

por Rogelio Alaniz
Supongo que lo más equilibrado es dictaminar un empate. Si como se dice acerca de estos debates, nunca hay un ganador sino un perdedor, en el caso que nos ocupa ese perdedor no fue evidente. Empate. La tribuna después dará su propio veredicto. Es lo previsible, pero no altera el resultado final. En el programa de TN se hablaba de una paliza de Macri con una diferencia de noventa puntos a cinco. En “6,7,8” festejaban eufóricos la victoria de “Daniel”. ¿A quién creerle? Con todo respeto, a ninguno. Lo importante fue que debatieron. En un país donde el ganador no debate, que los candidatos se hayan decidido a hacerlo es bueno. No hay que agradecerles nada. En definitiva, cumplen con su deber porque -¿es necesario decirlo?- el debate es un derecho de los ciudadanos, no de los políticos. Fue el primer debate presidencial en la historia política nacional. El dato pone en evidencia los límites de nuestra democracia. Lo que en EE.UU. se viene realizando desde hace más de cincuenta años, en la Argentina recién ahora se ha podido implementar. Esperemos que en el futuro se repita. O que se sancione una ley que lo haga obligatorio. Por el momento, fue necesario que Scioli sospechara que estaba perdiendo para que se preocupara por asistir a un debate. Para quien “sólo van a los debates los perdedores”, su pedido se interpretó como una confesión de derrota. ¿Tan importantes son los debates presidenciales? Lo son, pero sin exageraciones. Las decisiones del electorado se toman atendiendo diferentes causas; un debate en condiciones normales confirma una creencia, pero no está probado que alguien cambie. ¿Los indecisos? Puede ser. Pero para ello parecería importante que uno de los protagonistas cometa errores muy serios, algo que en el caso que nos ocupa no existió. Conclusión: anoche presenciamos un hecho institucional histórico, el primer debate presidencial de la primera elección presidencial por balotaje de nuestra historia. Y punto. Lo que dijeron o dejaron de decir los candidatos muy difícilmente se incorpore a la historia política del país. Abundaron los lugares comunes, las respuestas conocidas y hasta las chicanas previsibles. No es una crítica, es una constatación. Decía que a un debate de esta naturaleza no hay que pedirle más de lo que puede dar. Nadie, ni Demóstenes o Gambetta, puede en dos minutos sintetizar temas complejos y que, sobre los cuales, en algunos casos, no tiene aún una posición definitiva. ¿Ejemplo? El dólar y la devaluación. ¿Alguien puede creer en serio que en dos minutos es posible expresar algo sobre lo que ni siquiera los economistas se han puesto de acuerdo? ¿Se puede en ese lapso expresar un punto de vista por SÍ o por NO? Macri no puede ni debe explayarse sobre ese tema. Tampoco lo puede hacer Scioli. Las máximas imputaciones que Scioli le hace a Macri se la podrían hacer a él, porque las dificultades que presenta la economía son para uno y para otro, sobre todo porque los economistas de uno y otro están dominados por los mismos dilemas. Salvo que alguien crea que Blejer o el propio Marangoni sean algo así como el Che Guevara. En estos debates, es previsible que cada candidato recite su casete. Los dirigentes saben que se están dirigiendo a un público heterogéneo y en estos casos el lugar común, la frase hecha se impone a la originalidad o la audacia. Dicho con otras palabras, nadie arriesga. Se supone que el voto “consciente” ya está ganado y de lo que se trata es de persuadir al voto más inestable, un voto al que no hay que asustar con frases complejas y pensamientos “extraños”. También resulta inevitable que los candidatos compitan en anuncios generosos. Macri y Scioli en ese campo prometieron lo mismo, hay que hacer un esfuerzo memorable de imaginación o sutilezas para encontrar diferencias. Todos dicen estar en contra de la pobreza, a favor de la educación; todos prometen proteger a las familias de la inseguridad. ¿A quién creerle? Me temo que esa respuesta no está en el formato del debate. A esa respuesta, hay que buscarla en otro lado, en el campo de las ideologías, las creencias, los prejuicios o la