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Sábado 06.03.2021 - Última actualización - 20:54
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Peisadillas

La vieja de la bolsa

 Crédito: Ilustración Lucas Cejas
Crédito: Ilustración Lucas Cejas

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Peisadillas La vieja de la bolsa A la peor mosquitada de los últimos años ni cabida. A rascarse y a maldecir por lo bajo, o por lo alto, dependiendo del humor y del hastío de este estío.

"La estupidez insiste siempre". Albert Camus.

 

Extraños sonidos son aquellos que se cuelan por mi sueño no plácido del tórrido marzo que nos aqueja. Y sí, y esta es mi queja, no se puede descansar plácidamente con esos miserables bichitos voladores hematófagos, que no solo se cuelan en el sueño, sino que son especialistas en meterse en cada hendija de la persiana, cada apertura de aberturas descuidadas; que se mimetizan en los zócalos; en los pisos de granito; en cualquier sector de la casa que los cobije a escondidas de nuestras miradas inquisitivas, ellos descansan camuflados esperando la hora en que la luz natural se escapa para hacer su planificado ataque; uno no los ve ni los siente hasta que ya es tarde. A la peor mosquitada de los últimos años ni cabida. A rascarse y a maldecir por lo bajo, o por lo alto, dependiendo del humor y del hastío de este estío que el 20 de marzo dará su lugar al agazapado otoño.

 

Marzo empieza con incertidumbre. Presos de los precios (algunos cuidados, otros más que descuidados) que aparentemente no van a dejar de subir, la incertidumbre del trabajo de los de abajo, de la escuela abierta de vez en cuando, de las vacunas que llegan en pequeñas dosis, del apuro del rebaño para inmunizar según los años, los oficios y alguno que otro que fue por preferencia y que terminó costando el cargo de un ministro y las cargadas a la orden del día en las redes.

 

Marzo arrancó con el discurso presidencial en la apertura de las sesiones ordinarias en el Congreso, con varios matices y con un presidente menos light a la hora de dirigirse a la oposición y ahondando en temas sensibles a la gestión presidencial anterior, con la atenta mirada de la vice presidenta, criticada por el no uso del tapabocas, que no disimuló algunos gestos de aprobación condescendiente, de indiferencia y de alegría en algunos momentos del discurso presidencial. La oposición que despedía febrero el sábado 27 con un puñado de protestantes comandados por la ex Piba -la ex Ministra Patricia Bullrich- protestando por los vacunados VIP, junto a variopintos personajes y reconocidos ex funcionarios que daban rienda suelta a la bronca hacia los actos del gobierno y a todo el gabinete -desde Alberto Fernández hasta el último en la escala de mando- y por supuesto contra peronistas y kirchneristas, pasados y presentes. En la misma bolsa metían la vacunación VIP, esas vacunas a las que antes defenestraban y aborrecían debido a su "origen filocomunista" y que ahora quieren en tiempo y forma; sus propios preceptos del 2020, cuando sostenían que la pandemia era una estafa conspirativa mundial (vale recordar que muchos de los dirigentes que protestaban fueron los mismos que dejaron vencer dos millones de vacunas antigripales y unos cientos de dosis de la triple viral cuando fueron gobierno); decía, metieron en la misma bolsa todo eso y a unas cuantas bolsas para cadáveres con nombres de dirigentes y personajes del ambiente político argentino ubicados en las antípodas de su ideología. Más allá de a quiénes representan, más allá de la posición política que tiene cada uno, la referencia fue vista como un grosero error y de muy mal gusto, mostrando las heridas y una cierta forma de actuar condenable desde todo punto de vista; un yerro de mercadeo político para la gilada y del que ahora nadie se quiere hacer responsable, tirándose la bolsa entre unos y otros. Y todo esto a tan solo unos puñados de días de una fecha que duele y aún sangra en la memoria de la mayoría de los argentinos. Pero estamos en un país en donde todo se olvida rápidamente y todo vale, decir y desdecir casi en una misma oración; todo sirve: acusaciones y denuncias por acá, procesos y culpas echadas por allá. La grieta que supimos (supieron) conseguir está muy lejos de achicarse, de hecho, cada día se agranda más, y los márgenes de las orillas de tan vasta diferencia se vislumbran cada vez más lejanas. Lo triste es que nadie, ni de un lado ni del otro, tiende a construir puentes de diálogo y acercamientos provechosos. Y se mediatiza el problema, se judicializa la cuestión y se politiza la nimiedad y el desencanto de las masas laburantes.

 

El frío que traerá otoño estará esperándonos a la vuelta de la esquina, todavía no se nota ni se notará en largos días, pero el húmedo calor pre otoñal pega fuerte, ni los chaparrones intensos limpian el agobiante y clásico calor de Santa Fe. Sin embargo, el miedo está latente: ¿Qué pasará si nos agarra el frío sin siquiera estar vacunados? No se sabe, se habla de nuevas cepas importadas, de nuevas gripes, de la inmunidad del rebaño, de anticuerpos, de vacunas chinas y otros cuentos. A un año del primer caso positivo de Covid19 en la Argentina, los casos siguen sumándose y lo muertos siguen amontonándose. Por ahí parece que los números se estacionan, bajan, suben, mientras vivimos o sobrevivimos, nos llenamos de preguntas que sabemos, no tendrán respuestas. Con cierta resignación releo la Peisadilla de la segunda semana de marzo del 2020. Allí contaba que mirábamos los noticieros que se iban inundando de números y puntos rojos que copaban todo un mapa mundial; contaba que muchos decían que solo era una gripecita de las tantas que florecen como la peste que son cada invierno. Ya pasó un año, parece mentira, un año en el que las cosas fueron cambiando drásticamente, en el que la humanidad aprendió a trabajar desde su casa, en el que los gobiernos comenzaron a buscar soluciones, en el que los hombres y mujeres en su totalidad aprendieron a comunicarse de otra manera, a convivir con otra intimidad, a dejar de lado viejas y agradables costumbres, a mirarnos más y a tocarnos menos. Hace un año en que comenzamos a llamar a nuestro quehacer diario, a nuestra nueva forma de convivir, la nueva normalidad. Entre todas las nuevas vivencias, entre tanto miedo y estupidez, la humanidad busca desaforadamente encontrar el camino para normalizar esta nueva normalidad impuesta a fuerza de muertes. No se sabe el cómo ni el hasta cuándo; no se sabe si será así por unos años, por décadas o por siglos; no se sabe si la enfermedad mutará, desaparecerá o seguirá tal cual está.

 

Ya hace un año que empezamos a vivir en peligro. Los medios –miedos– de comunicación mueven el amperímetro del humor social, siempre dependiendo de la bandera política o del interés intrínseco del medio que comunica. ¿Se cuenta lo que realmente pasa? ¿Realmente pasa lo que cuentan? Y mientras tanto, así estamos, en el mismo lodo, todos manoseados. Cambalache versión siglo XXI. Dale que va.

 

A la peor mosquitada de los últimos años ni cabida. A rascarse y a maldecir por lo bajo, o por lo alto, dependiendo del humor y del hastío de este estío, que el 20 de marzo dará su lugar al agazapado otoño.

La grieta que supimos (supieron) conseguir está muy lejos de achicarse. Lo triste es que nadie tiende a construir puentes de diálogo y acercamientos provechosos. Y se mediatiza, se judicializa y se politiza la nimiedad y el desencanto.

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