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Sábado 01.02.2020 - Última actualización - 22:30
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Crónica política (por Rogelio Alaniz)

"Ya no me falta pa completar, más que ir a misa y echarme a rezar"

El Papa Francisco recibió a Alberto Fernández en el Vaticano.  Crédito: Noticias ArgentinasEl Papa Francisco recibió a Alberto Fernández en el Vaticano.
Crédito: Noticias Argentinas

El Papa Francisco recibió a Alberto Fernández en el Vaticano. Crédito: Noticias Argentinas



Crónica política (por Rogelio Alaniz) "Ya no me falta pa completar, más que ir a misa y echarme a rezar" Asombra el comportamiento político faccioso del actual Papa, comportamiento que no solo violenta el principio de que es el Papa de todos y no de los peronistas, sino el principio histórico que distinguió a la iglesia durante siglos: su fina y exquisita diplomacia.

Por Rogelio Alaniz

 

I

En mi condición de agnóstico, mi relación con la iglesia católica es histórica, institucional y respetuosa. Histórica, porque hay una presencia en la historia de dos mil años, presencia que sería un acto de barbarie cultural desconocer. Institucional, porque la Iglesia Católica reúne esas condiciones: burocracia eficiente; recursos económicos propios, territorio, jurisdicción, autoridades y gobernados. Respetuosa, porque si bien elegí ser agnóstico, nací y me crié en un hogar católico; fui bautizado y tomé la primera comunión (hay fotos que así lo prueban, porque yo sinceramente no me acuerdo) y para bien o para mal pertenezco a una cultura transmitida por generaciones que se podría denominar Occidental y cristiana, cultura a la que adhiero desde mi condición de agnóstico.

 

II

Dicho esto, no puedo menos que expresar más que mi desencanto -nunca estuve encantado- mi asombro por el comportamiento político faccioso del actual Papa, comportamiento que violenta el principio de que es el Papa de todos y no solo de los peronistas, sino el principio histórico que distinguió a la iglesia durante siglos: su fina y exquisita diplomacia, su talento “florentino” para conciliar opuestos, su sigilo, cautela y distinción para practicar una diplomacia que sin renegar de sus objetivos religiosos y seculares, alentaba la unión alrededor de los grandes valores de la fe y no de las veinte verdades peronistas. Al actual Papa habría que recordarle que la Biblia es más importante que “La razón de mi vida”. Y que Santa Marta es un lugar de oración y reposo y no Unidad Básica “nacional y popular”.

 

III

Insisto en mi condición de agnóstico, para decir que respeto la misión religiosa del Papa y lo que el Papa representa para millones de católicos del mundo. Pero cuando el Papa se transforma en un puntero político, salimos del campo sagrado de la religión para embarrarnos en las miserias de la política. Y en ese chapaleo, él entonces es uno más. No me meto con el Papa cuando habla de la Santísima Trinidad o del reino de los cielos, pero si el Papa se hace peronista y me quiere hacer creer que esa es la voluntad de Dios, la cosa cambia. Ya no estoy entonces, ante el representante de Dios en la tierra, sino ante un mortal más que sostiene posiciones políticas opinables. Y vaya que lo son. Digo por lo tanto: que el Papa sostenga su fe política si así lo quiere, pero no en nombre de su fe religiosa, porque entonces tengo derecho a sospechar que me está jugando con cartas marcadas porque milita como un puntero y a esa militancia la presenta como un acto nacido de la voluntad de Dios. Y con todo respeto entonces digo: “No estoy seguro de la existencia de Dios, pero si existe, seguro que está ocupado en cosas más importantes que ser peronista”. 

 

IV

¿Es peronista el Papa? Si no es, se parece demasiado. Por lo menos si lo juzgamos por sus gestos, incluidas sus sonrisas arrobadas para unos y sus gestos adustos para otros. Es verdad que entre la doctrina social de la Iglesia y la doctrina peronista hay muchos puntos de contacto. Tantos, que en 1945 uno de los aportes decisivos a la candidatura de Perón, fue el de la Iglesia Católica, seducida entre otras cosas por la promesa de Perón de instalar la enseñanza religiosa en las escuelas y no promover el divorcio. Pero si bien la Iglesia Católica fue una aliada leal del peronismo, no se puede decir lo mismo del otro lado. Como todos recordarán, el romance concluyó en una trifulca que transformó a “La guerra de los Rose” en un placentero y aburrido matrimonio puritano. El final de este culebrón concluyó con varias iglesias incendiadas, varios curas exonerados del país y, del otro lado de la mesa, la excomunión de Perón y multitudes de católicos en la calle pidiendo su derrocamiento bajo la consigna “Cristo vence”. Y vaya si venció. Aunque sus apóstoles después se hayan llamado Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas.