historia política de los contendientes. Como se dice en estos casos, lo más importante no estuvo presente. ¿Está mal? No sé si está mal o bien, pero es así. Los debates tienen sus alcances y sus límites. No son conferencias, mesas redondas, cursos. En un debate, lo que se impone es la imagen, el estilo, la frase oportuna, el chiste ocasional, la chicana inesperada. Y repetir las consignas principales. El formato mismo del debate no da para más. Exigirlo es un derecho; lograrlo es imposible. Si el resultado del debate fue un empate, está claro que el ganador fue Macri. En jerga futbolera, Scioli necesitaba ganar por goleada; Macri con un empate se calificaba. La goleada no existió, por lo que las tendencias no se alteraron. El debate era como titularía un periodista, “La última bala de Scioli”. Esa bala la usó, pero no dio en el blanco. Macri por su parte, no respondió a las preguntas de fondo. Como se dice en estos casos, miró para otro lado, cambió de conversación o recurrió a su manual de autoauyda. ¿Con fe, con optimismo? Algo parecido. Ironías de la vida. Scioli probablemente sea derrotado con las consignas que el usó hasta el cansancio durante su ya prolongada carrera política. ¿Podía responder Macri a esas preguntas? Como le gusta decir a mi amigo: ni mamado. ¿Enredarse acerca de los porcentajes de la devaluación? Imposible hacerlo aunque fuera Mandrake el Mago. ¿Qué es lo que queda en limpio? Las chicanas. Macri, acusándolo a Scioli de panelista de “6,7 y 8”. Scioli, reprochándole que si no ha sido capaz de lidiar con los “trapitos” en Buenos Aires, mucho menos puede pretender combatir el narcotráfico en la nación. Chicanas. Chicanas cuya relación con la realidad es bastante lejana. Scioli no es un panelista de “6,7 y 8” entre otras cosas porque las disquisiciones políticas e ideológicas de esos panelistas le son bastante extrañas. Al respecto, no nos engañemos. Scioli se presentó en el debate como un militante formado en las enseñanzas teóricas de Marta Harnecker, pero nadie, ni él mismo, cree en esas patrañas ideológicas. Como Cámpora, ese caudillo conservador y obsecuente de provincia de Buenos Aires, Scioli se corre a la izquierda empujado por las circunstancias, pero si el lenguaje tradicional posee alguna importancia, el hombre reúne todas las condiciones para ser calificado como un político de derecha en la versión más cualunquista. Respecto de Macri, no es comparable mezclar la intención de poner límites a los “trapitos”, que la decisión de luchar contra el narcotráfico. A los “trapitos” es difícil erradicarlos porque existe la compasión y la resistencia a quitarle una fuente de ingresos a los que menos tienen. Con el narcotráfico la escala es otra y, por supuesto, allí no hay lugar para la compasión ni mucho menos para suponer que se está luchando contra los que menos tienen. Por último, en un debate importa prestar atención a lo que se dice y a lo que se calla. Con respecto a los silencios los candidatos coincidieron. Ni una palabra o pocas palabras acerca de la corrupción; ni una palabra sobre Nisman. Entiendo a Scioli que calle sobre la corrupción en la que su gobierno está involucrado hasta los ojos; entiendo menos que Macri no insista en ese tema y sobre todo no mencione ni siquiera al pasar el caso Nisman. La gran ausente de la noche fue la Señora. Creo que ni la nombraron. Supongo que se lo merece. Macri se refirió a Zannini, Aníbal Fernández, Axel Kicillof, pero no dijo una palabra de la presidente. Scioli, por su parte, procedió a lavarse las manos sobre su pasado. ¡Extraordinario! Fue vicepresidente K, gobernador K en dos períodos y candidato en cuanta lista testimonial estuviera dando vueltas, pero su respuesta a los requerimientos de Macri fue siempre la misma: no tengo nada que ver con ese pasado, yo soy un candidato del futuro. Así se explica que la Señora, con su habitual dulzura, haya dicho de él: “Que se entierre solo”. Como se dice en estos casos: una amiga.
Anoche, presenciamos un hecho institucional histórico, el primer debate presidencial de la primera elección presidencial por balotaje de nuestra historia. Y punto.