A 44 años de la gesta del Atlántico Sur, tres relatos se entrelazan para reconstruir una memoria que se niega al olvido. Desde las enfermeras que sostuvieron el dolor hasta los conscriptos que defendieron el litoral patagónico, la causa sigue viva como un mandato de soberanía y justicia.
Malvinas: Las huellas del honor y el mandato de la memoria
El relato de un ex combatiente, un familiar directo y una enfermera. Palabras de tres experiencias en primera persona en diálogo con El Litoral.

El 2 de abril no es solo una fecha en el calendario; es una herida abierta que late en el cuerpo de quienes estuvieron allí y en el corazón de un pueblo que aún reclama lo suyo en el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de las Malvinas. Para que la memoria no se borre, es necesario escuchar. Escuchar a los que curaron, a los que vigilaron el horizonte frío del sur y a los que transformaron la ausencia de un ser querido en una bandera.
Las manos que curaron y contuvieron: el rol de las enfermeras
Alicia Mabel Reinoso tenía una misión clara: sanar. Como enfermera de la Fuerza Aérea, formó parte del despliegue del Hospital Militar Reubicable en el Aeropuerto General Mosconi en Comodoro Rivadavia. Allí esperaban a los heridos que llegaban de diferentes bases militares y de las islas.

"Lo primero que siempre me viene a la mente es cuando los soldados llegaban a nuestro hospital", relata Alicia. "Venían con heridas en el cuerpo, y ellos llamaban a su mamá. Jóvenes valientes de 18 años que venían de una guerra pidiendo por su mamá. Y ahí estábamos nosotras, con otra mirada, otra voz, dándoles la mano, hablándoles de una manera totalmente diferente, aunque estábamos vestidos exactamente igual".

Durante décadas, el lugar de las mujeres en la guerra fue invisibilizado. Sin embargo, en la retaguardia estratégica y en los hospitales de campaña, las mujeres fueron el sostén invisible de una tropa desolada. “Todas cumplimos el rol que teníamos que cumplir como enfermeras”, afirma Alicia con la contundencia de quien cumplió una orden, pero también un llamado humano.
Para ella, la medicina fue solo una parte de la tarea: “La contención fue fundamental; curábamos, pero sobre todo conteníamos. Nos conteníamos entre nosotras y a nuestros compañeros, porque todos lo necesitábamos”. En ese escenario de incertidumbre, la presencia femenina aportó una humanidad necesaria ante el horror. “Ahí estaban las mujeres, haciendo lo que podían, dando lo mejor”, sostiene Reinoso, quien no olvida que, mientras ellas sanaban cuerpos y almas, “649 argentinos dieron su vida por todos nosotros”.
Para ella, el reconocimiento fue una batalla posterior que duró más de tres décadas. "Sentíamos que nos instigaban a no hablar”. Con años de lucha y de llevar la causa Malvinas como bandera, hoy el lugar de todas esas mujeres es respetado y conmemorado. “Hoy las semillas están floreciendo, y muchos hablan de nosotras, ya estamos en los manuales escolares".

Alicia es tajante sobre el futuro: "Malvinizar tiene que ser una política de Estado. Solo se defiende lo que se conoce y se ama". Su postura sobre volver a las islas es un acto de soberanía personal: "Si me preguntas si iría a Malvinas, no iría, porque si tengo que presentar un pasaporte para ingresar estoy aseverando que no son argentinas.Y yo en país me manejo orgullosamente con mi DNI donde dice que soy veterana, y Malvinas es Argentina”.
El orgullo como bandera: La defensa desde el litoral marítimo patagónico
Carlos Alarcón, santafesino, era apenas un civil recién salido de la secundaria cuando el 4 de enero de 1982 fue incorporado a la Fuerza Aérea Argentina. Recuerda aquel 2 de abril, cuando los reúnen en la plaza de armas de la base aérea, una formación bajo el frío extremo le cambió la vida: "Señores, se han recuperado las islas, la Fuerza Aérea entra en combate", sostuvo el oficial.

