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Martes 26.10.2021
14:57

Por Bibiana Degli Esposti

Inconsciente y sexualidad

 Crédito: Ilustración Lucas Cejas
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Por Bibiana Degli Esposti Inconsciente y sexualidad El instinto de conservación está muy alterado en nosotros y nosotras. La naturaleza sexual, definitivamente. ¿Por qué? Por ser la especie que tiene reglada la sexualidad y la reproducción por una ley no natural.

Por Bibiana Degli Esposti (*)

 

La sexualidad es un hilo conductor en la obra de Freud. No porque él o sus seguidores enviemos a la gente a tener sexo. Cada cual hace lo que puede y quiere en su jardín más o menos florido. Es hilo conductor porque la sexualidad es la materialidad del inconsciente, esto es, lo que le da a Freud el tiempo del inconsciente, tiempo lógico, tiempo que no se anuda sino al final de una secuencia. 

 

La sexualidad infantil fue uno de sus hitos en el sentido de que no todo empieza en la adolescencia, sino que la adolescencia y su metamorfosis son la segunda escena de algo que ya empezó bastante antes de que las hormonas empiecen a calentar cuerpo y cabeza con una fuerza a veces tiránica. No es el pasado determinando el presente y el futuro de manera lineal y de atrás para adelante. No somos higos esperando el sol oportuno para caer, lo que equivale a decir que no maduramos ni nos adaptamos del todo a ningún tipo de medio ambiente ni siquiera al familiar ni al intercambio sexual. No obstante, podemos aprender a bucear, a cabalgar caballos, dominar aspectos importantísimos de la naturaleza que nos es adversa y la que no nos es adversa, podemos cuidarnos y también podemos intoxicarnos a conciencia.

 

El instinto de conservación está muy alterado en nosotros y nosotras. La naturaleza sexual, definitivamente. ¿Por qué? Por ser la especie que tiene reglada la sexualidad y la reproducción por una ley no natural, la ley de interdicción del incesto y eso hace a lo social, a lo exogámico, a la cultura y también a la no complementariedad de los sexos como si perros y perras fuéramos. Capaz él le dedique un guau y ella añoraba un miau, vaya una a saber.

 

Hablar y tener interdicta la sexualidad fue y es el hilo conductor. Hay algo de eso que nunca podemos abordar del todo y que da el tinte, el rasgo diferencial a las estructuras clínicas postuladas por el psicoanálisis.

 

Una de las consecuencias cotidianas es que el amor no es esférico, si no hay completud al final de algo, sino siempre un cierto malestar estructural, entonces lo fundamental para el psicoanálisis no puede ser la relación sujeto objeto (y en ello la medida de adaptación/inadaptación) sino que lo que la clínica trabaja y enseña a trabajar es la relación sujeto/real. A ese real que se escapa aunque mucho se le acerque uno. Más bien se nos acerca solito y solo y a veces nos produce un llanto cuando tendría que sentir una supuesta felicidad, una amargura en lugar del dulce que me prometí para el encuentro. 

 

Y lo real, lo real traumático tal como lo retomó Lacan de Freud, viene del lado de los sexos, de una diferencia que no puede formularse. Un trauma singular en su procesamiento pero que a todos nos compete por ser de esta especie. Por eso la sexualidad es central. Una cuestión para el sujeto siempre abierta, la imposibilidad de los sexos, una imposibilidad que no tiene por qué dar impotencia, aunque a veces la dé, un imposible fundante por el hecho de hablar y en ese hecho, un quedar por fuera, un fuera de significado no por eso, menos influyente. 

 

Los caminos de la libido, el avance a tropel o no de la pulsión, dan siempre el color clínico de un caso. Siempre. De principio a fin del discurso analítico. Por eso se habla de los caminos de la libido, en el sentido de que no es algo fijo sino activo, no hay pulsión pasiva, para ponerse en posición masoquista, de puro recibir, hay que hacer el movimiento de llegar a ponerse ahí. El recorrido, el final del recorrido, es el sujeto que nos interesa, un sujeto determinado por el significante pero incluyendo lo pulsional.

 

Decimos sexualidad en los desfiladeros significantes porque será el significante, la repetición significante lo que permitirá dar sentido a lo que digo, a lo que hago, y también a los avatares sexuales. No alcanza con un significante, siempre hacen falta dos, en el sentido de hacer una cadena. Por eso decimos que la metamorfosis de la pubertad es la segunda escena donde se abrocha la salida infantil, o sea, en esa segunda escena de la vida sexual, y eso lo que muestra es que no hay nada sino a partir de una segunda vez. Y será en esa segunda vez que la primera cobre existencia.

 

Con lo traumático usamos el mismo tiempo lógico. Si decimos para tantas cosas con una vez no es suficiente, eso vale para que algo se conforme en traumático, en un psiquismo. Lo que interpretamos y construimos en un análisis es un camino, un desfiladero significante, cómo un significante fue recayendo sobre los diversos actos de una vida, determinándolos. Se rehallan marcas, pero marcas que no son significables sino desde una segunda escena, es un camino significante articulado en una historia, unas huellas eficaces que señalan la sexualidad infantil no como una cosa del pasado sino como una fuerza inagotable.

