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Jueves 03.12.2020 - Última actualización - 20:47
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Crónicas santafesinas

Tito M.: gloria y trascendencia de un escritor y político santafesino

Rogelio Alaniz junto a Tito Mufarrege Crédito: Amancio Alem - Archivo El LitoralRogelio Alaniz junto a Tito Mufarrege
Crédito: Amancio Alem - Archivo El Litoral

Rogelio Alaniz junto a Tito Mufarrege Crédito: Amancio Alem - Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas Tito M.: gloria y trascendencia de un escritor y político santafesino Alguna vez conversamos de su relación con el radicalismo. Me dijo que fue radical desde su infancia. Observé si no reconocía una leve contradicción entre su filiación radical y su pertenencia al Partido Obrero Stalinista. 

I

En tanto personalidad controvertida y carismática, la biografía de Tito M. exige abordarse desde diversas vertientes. No exagero. Escritor, político, dramaturgo, conspirador revolucionario, simpatizante de Stalin, radical de Angeloz, amante fogoso, personaje preferido de las primeras novelas de Saer, el biógrafo corre el riesgo de extraviarse ante el laberinto de su vida. Una posibilidad sería iniciar el ensayo desde mi propia experiencia, mencionar, por ejemplo, cuando en mis primeras excursiones adolescentes a la ciudad descubrí en uno de mis vagabundeos de flaneur una pintada en la pared de la esquina de San Jerónimo y Catamarca que decía: "Cortaremos cabezas como racimos de uva en día de vendimia". Firmaba la consigna el Partido Obrero Stalinista (POS) y lo acompañaban el martillo y la hoz. Fue allí cuando tuve conocimiento por primera vez de Tito M., secretario general del POS y titular de la corriente interna de la UCR, la Unión Cívica Radical Auténtica (UCRA). Cuando alguna vez tuve el placer de conocerlo lo interrogué acerca de los alcances de esa consigna, y fue entonces cuando me advirtió que se trataba de un texto de John Steinbeck. "Una debilidad literaria", contestó. "Entonces me gustaba asustar burgueses", agregó. ¿Y ahora no?, pregunté. Movió la cabeza con el infaltable cigarrillo en los labios: "No Alaniz, he desistido, y a usted le aconsejo que ni en broma intente hacer lo mismo: nunca jamás se dedique a asustar burgueses. Yo cada vez que intenté hacerlo me internaron en el Psiquiátrico". Y se alejó caminado, los pasos lentos, algo vacilantes; como un Quijote atormentado.

 

II

La otra chance para incursionar en una biografía de Tito es la literatura. Autor de culto, sus libros "La catarsis" o "Infierno, Averno en llamas", fueron la contraseña de los intelectuales más exigentes de los sesenta. "No se engañe conmigo Alaniz", me dijo una tarde mientras tomábamos un café en la terminal de ómnibus, "mis novelas dialogan con Borges, Arlt y Girondo". En la misma línea de reflexión, observó que su obra constituye una verdadera metafísica de la revolución social en clave nietzschiana y heideggeriana. Como yo no tenia la menor idea de quiénes eran esos caballeros, hice mutis por el foro. Pero para aprovechar la entrevista me atreví a preguntar si en su universo literario su amigo Juan José Saer había influido. Me contestó que fue exactamente al revés: "Saer aprendió a escribir al lado mío; en Santa Fe a ese señor no lo conoce nadie, aunque él vuelta a vuelta me difama porque quiere hacerse famoso a mi costa". Aplastó el cigarrillo en el cenicero, se paró y antes de irse sentenció: "Las únicas novelas de Saer que valen la pena son las que me tienen a mí de personaje". ¿Y del "Libro Rojo de Tito", qué me puede decir?, pregunté casi a modo de despedida. "Fue una iniciativa de la poetisa local Estela F., en esa época ella estaba enamorada de mí y quiso seducirme con ese libro. Yo le agradecí el gesto, pero le advertí que no me vendo".

 