Con pocos años de edad y poca instrucción militar, Carlos fue parte del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS), desplegado en las bases patagónicas desde donde se atacaba a la flota británica. "Soportamos 20 grados bajo cero, casi sin abrigo y sin alimento correspondiente", recuerda.
A pesar de la presión constante de las alarmas rojas por posibles bombardeos, Carlos sostiene que el motor de esos días fue la entrega incondicional. "Nos vimos en la situación de tener que enfrentar una conflagración y creo que lo hicimos con mucho orgullo y mucho honor en defensa de nuestra patria", afirma.
Ese orgullo, que hoy define como una "hermandad" con sus camaradas, es el que lo motiva a seguir alzando la voz contra la desmalvinización. Para él, Malvinas es una herida que se sana hablando: “ Es como una espina que tenemos dentro de nuestro corazón, y la mejor manera de poder sanar es hablando”.
Su relato expone la otra cara del regreso: el ocultamiento. "Nos trajeron escondidos, con las ventanas de los colectivos tapadas, como si fuéramos responsables de una catástrofe". Y luego, obligados a terminar el servicio militar al otro año, “como si nada hubiera pasado”.
Para Alarcón, la lucha hoy es contra la "desmalvinización". Denuncia el abandono de muchos compañeros que, habiendo cumplido roles críticos como artilleros o radaristas en el continente, aún pelean por un reconocimiento pleno. "Malvinizar es ejercer soberanía. A pesar del abandono del Estado hacia muchos de nosotros, siento un orgullo inmenso por haber defendido la patria siendo un pibe".
Ser la voz de los que no pudieron contar su historia
Para Marcelo Lobos, vecino de San Cristóbal, Malvinas no es un recuerdo estanco, no es solo una fecha en el calendario, sino que se volvió un testimonio para honrar su apellido. Su hermano, Julio César Lobos, era un joven de 19 años que amaba la caza y la pesca antes de ser destinado al Crucero ARA General Belgrano.

"Julio era el hermano mayor de tres hermanos; yo tenía 15 años cuando lo despedí una madrugada de marzo en la terminal de colectivos. Fue la última vez que lo vi", relata Marcelo. El hundimiento del Belgrano, el 2 de mayo, marcó un quiebre definitivo para su familia: "Mi mamá escuchó la noticia por radio a las diez de la noche y gritó desde la cama. A partir de ahí, todo fue angustia".

Marcelo describe con crudeza cómo la guerra impactó en el hogar: "Los torpedos que impactaron en la guerra también destruyeron el corazón de las familias de nuestros soldados. Trajeron el quebranto de los padres y los hermanos que tuvimos que quedar sosteniéndonos como pudimos, sin ninguna contención".
Tras años de silencio y una "negación necesaria" para sobrevivir, Marcelo transformó ese rencor en un compromiso activo. Hoy es tesorero de la Unión Federal de Familiares de Héroes Caídos en Malvinas. Para él, visitar el Cementerio de Darwin en 2009 y 2019 fue encontrarse con una parte de su historia, aunque los restos de Julio descansen en el lecho del mar: "Estar en Darwin es duro, conocer ese lugar tan lejano y tan cercano a la vez por la cual nuestros familiares dieron la vida”.

En ese escenario, Marcelo descubrió que su dolor no era solitario y su lucha actual tampoco lo es. "Hacer justicia es que ese pedazo de territorio vuelva a tener nuestra bandera, pero también que el país reconozca el honor de nuestros héroes", afirma.
Malvinizar con esperanza
La causa Malvinas Fe tiene rostro, nombre y una voz que se niega a callar. A través de la mirada compasiva de Alicia, la firmeza territorial de Carlos y el amor incondicional de Marcelo, el 2 de abril se resignifica.
Hablar de Malvinas hoy, a más de cuatro décadas del conflicto, no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de estricta justicia y soberanía. Malvinizar significa, ante todo, transformar el dolor individual en una conciencia colectiva que atraviese todas las generaciones.
Es entender que la causa no termina en la efeméride de un calendario, sino que se construye cada día al rescatar del olvido los nombres de quienes lo dieron todo. Y mientras haya un argentino dispuesto a contar estas historias, las Islas Malvinas seguirán presentes en cada rincón del suelo argentino.






