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Sábado 20.06.2020 - Última actualización - 19:46
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Peisadillas

Belgrano enseña la patria

Granaderos izan la bandera en el Campo de la Gloria frente al Convento de San Lorenzo Crédito: Fernando NicolaGranaderos izan la bandera en el Campo de la Gloria frente al Convento de San Lorenzo
Crédito: Fernando Nicola

Granaderos izan la bandera en el Campo de la Gloria frente al Convento de San Lorenzo Crédito: Fernando Nicola



Peisadillas Belgrano enseña la patria La historia argentina premió a Manuel Belgrano como el creador de la bandera nacional, pero su aporte fue mucho más allá en su pensamiento de vanguardia con respecto a la soberanía, el comercio interno, la agricultura y la explotación de los recursos educativos.

“Nuestros patriotas están revestidos de pasiones, y en particular, la de la venganza; es preciso contenerla y pedir a Dios que la destierre, porque de no, esto es de nunca acabar y jamás veremos la tranquilidad”


Febo asoma y su luz resplandece en mi habitación, mis sueños risueños se ven encandilados por la luz de tan patriótico amanecer; el sol brilla, sin la sonrisa bonachona y de carnosos labios del sol de mayo de nuestra enseña patria; esta mañana me despierta un centelleante sol de junio, vísperas del día del paso a la inmortalidad del creador de nuestro pabellón, de uno de nuestros padres de la patria, Manuel Belgrano; también a las vísperas del día del padre que de tan honroso peregrinar, hace patria día a día...

 

Del sol nacido y por el sol despierto, dispuesto a dejar el confortante apapacho de las frazadas, henchido de orgullo patriótico y con ambas pantuflas enfundadas, desfilo hasta la cocina para poner la pava al fuego, preparar unos nacionales y tan tradicionales mates. Me encanta despertar en las fechas patrias, me remite a la más tierna edad, cuando los valores patrióticos y las enseñanzas de nuestros mayores y maestros estaban embebidas de orgullo y pasión, las marchas de esos días, los desfiles populares, la sensación de pertenecer a una tierra invencible, que con altivez y altanería mostrábamos a nuestros padres, el sentido de pertenencia y sacrificio por nuestra patria y por los valores que abrigaba tal deber y la obligación explícita de dar nuestras vidas por ella, como en su momento lo hicieron aquellos patriotas tan lejanos en el tiempo, en los albores de lo que sería nuestra naciente nación.

 

Aprendimos -nos enseñaron- el amor a la bandera y a sus símbolos patrios allá en nuestra primera edad, las encargadas de tal tarea eran nuestras maestras de educación inicial, entre pegamento, goma de borrar, punzones y lápices de colores, dábamos vida a nuestra bandera; aquellos que sabían dibujar se animaban a plasmar a un solemne Belgrano, sable en alto, erguido mástil elevado en las barrancas del Paraná, cielo color bandera y un ejército de soldados que escoltaba aquel pabellón celeste y blanco que flameaba, simbólicamente, pues rígida e inmóvil se presentaba en gruesos e intensos trazos, y con un brillante sol en la franja blanca, hermoso detalle de incorrección histórica.

 

El año pasado un puñado de científicos del CONICET dieron a conocer el verdadero color que Belgrano desplegó en las costas del Paraná, cerca de la actual ciudad de Rosario, después de hacer unas investigaciones de un pedacito de tela de una de las banderas de la época, contaron los estudiosos de la nueva rama de la historia denominada “Espectrohistoria”, que después de las derrotas de Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma, le ordenó a uno de sus coroneles ocultar dos banderas para que no fueran tomadas por los enemigos, estas banderas fueron escondidas en una capilla cerca de Macha. La cuestión es que gracias a la concienzuda labor de estos investigadores, se supo que nuestra bandera celeste y blanca, fue confeccionada con el color “azul índigo” en su génesis, algo así como un azul profundo, y que eran en definitiva los colores de la escarapela que ya se utilizaba y que correspondía a los colores de las Provincias Unidas el Río de la Plata.

 

La historia, revisionada o versionada, detalla que Don Manuel crea la bandera en 1812, el 27 de febrero, utilizando efectivamente los colores de la escarapela y que fue el pabellón que identificaba al Ejército del Norte que él comandaba. Bandera que por orden de los triunviros fue rechazada, pero como en aquella época las noticias llegaban tarde y nuestros ejércitos se movían rápido, la noticia de la orden de no exhibir la bandera jurada en Rosario junto a las baterías Libertad e Independencia, le llegó tarde al pobre Manuel, que entre una de las tantas abdicaciones y golpes que recibió en su corta vida (falleció con apenas 50 años recién cumplidos), escribió confundido, desmoralizado y contrariado: “La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni siquiera memoria de ella; y se harán las banderas del regimiento sin necesidad de que aquélla se note por persona alguna; pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército, y como ésta está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con la que les presente.”

 

La historia argentina premió a Manuel Belgrano como el creador de la bandera nacional, pero su aporte fue mucho más allá en su pensamiento de vanguardia con respecto a la soberanía, el comercio interno, la agricultura y la explotación de los recursos educativos. Amigo de San Martín, se guardan afectuosas y reveladoras cartas entre ellos. Consumados patriotas y amigos, cuando Belgrano falleció, San Martín dijo que era uno de los días más tristes de su vida. Figuras emblemáticas de la lucha por la independencia y del nacimiento de la Argentina, Belgrano siempre figuró como uno de mis próceres preferidos.

 

Falleció pobre y olvidado, endeudado y sin más riqueza que un reloj de oro que entregó a modo de pago a su médico de cabecera y amigo, Joseph Thomas Redhead. Pasó mucha agua bajo el puente y mucha sangre derramada para que las cosas se pusieran en su lugar en la historia argentina. Un gigante de voz aflautada, que nos dejó la más hermosas de las banderas del mundo.

 

Y ahí la veo rebelada al viento que la acaricia como hija legítima parida del cielo y de sus nubes, y se perfila en el firmamento con su sol afable de hilos de seda dorada y me llega el murmullo de cientos de miles de voces de color sepia que emocionados y de ojos de vidrio líquido gritan al unísono “¡sí, juro!”.

 

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