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Martes 26.05.2020 - Última actualización - 20:27
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Por Bibiana Degli Esposti

Cuarenta centímetros

 Una sesión en la que el analizante vive a más de diez mil kilómetros del consultorio pero aparece a cuarenta centímetros en la pantalla de la computadora. Crédito: Archivo El Litoral Una sesión en la que el analizante vive a más de diez mil kilómetros del consultorio pero aparece a cuarenta centímetros en la pantalla de la computadora.
Crédito: Archivo El Litoral

Una sesión en la que el analizante vive a más de diez mil kilómetros del consultorio pero aparece a cuarenta centímetros en la pantalla de la computadora. Crédito: Archivo El Litoral



Por Bibiana Degli Esposti Cuarenta centímetros Esta distancia física concreta y las distancias no tan medibles, llevan a pensar cómo se juega el encuadre cuando atendemos con otros soportes para la voz y la imagen que la clásica y siempre vigente del que nos toquen el timbre, abramos una puerta e invitmos al posible analizante a entrar.

Por Bibiana Degli Esposti (*)
 

A cuarenta centímetros aparece en mi pantalla de computadora un analizante que vive a más diez mil kilómetros de mi consultorio. ¿O no? ¿Dónde queda mi consultorio si el analizante aparece a cuarenta centímetros de mí, al menos de mi corporeidad? Nos saludamos y empieza la sesión. La distancia, la tan mentada distancia que hay que tomar o no tomar, según la escuela analítica en juego, entre una y el otro, nunca había sido tan medible como en casos como éste. Acá no hay que “cuidarse de” o “incentivar el olerse”, se decide como en modo presencial si con cámara o sin ella. Pero convengamos, sea grande o sea pequeño el ambiente donde se ubique un consultorio, nunca estamos tan cerca como cuando estamos tan lejos.

 

Lo virtual cambia las medidas y cambia al medidor

 

Esta distancia física concreta y las distancias no tan medibles, me llevan a pensar cómo se juega el encuadre cuando atendemos con otros soportes para la voz y la imagen que la clásica y siempre vigente del que nos toquen el timbre, abramos una puerta e invitemos al posible analizante a entrar.

 

Una de las palabras que se pone en juego es “vino o no vino” a sesión. Si decimos asistió o no, escabullimos el bulto pero si no lo hacemos tenemos que las ausencias o asistencias se cumplen con igual protocolo al establecido primero por Freud. A veces se aprovecha cualquier cosa para no llamar y otras se asiste a sesión aceptando el compromiso y en todo caso resistir pero asistiendo. La resistencia es parte del tratamiento y a esta altura del artículo afirmo que el encuadre se da y los psicoanálisis son posibles, tan posibles uno a uno como en el caso tradicional. Esto es, con algunos anda y con otros no llega a encaminarse el análisis tras una serie de entrevistas.

 

Entre las cinco acepciones que la RAE nos da para la palabra encuadre, encaro primero la que dice que encuadrar es: determinar los límites de algo, incluyéndolo en un esquema u organización.

 

Siendo sincera, hace tiempo que en un inicio de entrevistas no digo de antemano cuáles son las reglas mediante las cuales ha de practicarse el encuentro, lo cierto es que muchos ya vienen sabiendo y otros no tienen ni idea, sin embargo invitando al que consulta a hablar, ya hemos abierto las vías de la palabra y ya nuestro acto empieza a poderse configurar para cuando toque, poder intervenir y situar lo que se habla dentro de lo que el análisis postula para dicha cuestión.

 

Hacerlo con el futuro analizante en la silla enfrente a la mía o a cuarenta centímetros en una pantalla, me indica que es absolutamente posible determinar los límites de ese algo en cuestión, del inicio de un tratamiento psicoanalítico que tendrá su esquema y su organización vía secuencia de sesiones que se estipulen en cada caso.

 

Primera acepción, pasa con notable puesto que se pone en marcha y anda. Para los analistas queda la pregunta de si podemos, cada uno y cada una funcionar en dicho encuadre, si podemos nosotres encuadrarnos, valiéndonos de lo que la técnica nos permite acercar. Eso toca de nuestro lado mayormente y también, algunas veces del lado del que llama.

