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Jueves 17.09.2020 - Última actualización - 17:53
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Opinión

Crónicas Santafesinas

 Crédito: Archivo El Litoral
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Opinión Crónicas Santafesinas

I

 

Jorge Riestra es escritor. Y lo digo en tiempo presente, porque si bien falleció hace unos años sus libros se siguen leyendo. Yo por lo menos los leo con frecuencia, disfruto de su lectura. Recomiendo sus relatos, publicados por la editorial Constancio Vigil. O sus novelas, con esos personajes míticos que frecuentan los salones de billares, los bares y cafetines de la ciudad, de su ciudad, Rosario. "Taco de ébano" y "Salón de billares", por ejemplo. O ese relato impecable que se llama "El profesional". A Jorge ciertos diccionarios de literatura lo presentan como un escritor de bares. Puede ser verdad, pero literariamente es una verdad incompleta, para no decir, equivocada. Jorge (¿importa recordarlo?) es un escritor. Y su logro principal es el lenguaje, el trabajo con las palabras. Su novela "El Opus", así lo certifica. Pero incluso, admitiendo la localización geográfica -los bares de billares- admitamos que sus novelas no son una guía turística o un folleto que explica cómo se juega al billar o al casín o a la villa. Su literatura no es "pintoresca". Mucho menos costumbrista. El "pinta tu aldea y serás universal", de Tolstoi podría aplicarse muy bien a Jorge diciendo: "Pinta tu bar de billares y serás universal". Porque para la verdadera literatura lo que importa es la percepción, la profundidad de la percepción de un paisaje que puede ser un pueblo, una ciudad, un barco, un castillo. O un bar. Un paisaje en todos los casos donde se compromete la condición humana.

 

II

 

Mis exigentes lectores se preguntarán por qué en una nota titula "Crónicas santafesinas", hablo de un escritor de Rosario. Podría responderle de varios modos. Decirles, por ejemplo, que Jorge Riestra es de Rosario y hasta tanto alguien me demuestre lo contrario, Rosario integra la provincia de Santa Fe. También podría decirles que a Jorge lo conocí personalmente en Santa Fe. Finalmente podría poner a consideración el dilema de si es posible ser rosarino ignorando a Santa Fe. O, a la inversa, si es posible ser santafesino ignorando a Rosario. En lo personal yo agradezco al destino que me permitió relacionarme con Rosario. No conozco muchos rosarinos, pero los que he conocido han tenido la gentileza de permitirme conocer a esa ciudad, no como guías turísticos sino como amigos que se esfuerzan por transmitirme por qué quieren a su ciudad. Dos amigos tengo en Rosario de quienes me honra haberlos conocido. Uno es Luis Carello, abogado y buen tipo; el otro, es o fue, Jorge Riestra, también abogado si queremos ser formales, pero por sobre todas las cosas escritor. Innecesario agregar que fue un gran tipo.

 

III

 

Decía que a Jorge Riestra no lo conocí en Rosario, lo conocí en Santa Fe. Sabía de sus libros, pero lo conocí, le estreché la mano, en una reunión de escritores celebrada, creo que a principios de los noventa, en la sala de Extensión Universitaria d e calle San Jerónimo. Le hice una entrevista para el diario, pero después de los actos oficiales nos fuimos a tomar unas copas a un bar de bulevar. Conversamos largo y tendido. Una charla en voz baja, una charla de dos hombres que aprenden a conocerse y se interesan por temas parecidos: Faulkner, Chandler, Arlt. Lo acompañé hasta la puerta del hotel. Nos despedimos con un apretón de manos y la promesa de vernos alguna vez. Y claro que nos vimos. Cada vez que llegaba a Rosario lo hablaba por teléfono. Compartimos muchos cafés, algunos whisky y más de una cena. Conversamos mucho, pero a mí me gustaba escucharlo. Les decía que hablaba en voz baja. Me habló, no sé si de muchas cosas, pero seguro de las cosas que importan. Me habló de su relación con la ciudad, de su esposa, de una tragedia que lo marcó para toda la vida. Me habló de sus hijos a quienes no conozco pero como si los conociera. No era enfático, pero sostenía con entereza sus opiniones. Si las definiciones importan o son necesarias, puedo definirlo con tres palabras: sobrio y sabio.

