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Domingo 04.08.2019
19:59

"Día del Amigo" y "Día del Lector" (por Martín Duarte)

Una amistad literaria: Martín Fierro y Cruz



"Día del Amigo" y "Día del Lector" (por Martín Duarte) Una amistad literaria: Martín Fierro y Cruz

Por el Prof. Martín Duarte

 

Una amistad de “Fierro”

 

Hace poco ha pasado el “Día del Amigo” y me quedaron dando vueltas algunas anotaciones referidas a esta fecha y que tienen que ver con la amistad literaria de Fierro y Cruz, los personajes creados por José Hernández. Mi intención es ofrecer un breve recorrido de cómo esta amistad fue mutando (fue releída y reinventada) dentro de nuestra literatura argentina. Y -en simultáneo- aprovecho para vincularlo con el “Día del Lector” (que se celebrará el próximo 24 de agosto).

 

Fierro y Cruz según Hernández

 

Fierro es perseguido por la justicia; se lo busca por asesino y desertor; una noche en el monte, el forajido es acorralado por una patrulla policial; el renegado lucha con bravura pero lo ponen en jaque mortal; cuando está a punto de ser vencido, se escucha la voz de uno de los uniformados: “Y dijo: ‘Cruz no consiente/ que se cometa el delito/ de matar ansí un valiente’./ Y áhi nomás se me aparió/ dentrándole a la partida./ Yo les hice otra embestida/ pues entre dos era robo;/ y el Cruz era como lobo/ que defiende su guarida”. Conmovido por el derroche de valentía del gaucho Martín, Cruz se cruza “de vereda” para luchar a la par del que ha ido a “cazar” y contra los que han sido sus compañeros minutos antes.

 

Derrotada la policía y más tranquilos, los matreros se confiesan sus congojas. Cruz cuenta su vida que se asemeja a la de Fierro: el lector percibe que ambos son “hermanos” en la desdicha; están golpeados por las mismas injusticias que se comenten contra los guachos. Como una moneda, están forjados con el mismo material, uno es cara y el otro es Cruz.

 

Como sus cabezas tienen precio en la “civilización”, deciden profundizar su marginalidad y huir a un territorio doblemente “salvaje”: el desierto y las tolderías. Así se cierra la “Ida”: “Y cuando la habían pasao,/ una madrugada clara/ le dijo Cruz que mirara/ las últimas poblaciones; / y a Fierro dos lagrimones/ le rodaron por la cara. //Y siguiendo el fiel del rumbo/ se entraron en el desierto-/ no sé si los habrán muerto/ en alguna correría, / pero espero que algún día/ sabré de ellos algo cierto”.

 

A esta dupla gauchesca la relaciono con algo que -alguna vez- Atahualpa Yupanqui contó: según sus dichos, cuando a un tal Don Justino Leiva -hombre sabio de bigote cano machado por el cigarrillo- le preguntaron qué era la amistad, éste respondió que “Un amigo es uno mismo pero con otro cuero”.

 

Fierro y Cruz según Borges

 

En Argentina, el “Día del Lector” se celebra en homenaje al nacimiento del escritor de “Ficciones” y “El Aleph”: Borges nació un 24 de agosto de 1899. Unas de sus frases más famosas reza: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. En su adultez, su discapacidad visual -¡ironías de la vida: un escritor ciego!- no es un obstáculo insoslayable para convivir con los libros: “yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros... Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres”.

 

Desde su infancia, se convierte en un gran “devorador” de textos; lee de todo un poco pero hay una obra literaria vedada por su madre: “Martín Fierro”. Con el paso del tiempo y contrariando el mandato materno, Borges dictará conferencias sobre la obra de Hernández y escribirá cuentos sobre las desventuras de Fierro como son: “El fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829- 1874)”.

 

Con respecto a este último cuento, Borges ensaya una biografía de Cruz donde le inventa un nombre completo (Tadeo Isidoro) y explica el origen de su apellido (huérfano de padre hereda el apellido de su madre). Al lector se le plantean algunos interrogantes: ¿Por qué se vuelve a narrar lo que ya narró Hernández? ¿Estamos al borde del plagio? ¿Toda lectura implica una reescritura? ¿Estamos frente a una biografía o frente a un cuento? ¿Es esto un cuento con forma de biografía o una biografía con toques literarios? En este espacio, se desdibujan los límites entre las tipologías textuales: se mezclan, se superponen, se confunden. Se vuelve posible narrar una biografía o biografiar un cuento. Se retoca el “santoral gauchesco” y se empieza por “transcribir” en prosa los versos de las coplas.

