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Jueves 30.07.2020 - Última actualización - 21:02
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Crónicas santafesinas

El 9 de enero una multitud de santafesinos se convocó para despedir a Carlos Monzón.  Crédito: Archivo El LitoralEl 9 de enero una multitud de santafesinos se convocó para despedir a Carlos Monzón.
Crédito: Archivo El Litoral

El 9 de enero una multitud de santafesinos se convocó para despedir a Carlos Monzón. Crédito: Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas Los restos del Negro se trasladaron al cementerio. Nunca vi tanta gente reunida en la ciudad, pero sobre todo nunca vi tanta gente que no conocía. La Santa Fe profunda, la Santa Fe de los barrios populares, la Santa Fe que no suele pasear por la peatonal se dio la cita para despedir al hombre que les había brindado momentos de felicidad.

I

Mi hija -que entonces tenía once años- me llamó por teléfono para decirme que Carlos Monzón se había matado en un accidente en la ruta uno. Deben de haber sido las cuatro o cinco de la tarde. Era domingo y como corresponde en Santa Fe hacía calor. Yo ya me preparaba para soportar las clásicas mufas de los atardeceres domingueros, por lo que la noticia introdujo una novedad en mi rutina. Estaba de licencia y recuerdo que para el viernes 13 viajaba a Madrid. Creo ser de esos periodistas de raza que nunca toman vacaciones, un hábito que, según me dicen, practican también los policías. Laboralmente no tenía ninguna necesidad de ocuparme de la noticia, pero saqué el auto de la cochera y una hora después estaba en el Paraje de los Cerrillos presenciando las actividades de ambulancias, patrulleros policiales y autos de remolques dedicados a trasladar las ruinas del Renault 19 y los restos de Carlos Monzón y su amigo Jerónimo Mottura. Conversando con algunos curiosos me dijeron que la tercer acompañante era la señora Alicia Fessia, cuñada de Monzón, quien había sobrevivido a la tragedia. Apenas empezaba a declinar el sol cuando la caravana fúnebre marchó en dirección a Santa Rosa. Los curiosos también me informaron que Monzón había estado compartiendo un asado con amigos de Helvecia, que había cargado nafta en la estación de servicios de la ruta y que regresaba a Santa Fe, o a la cárcel de Las Flores para ser más preciso, porque, innecesario recordarlo, disponía de libertad condicional pues aún estaba cumpliendo la condena por la muerte de su esposa Alicia Muñiz. Según se rumoreaba venía a más o menos 160 kilómetros por hora. Un automovilista que presenció el accidente asegura que el Renault 19 de Monzón mordió la banquina y pasó lo que pasó. ¿Qué les pasó? No se sabe. Se habló del alcohol, de alguna sustancia o de una distracción, algo así como querer sintonizar en la radio la transmisión de un partido de fútbol, partido que, como después se supo, no se jugaba, con lo cual una vez más el destino o la cola del diablo tejieron su propia trama. 

 

II

Los restos de Monzón descansaron unas horas en el hospital de Santa Rosa. Recuerdo esas calles de arena, las casas modestas de las orillas y ese tono ceniza y melancólico de la caída de la tarde. La noticia se había propagado en Santa Fe y en todo el país. Empezaban a llegar móviles de diarios, radios y canales. También los amigos y los familiares de Carlos. Autos nuevos, de colores vistosos, estacionaban en la puerta del hospital y de allí descendían presurosos y en silencio hombres muy parecidos a Monzón en la manera de caminar, de mirar, de lucir las ropas. Yo estaba a un costado de la puerta del hospital con una amiga periodista de LT10, muy fastidiada por dejar el turno de la radio, viajar hasta Santa Rosa para atender la noticia de la muerte de quien no vaciló en calificar como “un negro fascista, machista y criminal”. Y lo decía sin bajar la voz mientras los amigos de Monzón pasaban a mi lado. No soy cobarde pero tampoco soy el más valiente del barrio, motivo por el cual le dije a mi amiga: “Por favor, bajá la voz, porque todos estos tipos que están a nuestro alrededor son amigos de Monzón, son machistas en serio y por lo tanto a vos no te van a tocar ni un pelo porque ellos con las mujeres no se meten, pero a mí, que soy el que está a tu lado, me van a cagar a puñetes y no me van a preguntar ni cómo me llamo ni a qué me dedico”. Bajó el tono de la voz, pero solo pare decirme que no se retractaba ni en una coma en lo que terminaba de decir, y agregar luego que no me hiciera el distraído que yo también era un machista convicto y confeso, como muy bien lo probaba mi afición al tango.

