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Lunes 29.06.2020 - Última actualización - 21:33
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Ficciones aisladas preventivamente

"¡Aniquilen al pelilargo!"

Jon Bon Jovi en un recital en el estadio de River Plate en 1995.  Crédito: Archivo El LitoralJon Bon Jovi en un recital en el estadio de River Plate en 1995.
Crédito: Archivo El Litoral

Jon Bon Jovi en un recital en el estadio de River Plate en 1995. Crédito: Archivo El Litoral



Ficciones aisladas preventivamente "¡Aniquilen al pelilargo!" Ahí está Claudia con la mirada adherida a la pantalla; sobresale del bullicio como si un reflector la enfocara y la presentara como la figura central de este duelo amoroso entre David y Goliat.

Facundo y Castelli. De mala gana, el tipo de gorra me dice que son cinco y pico. “Y pico...”: ¿es un ratito o una eternidad? El colectivo viene a velocidad gusano. Si me hubiera ido a pata o en bicicleta ya hubiera llegado a lo de Mónica... Para disimular, podría haberla dejado atada a un palo de luz una o dos cuadras antes... ¡No! ¡No puedo arriesgarme! ¡En bici no puedo ir: si me enganchan pedaleando daría lástima con su aspecto oxidado! ¡Además, llegaría despeinado y transpirado! ¡Me restaría puntos! ¿Y cómo haría para maniobrar con este paquete de medialunas? Me encanta la música pero la televisación de este recital es una excusa perfecta para estar cerquita de Claudia; y una oportunidad de verme cara a cara con mi rival.

 

Me entretengo relojeando revistas y diarios: ¿Esa es Camila Perissé o Pata Villanueva? ¡Tapa doble de “Humor” hecha por Nine! “Billiken” incluye careta de carnaval fácil de armar. Ensalada de periódicos locales y nacionales: “Continúa el escándalo de los bonos solidarios”; “Cae en Miramar un jefe de la mafia napolitana”; “Aumentos en combustibles, ferrocarriles y gas”; “Berlín propone reunificar Alemania”; “Sortearán autos y electrodomésticos con la boletas de IVA”; “Erman González no hace pie en su gestión”.

 

Mi papá tiene muy presentes a Erman y al Turco: les reza un rosario de maldiciones de todos los colores. Cuenta moneda por moneda para llegar a fin de mes mientras remarca etiquetas porque llegan nuevas listas de precios cada semana: “¡Si no hay guita para poner teléfono menos para el cable-video, Martín! ¡Arreglate con canal 7 y el 13! ¡Además, si ponemos cable, vos te vas a embobar y tu obligación fundamental es estudiar! ¡Estudiar y colaborar en casa!”¡Vivo colaborando en casa! ¡Cuido a mi hermano, lavo los platos, junto la mesa, atiendo el negocio familiar, hago las compras! ¿Estudiar? Miro hacia el Colegio Don Bosco: ¡Cuarto año no parece tan complicado! ¡Todavía no terminé la tarea de matemática de La Chiche! ¡Tengo que ejercitarme para la prueba de sintaxis que toma EL Lulo! ¡El Rata me pidió que le explique inglés pero le metí la excusa de que tengo que dar una mano en el kiosco de mis viejos! El Rata es un amigo pero hoy no puedo faltar a la reunión en casa de Mónica: ¡tortas deliciosas, TV por cable, evento internacional, mate o jugo! ¡Y también Claudia: la piba que desde mis 12 años conquistó y colonizó mis pensamientos! ¡Claudia: largo pelo lacio, sonrisa pícara, cachetes acolchados, silueta que me hipotecó los pensamientos! Y él, mi contrincante, que tengo unas ganas locas de...

 

¡Ahí viene el Uno! Estiro el brazo como barrera de ferrocarril. Tanteo el manojo de Australes del bolsillo izquierdo. El chofer extiende el boleto que se me vuela de las manos como una mariposa burlona. ¡Si atajo ese minúsculo pedazo de papel se me caen las medialunas o me desnuco porque esto vibra y se destartala al ritmo de una cumbia gasolera! ¡Los boletos no se mastican! ¡No puedo caer con las manos vacías! ¡Chau, boleto! “¡Agarrá, nene, o tenés los dedos de manteca!”. Más rojo que Elmo de Plaza Sésamo encaro para el fondo: esquivo carteras, caderas, codazos y axilas insecticidas con la gracia de El Potro Echaniz. Hago equilibrio enroscado al pasa-manos. ¡Espero llegar unos minutos antes de que comience el recital! Cierro los ojos, contengo el aire y hago fuerzas para que nadie más pare -¡Por lo menos! ¡Por Dios!- el colectivo desde Castelli hasta Boulevard. ¡Qué iluso! ¡Son casi cuatro kilómetros! ¡Mis plegarias son desoídas sin misericordia! El colectivo para en J. P. López y Zuviría: trepa las cumbres borrascosas de las escaleras una anciana gorda que negocia con sus piernas empacadas movimientos lerdos de perezoso. El chofer vocifera sin atenuantes: “¡A ver si alguien se levanta y le da el asiento a la señora!” Como en una partida de truco, todos cruzan miradas, se estudian, especulan antes de hacer juego. Una embarazada con panza de piñata se pone de pie. Debajo del maquillaje, dos mujeres cotorrean con el fin de incomodar a los que se hacen los desentendidos. Un flaco bigotudo que está sentado en el sector izquierdo del pasillo -con la elasticidad de Julio Boca y la maestría actoral de Federico Luppi- se hace el que estaba desatento mirando por la ventanilla, se yergue y cede el lugar a la septuagenaria mientras espera que lo aplaudan o le vengan a sacar la foto por su hazaña solidaria del día. La embarazada lo ausculta mientras resopla y se acomoda el globo terráqueo. Reanuda su marcha el 1114. ¡Si en cada garita nos vamos a demorar esto, voy a llegar para los aplausos!

