Rogelio Alaniz
Las efemérides señalan que el 23 de agosto de 1812 se inició el llamado “Éxodo jujeño”. Los “relatos”, livianos como siempre, hablan de un pueblo movilizado detrás de un ideal y una estrategia militar. El relato -fiel a su género- omite detalles, simplifica y, sobre todo, propone dejar algunas moralejas patrióticas para las futuras generaciones.
La investigación histórica, por el contrario, matiza, contextualiza y, fundamentalmente, ejerce la crítica, las armas de la crítica, como le gustaba decir a un alemán barbado y de ojos oscuros. El objetivo, en todos los casos, es la búsqueda de la verdad. O explicar por qué los hechos sucedieron de una manera y no de otra. La fábula, la leyenda o el mito suelen ser importantes, siempre y cuando sepamos que esos géneros no tienen nada que ver con la historia.
En realidad el “Éxodo jujeño” fue más una imposición que una decisión soberana de un pueblo dominado por una irresistible pasión liberadora. No podría haber sido de otra manera. Los habitantes de Jujuy no estaban en condiciones de evaluar las consecuencias de la invasión española y hasta es probable que más de uno no haya mirado con malos ojos la llegada de los realistas.
Sin ir mas lejos, en Salta para esos mismos meses, los realistas fueron recibidos como héroes. La defección pretende explicarse por los compromisos de la clase dirigente salteña con los enemigos. ¿Es verdad? Lo es. Pero lo es, siempre y cuando se admita la hipótesis de que la guerra que se llevaba a cabo en el Alto Perú se asimilaba más a la modalidad de una guerra civil que a un enfrentamiento entre españoles y criollos.
Pío Tristán y José Manuel de Goyeneche, los jefes realistas, eran criollos. El capitán Zabala, el jefe militar que San Martín derrotó en el combate de San Lorenzo, luego se incorporó al Ejército de los Andes. Ni traidores ni vendepatrias. Se trataba de una lucha que para esa época enfrentaba a demócratas contra absolutistas, para decirlo de una manera algo simplificada. En esa guerra civil se comprometían intereses regionales, económicos e incluso de clase. Asimismo, el conflicto armado incubaba los gérmenes de un proceso liberador que incluía afanes independentistas y separatistas que, para esa fecha -1812-, apenas se insinuaban.
(Lea la nota completa en la Edición Impresa)