III

De aquellas célebres tertulias del Club Universitario, uno de los temas que constituían la "grieta" de entonces entre los estudiantes, era si la carrera de Abogacía era más "fácil" que la de Ingeniería Química. Polémica infinita y sin resolución posible, hasta aquella noche en la que Tito se hizo presente y sin decir palabra arrojó a la mesa la libreta universitaria de Derecho. ¿Qué pasó? Estudiante de Ingeniería Química, Tito se inscribió en Derecho y en un año rindió y aprobó con nota ocho materias. No hicieron falta más palabras. El debate se saldó para siempre. Recuerdo que fue para esa época que me propuse indagar acerca de la gravitación del Partido Obrero Stalinista en la política local. Su balance fue algo melancólico. Cuando le observé que en su partido no había obreros, me recordó que en la Argentina un genuino partido de izquierda nunca tiene obreros. Y cuando con ánimo crítico le cuestioné que en el POS él hacía y deshacía a su gusto, observó que en todo partido de izquierda sus secretarios generales son sus dueños: "Así hace Altamira en el Partido Obrero, Victorio Codovilla en el Partido Comunista, y Tito M., en el partido Obrero Stalinista". Decidido a ponerlo entre la espada y la pared, le reproché su apoyo al rey Simeón de Bulgaria. Lo vi dudar un instante, luego me confesó que los que lo decidieron lanzar la adhesión al rey fueron Saer, Maurer y O'Connor. "Yo fui la cabeza visible porque era el más prestigiado del grupo. De todos modos fuimos unos visionarios: Simeón recuperó el trono y demostró estar a la izquierda de los comunistas búlgaros. Saer y Maurer propusieron viajar a Bulgaria para mangar al rey, pero yo me opuse ". Apenas oí el nombre de Maurer, le pregunté si él no fue el redactor del anónimo en su contra reprochándole haber asistido a la misa en homenaje a Evita. Negó terminantemente la imputación. "A Maurer yo le maté el hambre muchas veces y ningún perro le muerde la mano a quien le da de comer".

 

IV

Empezamos a caminar por bulevar y allí tuve la oportunidad de indagar acerca de su relación con el peronismo. "A los peronistas los combatí cuando tuvieron poder, pero me acerqué a ellos en la hora de la derrota… previo asegurarme de que estaban derrotados", concluyó con un gesto pensativo. Como para incomodarlo, le leí uno de sus textos escritos en septiembre de 1955: "Éramos jóvenes y soberbios. Paseábamos orgullosos por las calles del centro; caminábamos altaneros por las veredas de San Martín…éramos los ganadores". No negó su autoría, pero cambió de conversación. "El 23 de marzo de 1976, un dirigente sindical peronista me dijo a la salida del bar Hernandarias: 'Tito, hacete el loco que se viene un golpe de Estado'. Siempre le voy a estar agradecido por la advertencia".

 

V

Alguna vez conversamos de su relación con el radicalismo. Me dijo que fue radical desde su infancia. Observé si no reconocía una leve contradicción entre su filiación radical y su pertenencia al Partido Obrero Stalinista. Me admitió que efectivamente la contradicción existía, pero –agregó- "todo político que pretenda un destino en este país debe ser algo esquizofrénico". Eso sí, me aseguró que nunca fue alfonsinista. "Angeloz me designó su delgado personal en la provincia", confesó. Y ya en tren de confidencias, me dijo que la Mesa Nacional de Franja Morada lo proclamó candidato a diputado nacional. ¿Y que pasó? fue mi inmediata pregunta. "Me vetó el Vasco Usandizaga,". Decidido a ir a fondo en la entrevista, mientras caminábamos por Plaza España, le pregunté qué le había pasado con Rico y Seineldín. Me admitió que lo habían secuestrado. "Querían saber sobre la participación de Franja Morada en el asalto al cuartel de La Tablada". ¿Y qué pasó? "Descubrí que Rico era un neurótico fóbico, así que lo corrí para el lado que disparaba, pero cuando la cosa se puso espesa pregunté, como haciéndome el distraído, a qué hora se inició el asalto al cuartel". "A las seis de la mañana", contestó Seineldín mientras jugaba con el rosario. Lo miré con sorna y le di una respuesta inesperada porque a los psicóticos es la única manera de tratarlos. "Usted coronel acaba de proclamar la inocencia de Franja Morada". Me miraron con recelo, allí me di cuenta que además de neuróticos eran medio paranoicos. Entonces para concluir les dije: "Nunca, nadie, jamás vio a alguien de Franja Morada levantado a esa hora de la mañana".

 

VI

Como en mi carpeta tenía un volante que rezaba "Gorilas cuidado, Tito diputado" le interrogué sobre los alcances de esa consigna. Admitió que fueron cosas de su equipo de campaña electoral: Fabián Otarán; Masca Robles y Tarasca Núñez. ¿Ellos decidían?, repregunté. "No demasiado, yo los tenía con la rienda corta porque eran buenos muchachos pero sospechaba que estaban muy influenciados por los troskistas". No me gustó la respuesta, entonces como para darle una estocada final le reproché con pruebas en la mano el apoyo de la UCRA a Viola. "No tenía otra alternativa; me jugaba el cuero en la patriada. O los apoyaba o me liquidaban". Le observé que por esa decisión Saer lo acuso de oportunista. "No le haga caso; Saer no me perdona que cuando éramos muchachos le quité una novia que tenía en Barranquitas".

 

"No se engañe conmigo Alaniz", me dijo una tarde, "mis novelas dialogan con Borges, Arlt y Girondo". Y observó que su obra constituye una verdadera metafísica de la revolución social en clave nietzschiana y heideggeriana.

Cuando le observé que en su partido no había obreros, me recordó que en la Argentina un genuino partido de izquierda nunca tiene obreros. Y cuando le cuestioné que en el POS él hacía y deshacía a su gusto, observó que sus secretarios generales son sus dueños.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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