 

Este planteo de los cuarenta centímetros puede ser controvertido ya que una de las cuestiones que se suelen hacer a estas maneras del hacer, es que es muy frío, muy distante, que nada puede ser igual o sustituir al método tradicional. Yo diría que igual no es, a veces es incluso mejor y en otros, no anda y no anda. Pero a que no puede sustituir le doy un no rotundo. Cuando no se puede sustituir, algo melancólico nos está visitando y probablemente esa negrura del alma no la aporte el analizante virtual, quien no por eso no nos viene como real al dedo del propio malestar.

 

Nada es igual y ahí estaría la gracia. Puede que no todo analista pueda o incluso quiera cambiar sus modos de recibir. Más ese no es un punto desde el que se pueda pensar el encuadre analítico al día de hoy. Justamente otra acepción de encuadrar dice: encajar, ajustar algo dentro de otra cosa. Creo que no puedo encuadrar mi propio impedimento dentro de la generalidad del encuadre. En todo caso y ya en otra acepción y para dejar ya a la Rae tranquila, la pantalla parece el marco de ese cuadro que está en medio de la palabra encuadre, ahí está cerquita, bien cerquita.

 

Atendí un caso de un hombre cuyo tratamiento de un año transcurrió todo a través de la pantalla y con miles de kilómetros geográficos entre nosotros. Nos unía la lengua y nos unía que él buscaba analista y lo encaminaron conmigo y yo decidí aceptar esas condiciones. Estaba a punto de encallar, preso de varias malas relaciones de esas que matan sin parar. Lloraba mucho. Yo tenía un paciente a cuarenta centímetros llorando sin parar y yo no podía recurrir a moverme, a inquietarme, a pedirle que me mire o lo que sea; él de antemano no podía pedir un pañuelo ni un vaso de agua ni lo que sea. Nada. Lloraba, y yo pensé es un llanto sin hueco. No podía entrar. Opté por respirar hondo y esperar. Respiré con él recordando que si yo me angustiaba tenía que poder esperar a que él tomase esa angustia como suya. Su llanto pudo ser; tal vez la pantalla le permitió no tener vergüenza, no pedir perdón y poco a poco su negrura, sesión a sesión permitió que en ese llanto tupido entrase hasta el humor y no hubo distancia que empañase la aparición de su risa franca y poco a poco lo que lo mataba lo fue dejando hablar hasta que decidió su camino, cómo quería seguir y nos despedimos porque era la hora de terminar los encuentros.

 

Elegí este caso para la viñeta clínica porque desde la primera hasta la última entrevista fueron vía el mismo soporte. Otras veces atiendo pacientes que empecé a atender en un país y luego nos mudamos y la cosa siguió. O viviendo en la misma ciudad, se opta por la vía mixta para que los obstáculos de la cotideaneidad no fueran obstáculo al encuentro. Las resistencias existen. De pronto alguien que usaba esta vía mixta, ahora en cuarentena decidió esperar a que amaine para volver. Suspende y deja en suspenso si vuelve o si aprovecha para rajarse. Y otras que fueron distantes a la idea en otros momentos, ahora optaron por llamar, porque la cuarentena les dio la coartada para ese sí que no se quería dar. La transferencia se instala entonces de otra manera, la transferencia bancaria forzosa para abonar y cobrar, en fin, si estamos en el marco que corresponde, todas son palabras, todos los géneros de la ficción pueden valer en ese cuadro que pintamos a pachas y en asimetría funcional.

 

Lacan nos dijo que el acto analítico con el analizante es posible porque el acto del propio analista empezó en otro lado. Porque siendo así, la sesión que ofrecemos con el soporte elegido o el posible, nunca será nuestra sesión y si nos angustiamos o nos enojamos -por qué no-, podremos reencauzar eso a donde debe ir y usar esa angustia como guía que señala sin engaño la aparición de lo que se desencuadró del marco fantasmal dejando paso a un real que no por siniestro debe ser eludido.

 

Los límites son el encuadre y la teoría. Como siempre. Como cada vez.

 

(*) bdegliesposti@gmail.com / www.aprescoupsp.com.ar

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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