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Sábado 06.06.2020 - Última actualización - 18:48
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Crónica política

"Que allá en el horno nos vamos a encontrar"

El gobernador de provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof.  Crédito: Archivo El LitoralEl gobernador de provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof.
Crédito: Archivo El Litoral

El gobernador de provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Crédito: Archivo El Litoral



Crónica política "Que allá en el horno nos vamos a encontrar" Axel Kicillof realiza su aporte a la causa anticipando que nunca más se retornará a la normalidad. No reniega de la normalidad en abstracto, sino apuesta a otro tipo de “normalidad”, la “normalidad populista”, que los viejos peronistas denominan comunidad organizada y los nuevos peronistas, proyecto nacional y popular.  

I

Sospecho que el presidente de la nación y sus ministros no saben cómo salir de la cuarentena. Seguramente suponen que en algún momento deberán salir, pero sospecho que mientras las encuestas les digan que un sector mayoritario de la sociedad está de acuerdo, se mantendrán en sus trece estimulados por una suma algo perversa, algo fatal, de pulsiones contradictorias. Como bien sabemos, la cuarentena le ha dado al presidente Fernández una inesperada popularidad, y ya se sabe que para un peronista la mejor música para sus oídos es la música del pueblo. Pero al mismo tiempo, el presidente no puede dejar de advertir que por ese camino, el camino de la cuarentena permanente, el único destino posible para la nación es el precipicio. El problema de Fernández, es que la cuarentena le da seguridad hoy, pero le augura un final triste para mañana. Mientras tanto el país se empobrece cada día más y de la mano de la pobreza llegan y se multiplican muchos de los males que la cuarentena supuestamente pretendía evitar.

 

II

Mientras tanto, el recurso del miedo sigue siendo el preferido para un gobierno sin ideas, con el poder interno fracturado y una facción que aprovecha las actuales circunstancias para asaltar el poder. Daniel Gollán, ministro de Salud, profetizando montañas de cadáveres en la calle, no solo comete un exceso verbal reñido con la ética de todo funcionario y profesional de la salud que “ni ebrio ni dormido” debería decir semejante disparate, sino que, además, exagera y miente deliberadamente y que la exclusiva justificación de sus audacias obedece a la necesidad política de aterrorizar a la gente y chantajear emocionalmente a cualquier político que pretenda plantear algo diferente. Sergio Berni, por su parte, supone que comparando el coronavirus con la bomba atómica prepara las condiciones para su próxima candidatura a gobernador, a presidente o a lo que sea. Puede que el estilo autoritario que configura la personalidad de Berni, esté en sintonía con esta declaración, pero en todos los casos lo que este funcionario hace es sugestionar a la opinión pública con declaraciones que muy bien merecerían calificarse de terroristas para obtener dividendos políticos presentándose como piloto de tormenta o salvador de la patria.

 

III

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, realiza su aporte a la causa anticipando que nunca más se retornará a la normalidad. El gobernador de la provincia de Buenos Aires no reniega de la normalidad en abstracto, sino apuesta a otro tipo de “normalidad”, la “normalidad populista”, que los viejos peronistas denominan comunidad organizada y los nuevos peronistas, proyecto nacional y popular. En ese contexto, tengo derecho a sospechar que Kicillof está absolutamente convencido de que el coronavirus es un flagelo enviado por el neoliberalismo, lo que lo habilita a deducir que ahora sí se han creado las condiciones históricas para derrotar la “normalidad” neoliberal que viene conspirando contra el “ser nacional” desde los tiempos de Rivadavia o desde la batalla de Caseros.

 

IV

Lo cierto es que la cuarentena ya va en camino a convertirse en ochentena, por lo que no sería exagerado anticipar que del 28 de junio pasaremos al 9 de julio, luego al 17 de agosto, más adelante al 21 de septiembre, la siguiente estación muy bien podría ser el 17 de octubre y así hasta navidad y año nuevo, respetando escrupulosamente -eso sí- las fechas patrias y religiosas. Los argumentos que dan para continuar con la cuarentena permanente son tan desaforados y rubicundos como las furias y las maldiciones de los dioses. Ni los rayos y las centellas del Olimpo impedirán desconocer el hecho obvio de que el coronavirus ha venido para quedarse y nos guste o no vamos a convivir con él, como hemos convivido a lo largo de la historia con tantos virus, sin que por ello hallamos renunciado a vivir en el sentido pleno de la palabra, vida que esta cuarentena permanente pretende despojarnos. Está visto que liberado a su propia iniciativa, este gobierno no sabe, no quiere y no le conviene salir de esta situación. No sé si le resulta cómoda, pero sí le resulta funcional a sus objetivos, sobre todo cuando no se le cae otra idea que no sea mayor concentración de poder sin las molestias de los controles institucionales, las libertades civiles y “todas esas burdas y perversas engañifas liberales”.