 

He aquí la biografía de un personaje literario disponible para ser retocada: ¡es posible ramificarla más allá de lo que Hernández ha escrito y ahondar así el mundo de la ficción! De a momentos, Borges oscila entre el rigor del biógrafo y la libertad del artista de la palabra. Como el biógrafo: realiza un trabajo selectivo de hechos y destaca unos en detrimento de otros; recupera el pasado con los ojos olvidadizos del presente; rearma su memoria a tientas; procura ser fiel a los hechos; añade comentarios si los considera atinados; se documenta cuando es preciso; pero... también tiene la tentación de fabular lo que no recuerda; siente el impulso de colorear los hechos para que la derrota no sea tan dura o la victoria brille doblemente (¡es ahí donde se regodea el escritor!). En definitiva, la “reinvención” es la clave: el oficio del biógrafo y del escritor confluyen y se mixturan en este punto.

 

¿Para qué volver a contar lo que Hernández ya “cantó”? Supongo que Borges pone el foco en una “amistad a primera vista”; lo anticipa en la cita en inglés de Yeats con la que abre el cuento “estoy buscando el rostro que tenía antes de que el mundo fuera hecho” (“I’m looking for the face I had/ Before the world was made”); Cruz y Fierro recuperan el tema del “doble” (Gemelo/ Sombra/ Doppelgänger -desdoblamiento- o el Álter Ego). El texto borgeano cierra: “Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro”.

 

Fierro y Cruz según Martín Kohan

 

El 4/2/11, Kohan publica “El amor” en “Página 12”; mete mano en el “altar de la gauchesca”; dialoga con Hernández y Borges; escribe su versión de lo que pasa cuando Fierro y Cruz se mudan a las tolderías.

 

Una frase de la famosa escritora y columnista norteamericana, Ann Landers, señala: “El amor es una amistad que se ha prendido fuego” (“Love is friendship that has caught fire”); podríamos decir que esta es la cuestión que se desliza en el texto de Kohan: si lo de Cruz y Fierro es amistad a primera vista... si se reconocen tal para cual... ¿qué clase de relación viven estos hombres? Veamos el relato:

 

“Fierro con toda ternura, encima de Cruz todavía, deja que la respiración se sosiegue junto al pelo y la oreja y la boca del otro. Le juega con un dedo en los rulos endurecidos de la nuca. Le dice cosas... Se echan mansos el uno junto al otro. Se pasan de mano en mano el cigarro que Cruz ha encendido. Ven los humos que cada uno sopla mezclarse en el aire y hacerse uno. Sonríen satisfechos: son felices y lo saben. Han descubierto el amor”.

 

¿Kohan desestabiliza la estantería de la literatura argentina? ¿Socava los cimientos de nuestra cultura con un gesto desafiante y a la vez irreverente? Martín Kohan reescribe esta escena transcendental de la gauchesca... la erotiza... se mete de lleno en la temática del “amor igualitario” para -simultáneamente- romper estereotipos de la ficción y de la sociedad... ¡Con su pluma, “saca del closet” a Fierro y Cruz! Parecería ser que estos gauchos matreros han subvertido varios límites: son forajidos de la justicia, se han evadido de la sociedad civilizada, se han exiliado en las tolderías y han habitado (¡rebeldes!) una forma alternativa de quererse.

 

Según una imagen de Michel de Certeau (que recupera Roger Chartier también), el lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro; apropiado por la lectura, el texto no tiene exactamente -o en absoluto- el sentido que le atribuyen su autor, su editor o sus comentaristas. Esta libertad del lector desplaza y subvierte lo que el libro intenta imponerle. Esta frase podría ser -sospecho- una respuesta tentativa al gesto de Kohan.

 

El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro; apropiado por la lectura, el texto no tiene exactamente -o en absoluto- el sentido que le atribuyen su autor, su editor o sus comentaristas. Esta libertad del lector desplaza y subvierte lo que el libro intenta imponerle.

 

Cruz cuenta su vida que se asemeja a la de Fierro: el lector percibe que ambos son “hermanos” en la desdicha; están golpeados por las mismas injusticias que se comenten contra los guachos. Como una moneda, están forjados con el mismo material, uno es cara y el otro es Cruz.




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