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Viernes 25.12.2020 - Última actualización - 12:03
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Crónicas santafesinas

Se llamaba Federico

 Crédito: Flavio Raina
Crédito: Flavio Raina

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Crónicas santafesinas Se llamaba Federico Federico era universitario. Nunca se propuso ser popular, pero lo era. Y mucho.

I

Se llamaba Federico. Era rubio, ojos oscuros y caminaba como con desgano. En sus primeros años lucía un descuidado flequillo en la frente. No era demostrativo, como se gustaba decir en una época; no manifestaba afectos, parecía indiferente, pero quienes lo conocimos sabíamos que era un amigo leal, que era de esos amigos que están al lado de uno en las buenas o en las malas, sin palabras innecesarias pero haciéndote saber que él está ahí, acompañando, bancando. Con su lenguaje era muy comedido, muy discreto, por lo general silencioso, pero sabía escuchar como nadie y un gesto le alcanzaba y le sobraba para decirte que te entendía. Y estaba atento, muy atento, a todo lo que ocurría a su alrededor. Me consta que nunca se propuso ser popular, pero lo era. Y mucho. En los años que compartió con nosotros era conocido por "todo el mundo", es decir, por todos los que entonces frecuentábamos la facultad, el comedor universitario, el Cine Club y la zona de lo que se conoce, con justicia o no, como la "Recoleta" santafesina. Por supuesto, era habitué de todos los bares de la zona y los mozos lo atendían con mucha deferencia y sabían de memoria sus gustos y preferencias. Los muchachos lo querían y las chicas también lo querían. Él aceptaba esas demostraciones de afecto con cierta resignación, aunque me consta que en el fondo le agradaba que lo reconocieran. Nunca supimos bien dónde vivía, dónde dormía, dónde "tenía sus cosas". Esas supuestas carencias no le impedían aceptar invitaciones para pasar la noche. Federico se acomodaba rápido y nadie como él para ocupar su lugar como si ese lugar le hubiera correspondido desde su nacimiento o desde antes incluso. Importa decir que siempre fue un señorito. Sus modales, su mirada mansa pero al mismo tiempo altiva, su esmerada dignidad, daba cuenta de un linaje distinguido. Lo repito: fue un amigo, un cumpa, también un testigo. Así fue durante unos cuantos años, cinco, diez, no los recuerdo exactamente, aunque sí recuerdo y recordamos su presencia. Un día desapareció con la misma discreción con la que alguna vez había llegado. Nunca más supimos de él. Supongo que debe haber muerto o algo parecido. Los perros no suelen vivir mucho tiempo, mucho menos los perros callejeros.

 

II

Confieso mi debilidad por los perros. O mi amor por ellos. Cosas que pasan. En realidad, cosas que nos pasan con los perros. Por lo menos a mí me sucede. Siempre recuerdo a ese amigo, con algunos problemitas familiares, eso sí, que me decía: "Cómo no voy a querer a mi perro si es el único que se pone contento cuando llego a casa". Yo no soy tan concluyente, pero admito que con los perros algo nos pasa. Y por lo general lo que nos pasa es bueno. Después están las preferencias. La prolongada y nunca concluida disputa entre los amantes de los perros y los gatos. El perro, expansivo, afectuoso, extrovertido; el gato, elegante, cauteloso, sagaz. Optar por uno o por otro es algo más que una preferencia zoológica. Un amigo nacional y popular me dijo un día: "Los perros son peronistas, los gatos son gorilas". Ojalá esté equivocado porque de no ser así me vería obligado a admitir que soy peronista, cosa que, como ustedes advertirán, mucha gracia no me causa.

 

III

Federico fue un perro universitario. En ese tema sus costumbres eran estrictas. La galería de la facultad de Derecho en Cándido Pujato, la puerta de Ingeniería Química de calle Santiago del Estero, la explanada de la Universidad, incluido el Paraninfo que más de una vez lo contó entre uno de sus selectos invitados. Algunas veces se tomaba la licencia de entrar a las aulas. Yo lo he visto, por ejemplo, en la Vélez Sarsfield y en la Alberdi. O en el Octógono de Ingeniería Química. Entraba con el respeto y, al mismo tiempo, con el desparpajo de cualquier estudiante y se acomodaba en el lugar que le correspondía. Ustedes dirán que exagero, pero yo les aseguro que escuchaba atentamente las explicaciones del profesor. Y cuando la clase se ponía aburrida o cuando consideraba que el profesor no tenía el nivel que él exigía, se retiraba respetuosamente. Nunca supe de sus ideas políticas, nunca supe si era de izquierda o de derecha, pero tengo motivos para sospechar que simpatizaba con los ideales libertarios, aunque por el momento preferiría no arriesgar opiniones en temas tan controvertidos y resbaladizos. Por lo general no se perdía una asamblea universitaria. Nunca se quejó, pero sospecho que la retórica de los oradores estudiantiles le parecía algo exagerada, innecesariamente teatral, opinión a tener en cuenta porque Federico, entre otras virtudes, era un militante leal y consecuente del teatro independiente. Respecto de las arengas estudiantiles, sospecho que el uso y el abuso de las adjetivaciones le fastidiaban, aunque nunca interrumpió a nadie. Los martes a la noche no faltaba a la sesiones de Cine Club. Discreto como era, nunca se conocieron sus preferencias cinéfilas, pero presumo que le gustaban los western de John Ford y las comedias del neorrealismo italiano. Creo que Bergman y Tarkovski lo aburrían, pero no estoy en condiciones de asegurar que sea tan así. Lo seguro es que no le interesaban los debates. Cuando estos llegaban se retiraba sin abrir la boca, pero como dando a entender que él iba al cine a ver cine y no a hablar de cine.

 

IV

A principios de los años noventa, es decir en plena democracia, a Federico lo metieron preso. La perrera de Jorge Obeid lo enlazó en plena calle una tarde de triste memoria. La movilización reclamando por su libertad fue tumultuosa y combativa. Las radios de entonces LT10 y LT9 dedicaron sus programas mañaneros comentando la noticia. Señoras y señoritas de la Recoleta llamaban por teléfono a los medios de comunicación y a la intendencia y al Concejo Deliberante y a la Defensoría del Pueblo, quejándose de la perrera y del intendente que permitía esos atropellos. Obeid estaba furioso. No con Federico, sino con la perrera. "Manga de pelotudos -dicen que decía- meses, años haciendo buena letra con la clase media santafesina y ustedes arruinan el trabajo metiendo preso al perro más popular del centro". Para colmo de males –y esto es rigurosamente cierto- un concejal de la UCR presentó un despacho (los archivos no me dejan mentir) preguntando por Federico y exigiendo su libertad. En la edición vespertina de ese luctuoso día salió una nota publicada por El Litoral, firmada por este cronista con el siguiente título: "Libertad a Federico". Por supuesto al otro día Federico regresaba a sus paseos por las facultades, los bares de bulevar y a las sesiones de Cine Club.

 

Con su lenguaje era muy comedido, muy discreto, por lo general silencioso, pero sabía escuchar como nadie y un gesto le alcanzaba y le sobraba para decirte que te entendía. Y estaba atento, muy atento, a todo lo que ocurría a su alrededor.

 

Entraba con el respeto y, al mismo tiempo, con el desparpajo de cualquier estudiante y se acomodaba en el lugar que le correspondía. Ustedes dirán que exagero, pero yo les aseguro que escuchaba atentamente las explicaciones del profesor.

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