 

III

Dos o tres meses antes de su muerte estuve conversando con Monzón en un departamento interno de calle 9 de Julio. El que me llevó hasta su casa fue Alberto Maguid. Monzón se terminaba de levantar. Estaba con pantalones, pero el torso desnudo y mientras hablamos se puso una camisa manga larga a cuadros. Maguid me presentó como periodista y después agregó: “Hablá tranquilo que el hombre tiene códigos”. No era momento para preguntarle a Maguid qué quería decir con eso de “códigos”, pero está claro que la presentación me favorecía a los ojos de Monzón, quien se acordó en el acto que veinte años antes, cuando aún era campeón del mundo, en el Torino, el bar de bulevar y San Lorenzo, una madrugada discutimos acerca de las virtudes de una guitarra, y me recordó que no me durmió de un cazote porque le caí simpático y seguramente porque consideró que no valía la pena gastar pólvora en chimangos, o porque, además, no tenía ganas de ir otra vez más en cana por pelear en la calle. “Ya para esa época, agregó, antes de ponerme a pelear, contaba hasta diez, ahora cuento hasta cien”. Le agredecí la atención y sobre todo agradecí esos diez segundos. Cosas de la vida. Hay que tener veinte y pico de años, andar de madrugada a la bartola creyéndose el dueño de la noche, para ponerse a discutir con Monzón a lo guapo sin serlo y sin tener no solo ninguna chance, sino tampoco sin tener muchas razones para defender la causa que creía defender. Esa mañana de llovizna y humedad desayunamos en el departamento de Monzón café con leche y tostadas que preparó él mismo. El Negro estaba de buen humor. Nos despedimos con un abrazo y quedamos en compartir alguna vez unos pescados en el quincho de Chiquito. No pudo ser.

 

IV 

Los restos de Monzón fueron trasladados a una funeraria de calle Suipacha y 25 de Mayo. A esa altura de la noche todos los medios nacionales estaban en Santa Fe. En la puerta y en la esquina de la funeraria se había instalado una pequeña y silenciosa multitud, con ese silencio apenas alterado por apagados murmullos que suelen distinguir las ceremonias fúnebres. Un par de periodistas porteños, con los que me conocía por haber compartido noticias en otros puntos del país, transmitían en directo. En voz baja les advertí que un grupo de deudos querían ajustar cuentas con los ellos por el maltrato que le habían infligido a Carlos en el juicio por la muerte de Alicia Muñiz. Mi colega entonces me dio una lección de sociología popular. Cuando supo quiénes eran los vengadores se acercó a ellos con el camarógrafo, los iluminó y al presunto jefe de la barra le hizo una pregunta y le puso el micrófono casi en la boca. Santo remedio. Los malos se transformaron en tiernas ovejitas. Empezaron a hablar y a acomodarse para salir en las cámaras. Minutos después mi amigo se acercó a mí y me dijo: “Aprendé a conocer el alma popular, santafesino... nunca falla... a la cámara la respetan y le tienen miedo y la adoran... de hecho la respetan más que al Papa”.

 

V

Para 1995 el gobernador de la provincia era Carlos Reutemann y el intendente, Jorge Obeid. Todos se pusieron de acuerdo para que Monzón fuera velado en el hall de la municipalidad. El 9 de enero una multitud de santafesinos se convocó para despedir a su ídolo. Ese lunes, Monzón fue tapa exclusiva de todos los diarios nacionales. Como dijera un colega porteño: “Carlos tenía vocación para ganar la tapa de los diarios, incluyendo su último acto”. Santa Fe, fue el centro del país por unas horas. Como para que nada falte a la puesta en escena y como para probar que cuando nos lo proponemos los santafesinos nos damos todos los gustos, ese mismo día se presentó voluntariamente a la justicia Mario Fendrich, después de más de cien días de sugestiva ausencia. A la tarde, los restos del Negro se trasladaron al cementerio. Nunca vi tanta gente reunida en la ciudad, pero sobre todo nunca vi tanta gente que no conocía. La Santa Fe profunda, la Santa Fe de los barrios populares, la Santa Fe que no suele pasear por la peatonal se dio la cita para despedir al hombre que les había brindado momentos de felicidad. Yo caminaba entre la multitud con otros periodistas y comentaba que no conocía a nadie y nadie me conocía a mí, en un tiempo en el que como periodista disponía de una modesta fama ciudadana. Allí descubrí que hay una ciudad que no lee los diarios, no escucha la radio, ni ve los programas políticos de televisión (aunque sí suele ser devota de los noticieros de Canal 13). Un amigo que no suele votar al peronismo me dijo: “Acá están los votos con los que suelen ganar los peronistas”. No lo sé. Peronistas o no, una ciudad profunda y devota lo despidió a Monzón. Unos días después, Chiquito Uleriche me dijo con motivo de mi observación: “Queda el consuelo de saber que Carlos a estas manifestaciones las disfrutó en vida porque cada vez que ganó una pelea, la ciudad entera salió a la calle a recibirlo”. 
 

Esa mañana de llovizna y humedad desayunamos en el departamento de Monzón café con leche y tostadas que preparó él mismo. El Negro estaba de buen humor. Nos despedimos con un abrazo y quedamos en compartir alguna vez unos pescados en el quincho de Chiquito. No pudo ser.

Los restos del Negro se trasladaron al cementerio. Nunca vi tanta gente reunida en la ciudad, pero sobre todo nunca vi tanta gente que no conocía. La Santa Fe profunda, la Santa Fe de los barrios populares, la Santa Fe que no suele pasear por la peatonal se dio la cita para despedir al hombre que les había brindado momentos de felicidad.

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