 

IV

 

De aquellas reuniones tengo presente una noche de garúa en un bar de Rosario cuya exclusiva referencia es que era viejo y estaba levantado en una esquina. Como buen escritor, a Jorge le gustaba expresarse con imágenes. Cito de memoria: "Una vez vi parado en una barra a un señor de traje y corbata, funyi y bigote oscuro. Tenía una copa en la mano y al lado el paquete de cigarrillos…era…cómo decirlo…imponente…yo entonces era un pibe, un muchacho, pero en voz baja me propuse que yo trataría de ser como ese hombre, como la imagen que yo percibí de ese hombre". Así era Jorge. Formal, serio, pero no ceremonioso. Formal, con esa sugestiva formalidad de los hombres íntegros, de esos tipos que adquieren importancia en los momentos difíciles. No era un hombre de sonrisa fácil. Se reía poco. Se reía más con los ojos que con la boca. Tenía esa mirada a veces algo irónica, algo severa que yo conozco tanto, esa mirada que distingue a los tipos de la noche que valen. Le gustaba contar historias. Decía cosas importantes pero no enfatizaba. Le gustaba hablar de cosas, de hombres, de mujeres, de lugares que ya no están. Sabía muchos de Rosario. Sabía de bares y salones de billares. Sabía de esquinas, de bodegones y de cabaret. Sabía de la noche. Y sabía mucho de la vida.

 

V

 

Es raro. No recuerdo que alguna vez hayamos hablado de política. Nunca le pregunté sobre sus opiniones políticas. Y él nunca preguntó por las mías. A ojo de buen cubero diría que, por una palaba, una frase, o algunos de esos detalles que años de charlas de café enseñan, era de izquierda. Me consta que simpatizaba con la republica española y está demás agregar que condenaba la pasada dictadura militar. Pero hasta allí llegaban nuestras excursiones por la política. Lo demás, fue noche y literatura. Yo sabía por ejemplo las leyendas sobre la rosarina calle Pichincha. Pero el clima, los detalles, los conocí gracias a sus relatos. Aún tengo presente la garúa y el farol de la calle, el ventanal del bar, los hombres en algunas mesas y su voz hablando de un Rosario que ya no existe. Y de una zona de Rosario que ya es leyenda. Jorge hablaba, y por el ritmo, las pausas y el tono, parecía que estaba escribiendo. Hablaba de hombres solos, atildados, mayores, que tomaban el tren en Retiro y llegaban a Rosario el viernes a la noche. Ya en el tren había atenciones para los pasajeros que ya no existen en un tren porque entre otras cosas el tren tampoco existe. Esos hombres venían a Rosario a jugar al póker, a jugarse todo a las patas de un caballo o a compartir horas de placer y pecado con mujeres. Pondero el relato. Dejo para otro momento el juicio moral. A la literatura, los juicios morales o moralizantes no le importan, porque su ética es otra.

 

VI

 

Siempre tengo presente esa nochecita en aquel bar. Puedo hablar de otros lugares, de una librería con bar cerca de calle Córdoba; de otro bar en una esquina de calle Córdoba; de un restaurant antiguo en una cortada. Pero la imagen que perdura es la de esa noche. Lo primero que evoco es esa elegancia discreta, ese don para estar en la mesa de un bar con un amigo. Evoco su cuerpo, el cuerpo de un hombre mayor marcado por los rigores de la vida. Jorge se instaló en el bar y en ese instante la mesa, el salón, la barra y hasta la esquina parecieron advertir su presencia. Esa noche me acompañaba un amigo santafesino que también transita la noche, pero al que le resulta ajeno la literatura. Sin embargo fue él quien me dijo cuando regresábamos a Santa Fe: "Sabe mucho". Y en gente de la noche ese "Sabe mucho" no tiene que ver con los libros. Tiene que ver con la vida. Con la noche, ese lugar de hospitalidad, de lealtades secretas, de riesgos y coraje, de amistades y rencores. La literatura de Jorge está hecha con esa madera. Su vida estuvo comprometida con esos mitos. Sin embargo, todo lo que pueda escribir sobre él no alcanza para expresarlo, expresar la cadencia de su voz, la elegancia de su estilo, su exquisita gentileza. Era un hombre. Dueño de esa hombría que se gana conjugando a lo largo de la vida la lucidez con la desdicha y la terca esperanza.

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