Intenta resistir en el poder, a pesar de la enorme presión popular. Contra todas las expectativas, el presidente egipcio, Hosni Mubarak, eludió renunciar hoy, tras 17 días de protestas masivas.
Se limitó a proclamarse el primer defensor de los reclamos de los manifestantes antigubernamentales -con excepción de la demanda de su propia renuncia- y a encargar la conducción del proceso de transición hacia las elecciones de septiembre próximo a su vicepresidente.
Hace poco más de una semana había rechazado públicamente renunciar antes del fin de su mandato, con el argumento de que así preservaría al país del caos. La insistencia de los manifestantes, que esta noche sumaron más de un millón de personas en la plaza Tahrir, lo obligó a volver a dirigir un mensaje televisado, con nuevas concesiones.
Pero no anunció su renuncia, sino que intentó ponerse al frente de las protestas. ‘Yo también fui joven‘, dijo el mandatario de 82 años, buscando su identificación con gran parte de los manifestantes.
Parece un último intento de maniobrar entre los diversos actores políticos y sociales para mantenerse en el poder, aunque más no sea por unos meses más. Resta ver si puede ser tan exitoso como lo fue previamente en los casi treinta años que permanece ya en la presidencia.
Mubarak ocupó un papel clave entre la dirigencia de los países árabes, al mantener buenas relaciones tanto con Israel como con Estados Unidos, se constituyó en garante de la paz en Cercano Oriente.
Hijo de un funcionario estatal, ingresó en la política a partir de su carrera militar. Fue vicepresidente de Anwar el Sadat y como tal ascendió automáticamente a la jefatura de Estado al ser asesinado el mandatario en 1981 por islamistas radicalizados. Mubarak logró sostener el tratado de paz firmado por su antecesor con Egipto sin perder por ello un rol de liderazgo en el mundo árabe.
Con su política exterior basada en equilibrios y su mano dura contra los grupos musulmanes radicales dentro del país, que en los años 90 asesinaron a turistas extranjeros y funcionarios, logró un amplio apoyo de Occidente.
En 1991 defendió la guerra para expulsar a los iraquíes que habían invadido Kuwait, pero en 2003 intentó disuadir a Estados Unidos de lanzar una una nueva guerra contra Irak.
Occidente vio en el presidente a un socio fiable y un pilar decisivo para la estabilidad en Cercano Oriente. Y así, Egipto logró apoyo económico y financiero.
Sin embargo, Occidente miró hacia otro lado o calló respecto a las violaciones de derechos humanos en el país.
Los críticos acusan a Mubarak de preparar a su hijo Gamal para la sucesión y de querer crear así una dinastía de gobernantes. Buscando legitimar el ascenso de Gamal, permitió elecciones legislativas con participación de opositores en 2005. Pero el éxito de los Hermanos Musulmanes en la primera ronda, en la que se llevaron cerca del 25 por ciento de los escaños en disputa, en tanto que otras listas opositoras ganaban otro tanto, llevó al régimen a volver a controlar las elecciones.
Los controvertidos comicios parlamentarios de fines de 2010 se realizaron entonces con nuevas normas que limitaban severamente la participación electoral. La oposición quedó prácticamente excluida del nuevo Parlamento. Era un nuevo intento de Mubarak por sentar bases de poder para el ascenso de su hijo.
Pero la caída del gobierno de Túnez a raíz de las manifestaciones populares en ese país sirvió de catalizador para el estallido en Egipto. Se unieron quienes protestaban por el fraude electoral, por la represión generalizada, por la pobreza -con 40 por ciento de la población con menos de dos dólares de ingresos diarios-, por la marginación de los jóvenes y por la ausencia de derechos laborales. Las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo y en otras ciudades hicieron sentir el descontento a partir del 25 de enero.
Mubarak anunció entonces en su alocución televisada del 1 de febrero que ni él ni su hijo se presentarían en las elecciones presidenciales agendadas para septiembre. También aceptó en ese momento iniciar algunas reformas, que siempre había rechazado antes, como los artículos de la Constitución introducidos por él mismo que limitaban severamente las posibilidades de presentar candidaturas a la presidencia. Y reforzó la apuesta hoy, afirmando que la sangre derramada en las calles no lo fue en vano.
Intenta así postergar lo que parece el final inevitable del régimen iniciado en 1952 por la revolución de los coroneles, que se mantuvo en el poder con sólo tres mandatarios en los últimos 55 años: Gamal Abdel Nasser, Sadat y el mismo Mubarak.
DPA






