, asistieron a la cita con la historia arropados con sus prejuicios, sus esperanzas, sus intereses y sus dudas. No eran años apacibles.

 

A ese escenario deplorable de desencanto, agotamiento institucional y crisis de legitimidad, se sumaba la desaparición física de los principales líderes de la década del treinta.




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