 

El colectivo me despide en Obispo y Primero de Mayo. Son tres cuadras y media para el lado del Iturraspe. Mónica invitó a algunos de sus amigos de los grupos juveniles de la parroquia: ¡voy a estar a tiro de Claudia! Es hija única, su madre no le pierde pisada, no la dejan salir mucho de su casa, me parece que le controlan hasta el largo de la pollera. Ella me cuenta que a veces, como forma de agrietar tanto cerco que le han instalado a su alrededor, escucha a todo volumen: “Living in sin”. Su mamá no sabe inglés, no sabe el significado de esos versos que ella canta a todo volumen: “So baby, can you tell me just where we fit in/ I call it love they call it living in sin.” Cuando me confiesa eso, irradia desafío, mucha osadía y me traspasa de lado a lado como con una espada: “¿Te das cuenta? ¡La nena que se educa en colegio de monjas y va religiosamente a misa escoltada por los padres escucha: ‘Viviendo en pecado’!” No sé si habrá otra chance dorada como ésta. Pero... ahora que me doy cuenta: ¡Yo me embalé y di por sentado que ella ya está de Mónica! ¿La habrán dejado ir? ¡Sí, tiene que estar: es el concierto de su grupo favorito!
 

Me abre la puerta la dueña de casa con una sonrisa que ignora que vengo decidido a -por lo menos- dar digna batalla en una pulseada despareja. El show está por comenzar. Un parloteo de chicos y chicas rodea el televisor. Ahí está Claudia con la mirada adherida a la pantalla; sobresale del bullicio como si un reflector la enfocara y la presentara como la figura central de este duelo amoroso entre David y Goliat. ¡Estoy listo: que venga lo que venga! ¿Y él? ¿Arrugó? Todavía no hizo su aparición en escena.
 

“¡Ahí está!” dice Claudia con palabras emocionadas que me dan la primera estocada mortal porque a mí no me recibió con esa efusión. Trato de disimular la piña mientras veo a mi contrincante asomarse con actitud confiada. Saluda con sonrisa triunfante. Todos se alegran de verlo. Usa un chaleco sin remera ni camisa: ¿qué moda es esa? ¡Tiene más aros y anillos que mi abuela Titina! ¡Lleva pantalón al cuerpo!: si me pusiera algo por el estilo, sería el hazmerreír de todo barrio Belgrano por más que explicara una y mil veces que lo hago para conquistar un corazón femenino. ¿Tiene un escudo de Súperman en el hombro? Ese tatuaje es un anticipo de mi suerte final: no soy Lex Luthor ni tengo un trozo de criptonita para contrarrestar sus poderes que magnetizan a la chica que me gusta. “¡Mirá ese pelo largo! ¡Mi Dios! ¡Me muero!” dice Claudia y, en realidad, el que se está muriendo soy yo: a mí jamás me quedará el cabello de esa forma; las dos veces que intenté dejármelo crecer así parecía que tenía un nido de teros. Abatido, pienso en voz alta y firmo mi certificado de defunción: “¡Pero si es un payaso con esa bincha y esa chalina animal print!” Claudia me clava una mirada de Medusa: ¡Me acaba de convertir en el monumento al zopenco! ¡Soy la figura petrificada y sentada sobre una docena de medialunas de dulce de leche en el living de Mónica! ¡Soy la estatua cagada por las palomas de la indiferencia que escucha decir a la piba que adora que esta noche dormirá abrazada al poster de su ídolo que tiene pegado en su ropero! Mientras tanto, él, Jon Bon Jovi, se me ríe desde el Estadio Nacional de Santiago de Chile, desde la caja-boba, mientras entona en mi honor: “You give love a bad name”.

 

Me abre la puerta la dueña de casa con una sonrisa que ignora que vengo decidido a -por lo menos- dar digna batalla en una pulseada despareja. El show está por comenzar. Un parloteo de chicos y chicas rodea el televisor.

Ahí está Claudia con la mirada adherida a la pantalla; sobresale del bullicio como si un reflector la enfocara y la presentara como la figura central de este duelo amoroso entre David y Goliat. ¡Estoy listo: que venga lo que venga! ¿Y él? ¿Arrugó? Todavía no hizo su aparición en escena.

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