 

V

Si bien la proximidad ideológica entre el peronismo y la Iglesia católica es evidente, también son evidentes las tensiones explosivas que laten por debajo. El problema se presenta cuando el peronismo en sus afanes totalitarios por someter todo lo que respira, pretende poner a la Iglesia bajo su control y transformar a obispos, cardenales y curitas en militantes abnegados de la patria libre, justa y soberana. Y obligarlos a que, en lugar de cantar un Salve, entonen las estrofas de la Marchita. Me lo decía un cura amigo que ya no está, que se reconocía peronista y que me aseguraba que en el seminario donde él daba clases, los seminaristas se educaban bajo dos principios: ser peronistas e hinchas de Colón (risas). “El problema que como sacerdote tengo con mis compañeros peronistas -explicaba- es que cuando le das luz verde te quieren convencer que Perón es más importante que Jesús y que Evita es la única virgen. Problemas -concluía- que no tengo con ustedes los liberales agnósticos, que si bien tienen ganadas las llamas eternas del infierno por su incredulidad y sus pecados, no pretenden, como los peronistas, pastorear en nuestro huerto”. 

 

VI

Sinceramente, quiero creer que el Papa en primer lugar es católico, un hombre de Dios como se dice, y, en segundo lugar, es peronista. Lo que ocurre es que este Papa argentino a esa distancia entre lo que debe ser lo primero y debe ser lo segundo, la ha reducido al mínimo. Y hay que ser un observador con vista de lince para reconocer la diferencia. Por lo pronto, y atendiendo a los comportamientos visibles, está claro que el Papa cuando la recibe a Cristina o a Tío Alberto no puede disimular su felicidad. Y cuando lo recibió al pobre Macri no pudo disimular su fastidio. La diplomacia -no es necesario recordárselo a quienes hace dos mil años que la practican- es un juego de gestos. La gestualidad del compañero Papa en ese sentido tiene la elocuencia de un discurso de barricada en una asamblea popular o después de un asado partidario con todos los comensales entusiasmados por las efusiones del vino generosamente servido.

 

VII

No deja de ser una ironía, una dolorosa ironía, que el entonces cardenal primado de la ciudad de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, no podía caminar por las calles de la ciudad porque era sistemáticamente insultado por las patotas kirchneristas, sea ahora el Papa que transformó a Santa Marta en algo muy parecido a Puerta de Hierro, la residencia madrileña a la que peregrinaban los peronistas para arrodillarse y escuchar sumisos las órdenes del Jefe. Tampoco no deja de ser una contradicción, que el Papa que, en sintonía con la línea trazada por sus antecesores, alentó y practicó el ecumenismo dialogando con rabinos, clérigos musulmanes y pastores protestantes, no pueda o no quiera desarrollar una práctica parecida en el campo de la política. 

 

VIII

Por lo pronto, esta vez la fiesta nacional y popular en los históricos y señoriales salones del Vaticano fue completa. Al compañero Papa no le fastidia que el compañero Alberto asista con su mujer con la que no está casado (a mí tampoco me molesta ese detalle, pero ya se sabe que sobre ese tema yo no pienso lo mismo que lo que dice pensar el Papa) sino que tampoco parecería que tiene objeciones que hacer respecto de la propuesta de los compañeros a favor del aborto. Para el Papa está visto que la condición de peronista libera de pecados veniales y pecados mortales. Si a San Agustín se le atribuye decir: “Ama a Dios y haz lo que quieras”, la traducción del compañero Papa pareciera ser la siguiente: “Ama al peronismo y haz lo que quieras”. Como para despejar cualquier duda, la misa la celebró otro militante histórico de la causa nacional y popular. Se llama Marcelo Sánchez Sorondo. Un nombre y apellido que emociona el corazón de peronistas y conservadores de todos los tiempos. Sánchez Sorondo. Sacerdote culto, distinguido y patricio. Cuidadoso en el uso de las palabras, es decir, dice lo que se propone y lo dice con claridad y belleza. Perón estuvo mencionado en la misa como si fuera un héroe, un santo o un mártir. ¿Está en su derecho a hacerlo? Creo que sí. Como yo también tengo derecho a sospechar que solo un cura peronista ordenado por monseñor Caggiano y avalado por un papa peronista, puede tomarse esa licencia y darse ese lujo. 

 

Quiero creer que el Papa en primer lugar es católico, un hombre de Dios como se dice, y, en segundo lugar, es peronista. Lo que ocurre es que este Papa argentino a esa distancia entre lo que debe ser lo primero y debe ser lo segundo, la ha reducido al mínimo.

Está claro que el Papa cuando la recibe a Cristina o a Tío Alberto no puede disimular su felicidad. Y cuando lo recibió al pobre Macri no pudo disimular su fastidio. La diplomacia -no es necesario recordárselo a quienes hace dos mil años que la practican- es un juego de gestos.


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