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Martes 23.06.2020 - Última actualización - 21:22
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Junio: mes del libro y del escritor

El lector y el cajón de verdura

Ciertos libros son una epifanía, un asomarse a lo que está por venir, que nos ayuda a saber quiénes somos, qué somos y qué podemos ser. Crédito: Archivo El LitoralCiertos libros son una epifanía, un asomarse a lo que está por venir, que nos ayuda a saber quiénes somos, qué somos y qué podemos ser.
Crédito: Archivo El Litoral

Ciertos libros son una epifanía, un asomarse a lo que está por venir, que nos ayuda a saber quiénes somos, qué somos y qué podemos ser. Crédito: Archivo El Litoral



Junio: mes del libro y del escritor El lector y el cajón de verdura ¿Qué libros reveladores han caído en nuestras manos y -a través nuestros ojos y oídos- nos han penetrado para modificarnos de manera irreversible?

En “Lecturas” (2006), Aidan Chambers, ganador -entre otros méritos- del Premio Hans Christian Andersen 2002 por su obra, señala que todas las culturas, letradas y no letradas, tienen un gran repertorio de relatos, así como cada individuo, letrado o no, tiene la memoria llena de ellos. Según él, los relatos nos persiguen, nos juegan, nos leen, nos cuentan, nos hacen; somos los relatos que contamos y en nuestra cultura actual existimos individualmente y como especie sólo a través de los relatos que escribimos. Tajantemente afirma: “Hoy estamos definidos y legitimados por la letra impresa, no por la palabra oral.”

 

Además de esto, Chambers hace referencia al encuentro crucial entre un lector y un texto que lo transforma de manera vital: “Por ello tan a menudo sentimos -cuando hemos leído un gran libro, un libro que nos importa- que hemos crecido, que somos más conscientes de algunos aspectos de nuestro yo, de otras personas, de la vida misma, de lo que éramos antes. Por ello (...) ciertos libros son una epifanía, un asomarse a lo que está por venir, que nos ayuda a saber quiénes somos, qué somos y qué podemos ser.”

 

Me pregunto y te pregunto: ¿qué libros reveladores han caído en nuestras manos y -a través nuestros ojos y oídos- nos han penetrado para modificarnos de manera irreversible? Y aquí no hago mención solamente a los consagrados por las instituciones educativas, las editoriales, los críticos literarios o el cine que los recrea. Me refiero a esos libros -a esas lecturas- que: te quemaron el pecho; te reconfiguraron la cabeza; te robaron mil sonrisas; te abdujeron de tu entorno y la tiranía del paso del tiempo; o te ayudaron a sobrellevar un dolor, un fracaso o una frustración y sembraron aires nuevos en un espacio que necesitaba oxigenarse. Esos que sentiste la necesidad imperiosa de compartirlos o de guardarlos celosamente casi como el anillo del Gollum.

 

La antropóloga de la lectura Michèle Petit invita a responder estos interrogantes en sus investigaciones. Ella analiza las biografías lectoras -especialmente- de personas que han atravesado alguna crisis -de diverso calibre- donde los textos se han comportado como un salvoconducto para reinventar la existencia personal y comunitaria. Sugiere -especialmente a los agentes culturales- recrear esa biografía de lecturas a través de la escritura: “Así como un psicoanalista debe psicoanalizarse, un facilitador de libros, sea padre de familia, maestro, bibliotecario, trabajador social, librero o crítico, podría meditar en su propia trayectoria. Pero no hagamos de este ejercicio una imposición: que cada quien, si así le viene en gana, recupere para sí mismo o para el destinatario que elija, algunos de los cuentos, de las rimas o las ilustraciones que hicieron del mundo un lugar más habitable.” La cita corresponde al libro “Una infancia en el país de los libros” (2008) donde la propia Petit toma la posta y escribe su trayectoria lectora: ¡la investigadora que husmea las bibliotecas interiores de los otros, hace pública la suya! Pero no es la única vez que explicita su itinerario de libros; también lo hace al final de su obra “Lecturas: del espacio íntimo al espacio público” (2001), en un capítulo que lleva por título: “Del Pato Donald a Thomas Bernhard”: autobiografía de una lectora nacida en París en los años de posguerra”. Invito -a los curiosos- a buscar y visitar estas narraciones de donde destaco la insistencia en una idea central: “Toda mi vida leí por curiosidad insaciable, para leerme a mí misma, para poner palabras sobre mis deseos, heridas o miedos; para trasnfigurar mis penas, construir un poco de sentido, salvar el pellejo. Para tomar noticias del mundo. Como cualquier historia de lector, la mía está dibujada con líneas punteadas; se reduce a algunos fragmentos, algunas escenas primarias en cuyas huellas se inscribieron muchas de mis lecturas posteriores.”

 

Sostiene Pennac en “Como una novela”: “El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal”. Cada lector -señala Yolanda Reyes (2007) parafraseando a Antonio Machado- “hace camino al andar” y la sugerencia es poner especial atención para descubrir los libros que resultan esenciales para cada uno de nosotros. Por eso, vuelvo al planteo del tercer párrafo: me gustaría proponerte -con el fin de redescrubrirte- que escribas tu biografía lectora; mínimamente, que pienses en algún libro puntual que leíste o te leyeron y que se grabó en tu memoria; en un momento donde tuviste que releer un fragmento porque te estremeció sin retorno; en una cita o ilustración que te obligó a levantar la vista de la página para reordenar tu entorno.

 

Por mi parte, sólo diré que mi biografía lectora podría comenzar en los ochenta con un cajón de verduras lleno de historietas: El Tony, D’artagnan, Intervalo, Nippur, Fantasía y Skorpio. Por aquel tiempo la Editorial Columba republicaba algunos títulos de Marvel como “El Hombre Araña” o “Los 4 Fantásticos”. Me devoré todas estas viñetas en tres tardes con una sed insaciable de más y más aventuras: experimenté el amargo sabor de la inmortalidad en la piel de Gilgamesh de Lucho Olivera (¿Quién quiere vivir para siempre si lo que ama se evapora?); a través de Mark -creado por Villagrán y Wood-, me estremecí al sentirme uno de los últimos seres humanos en pie en un futuro distópico originado por una hipotética Tercera Guerra Mundial Nuclear (¿Nene, qué vas a hacer cuando alguien apriete el botón?); me reí con Pepe Sánchez: el James Bond argentino hincha de Chacarita, el Maxwell Smart dibujado por Vogt, el amante del tango miembro de una desorganizada organización de espías; y me quedé tieso con las tapas de Editorial Récord de mujeres voluptuosas ensambladas en máquinas de guerra insaciables... Con el fin de hacer crecer este intenso placer lector, les propuse a mis viejos sumar un canje de revistas a los múltiples servicios que ofrecía el kiosco familiar: aceptaron y allí empecé -azarosamente- a nutrirme de un variado abanico de lecturas que fueron mutando y enriqueciéndose hasta la fecha.

 

¿Qué libros reveladores han caído en nuestras manos y -a través nuestros ojos y oídos- nos han penetrado para modificarnos de manera irreversible? Me refiero a esos libros que: te quemaron el pecho; te reconfiguraron la cabeza; te robaron mil sonrisas; te abdujeron de tu entorno y la tiranía del paso del tiempo.

Me gustaría proponerte que escribas tu biografía lectora; que pienses en algún libro puntual que leíste o te leyeron y que se grabó en tu memoria; en un momento donde tuviste que releer un fragmento porque te estremeció sin retorno; en una cita que te obligó a levantar la vista de la página para reordenar tu entorno.

 

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