 

V

A todo esto, el único poder que crece agazapado en algunos casos, visible en otros, pero en todas las circunstancias sistemático y perseverante como el mal aliento o la mala suerte, es el kirchnerismo. La cuarentena a la causa K le ha venido muy bien para retirar de la agenda pública las causas de corrupción perpetrada por la jefa, pero, en primer lugar, esta suerte de estado de parálisis y suspenso en el vacío le ha creado condiciones favorables para colonizar el estado, al punto que podría decirse que el coronavirus alguna vez se va a ir, pero no estoy del todo seguro que el kirchnerismo se vaya, sobre todo si logra controlar los principales centros nerviosos del poder. Yo no sé si el denominado albertismo existe o si alguna vez existió, lo que sí me parece cada vez más evidente es que el kirchnerismo no lo va a dejar constituirse como tal, porque obviamente un peronismo moderado no le conviene, pero sobre todo porque la voluntad política de poder del denominado albertismo es muy débil, está viciada y de alguna manera alienada al kircherismo. Lo que en su momento pareció obvio ahora parece confirmarse con la eficacia de la evidencia: Alberto está sometido a Cristina, no está del todo disconforme con ese rol, pero si por un motivo o por otro en algún momento se le ocurriera algo que se pareciera a un juego propio, Cristina se encargaría rápidamente de ponerlo en su lugar. Alberto Fernández y el albertismo no vinieron para quedarse, por el contrario, todo parece indicar que son apenas una transición, un momento gris de la travesía del populismo criollo cuya realización máxima será cuando Máximo (valga el juego de palabras) sea electo presidente en 2023.

 

VI

¿Será tan así? ¿Máximo presidente? Es una posibilidad real, que como toda posibilidad necesita de una suma de imponderables para realizarse. Máximo presidente y Cristina con el prontuario limpio, son los objetivos fundacionales e innegociables de esta aventura. Lo que de todos modos resulta evidente, es que el peronismo, para bien o para mal, se presenta como garante del orden social y la única fuerza política en condiciones de asegurar la gobernabilidad con o sin cuarentena. Como en la historia todo puede ser posible, no se debe descartar, en estas excepcionales y gravosas condiciones, que los proyectos de poder en juego del peronismo fracasen, la oposición por su parte sea incapaz de forjar una alternativa y nos precipitemos a una suerte de vacío de poder, posibilidad indeseable pero no imposible, más allá que todo vacío de poder para una nación es siempre una verdadera desgracia.

 

VII

Preguntas discretas como para ir ganando tiempo mientras continuamos con la cuarentena permanente: ¿Alguien me puede decir qué vamos a hacer en un país en el que el cincuenta por ciento de las pymes no pagarán aguinaldos; en un país cuyo consumo de nafta cayó en un ochenta por ciento y en donde uno de cada nueve comercios bajará las persianas a fin de mes si la cuarentena continúa? ¿Alguien tiene algo para decirle a esas dos millones de familias que viven del comercio y que han visto disminuir sus ventas en un cincuenta por ciento y que no están en condiciones de pagar servicios e impuestos? ¿Alguien puede explicar qué futuro nos aguarda en un país cuya recaudación cae a pasos acelerados, un país casi sin moneda, al borde del default, un país que no crece desde hace casi diez años y en donde la mitad de la población está sumergida en la pobreza? ¿Alguien cree en serio que emitiendo como timbero vicioso y subsidiando pobres, se puede forjar el destino de una nación? Y para concluir por ahora: ¿Alguien me puede explicar por qué en EE.UU. el asesinato de George Floyd por parte de la policía moviliza a todo el país, mientras que en la Argentina el crimen de un muchacho tucumano pareciera no sensibilizar a nadie, justamente en el país que casi se incendió por la ‘muerte’ de Maldonado?

 

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