 

Tampoco es que podremos encontrar las huellas de cada paso, la lógica que se juega en el encadenamiento, ya que habrá que interpretar siempre y construir lo que no estando, está en un nivel de afectación subjetiva. Por eso no es una cuestión de seguir pacientemente indicios hasta armar la secuencia. No somos detectives persiguiendo indicios. En todo caso no será desde indicios que podamos centrar la interpretación psicoanalítica. Más que Sherlock a Sigmund, es un Sigmund el que le pueda dar alguna lucecita a cada Sherlock. Un buen policial no es una secuencia lineal nunca, siempre el buen detective encuentra un más o un menos que faltando o sobrando, lo hacen pasar del sentido indicial al real en juego en esa historia.

 

El psicoanálisis construye la conexión discontinua entre las manifestaciones sexuales de la infancia y la sexualidad adulta. Partimos de un adulto y reconstruimos la infancia puesto que la represión impide el relato sin baches, sin olvido como forma de organización de la memoria.

 

Lo que nos dice Freud es que los significantes reprimidos aluden a deseos incestuosos. Que la sexualidad infantil, reprimida, es la materialidad del inconsciente en tanto recae sobre todo lo que digo, sobre cada acto adulto. Aluden a lo incestuoso y a un más allá del sentido, a lo que se pierde tras la barrera inicial de la represión primordial. Un real tan inasible como insistente.

 

Lacan dice en el Seminario IV sobre las relaciones de Objeto y las estructuras freudianas, que lo que no se le perdona a Freud no es la sexualidad en sí misma sino el hecho de sostener que no hay manera de hallar el objeto acorde, que no hay manera de cerrar el círculo. El ser humano está acostumbrado y condenado a pensar con las figuras de la cruz y de la esfera. El amor es concebido como lo que armonizará esféricamente al ser humano, y Freud agujereó esa esfera inmemorial, porque hay pérdida de objeto, hay pérdida de una completud que, en realidad, nunca se tuvo.

 

La pérdida de objeto fuerza a la búsqueda y fuerza a que cada objeto alcanzado, rodeado por la pulsión, no sea sino un rehallazgo de objeto, pero ese acto nunca será completado porque lo perdido no puede sino reconstruirse pero nunca agotarse. Las cuentas nunca van a dar exactas. Por definición. La división del sujeto es una división con resto. El rehallazgo de objeto no obtura porque nunca halló el objeto en el mismo nivel en el que lo buscó. Rehallazgo no es sólo pensable en un emparejamiento, sino en un modo de tratar que reducido a los diversos objetos amorosos, por ejemplo, hacerlos picadillo. Me parece importante señalar esto porque se suele ejemplificar lo de la elección de objeto con aquel o aquella al que deseo besar y abrazar.

 

La sexualidad atraviesa todo el proceso analítico y el discurso psicoanalítico. Algo de esa sexualidad queda más allá del principio del placer, vuelve como real, vuelve como trauma y en ese volver, relanza el movimiento. Pulsión es siempre movimiento, actividad. 

 

La teoría del trauma fue abandonada por Freud, en el sentido de que no puede explicarse todo o casi todo en el hecho de que te haya pasado algo o no. En realidad, a todos nos pasa algo y vaya si nos pasa. Nos pasa que nuestra sexualidad está pautada, está reglada por algo externo a su naturaleza. Externo, pero nos configura internamente. Algo nos está prohibido y nos llama sin parar.

 

Lacan mostró que la tesis de Freud sobre nuestra humanidad, podría formularse así: venimos al mundo con un parásito que él nombra el inconsciente. En el momento mismo en el que aprendemos a hablar, hacemos la experiencia de algo que vive de otra manera que el viviente, que es el lenguaje y las significaciones. Es en el mismo movimiento en el que comunicamos nuestras experiencias libidinales, que hacemos el descubrimiento de los límites de esa comunicación: el hecho de que el lenguaje es un muro. Si no estamos demasiado aplastados por el malentendido, llegamos entonces a hablar; pero, entonces, hacemos la experiencia de que no saldremos más del lenguaje.

 

Y acá estamos, lenguajeando sin parar, hasta que nos vuelva a tocar hablar. 

 

(*) Psicoanalista. www.aprescoupsp.com.ar

 

El instinto de conservación está muy alterado en nosotros y nosotras. La naturaleza sexual, definitivamente. ¿Por qué? Por ser la especie que tiene reglada la sexualidad y la reproducción por una ley no natural.

 

No somos detectives persiguiendo indicios. En todo caso no será desde indicios que podamos centrar la interpretación psicoanalítica. Más que Sherlock a Sigmund, es un Sigmund el que le pueda dar alguna lucecita a cada Sherlock.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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